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Hay una izquierda que dice combatir a los “poderosos”, pero que hace las delicias de los llamados fondos buitre mediante sus políticas. Es esa izquierda que dice que no hay que construir para que bajen los precios de la vivienda en España, pese a que cada vez más informes hablan de la relación entre escasez de oferta y subida de precios. Es la que ha hecho del intervencionismo en el mercado del alquiler prácticamente su única bandera. Son quienes afirman ir contra los especuladores, obviando que sus medidas también perjudican a familias humildes, que no pueden hoy permitirse alquilar ni comprarse un piso. Es esa izquierda que Irene Montero o Gabriel Rufián buscan reconstruir, pero, curiosamente, aún no han llegado a la conclusión de que su progresiva desaparición del tablero político también tiene que ver con el fracaso de sus relatos en materia de vivienda.
Es casi un milagro que hayamos llegado hasta aquí sin autodestruirnos. Pero aún estamos a tiempo. Hasta que irrumpieron en nuestras vidas los tres jinetes del caos —Putin, Trump y Netanyahu―, disfrutábamos de un orden mundial donde, más o menos, se respetaban las reglas de juego que pusimos en manos de organismos internacionales. Pero todo ha saltado por los aires. No podemos permitir que tres individuos irresponsables condicionen el destino de millones de personas. En el mundo hay más personas buenas e inteligentes que necias y malvadas. No pueden ganarnos. Para empezar a cambiar las cosas, llamémoslas por sus nombres y no seamos timoratos ni equidistantes como está siendo Europa con estos detestables personajes que están cometiendo crímenes de guerra, asesinatos de Estado o genocidio en el caso de Netanyahu. La tibieza con los malos deja de ser prudencia para convertirse en complicidad.
Manuel Vicent ha acompañado a varias generaciones de lectores desde las primeras páginas del diario. Este mes ha cumplido 90 años y desde EL PAÍS queremos celebrarlo con una selección de textos memorables del autor: desde los favoritos de los suscriptores hasta las crónicas de la Transición, los daguerrotipos o las entrevistas a grandes personalidades. Un recorrido para asomarse a una de las voces decisivas del periodismo español.










María Sánchez Rubio y Sara Campos Román
Ignacio Povedano
Alejandro Gallardo
Guiomar del Ser y Brenda Valverde
Inés Arcones

Tras meses de batalla, Miguel Urbán (Madrid, 46 años) ha conseguido que la Audiencia Nacional ordene indagar en las maniobras policiales urdidas en 2016 contra él en plena guerra sucia contra Podemos, cuando se le intentó implicar en un caso de narcotráfico (una supuesta entrega en un bar del barrio de Malasaña de 40 kilos de cocaína “procedentes de Venezuela” para “financiar los gastos de campaña” del partido, que la Fiscalía Antidroga archivó tras no encontrar nada). El antiguo eurodiputado y militante de Anticapitalistas, que atiende a EL PAÍS por teléfono, se muestra satisfecho por el paso, pero muy prudente ante la posibilidad de conseguir sentar a alguien en el banquillo por los “montajes” construidos para evitar que “unas ideas llegaran a gobernar”.

En 2015, Andreas Lubitz bloqueó la puerta de la cabina del vuelo 9525 de Germanwings. Después inició una trayectoria descendente que provocó la muerte de 150 personas. La conmoción consecuente alcanzó a todas las áreas de transporte. También al Metro de Madrid, según cuenta uno de sus maquinistas. “A raíz de eso, del piloto que estrelló el avión, alguien dijo en broma: ‘Anda que si eso pasa en Metro...’ Y Metro se lo tomó en serio”. La compañía pública, que niega esa conexión con el accidente, viene pagando desde hace años un servicio psicológico para sus nuevos empleados. Este martes, coincidiendo con el aniversario de la catástrofe aérea, licitó un nuevo contrato, este de 390.000 euros, que atenderá progresivamente a todo el personal relacionado con la circulación de los trenes, según precisa un portavoz. Los maquinistas son profesionales sometidos a presiones extremas. Sobre ellos pesa la responsabilidad de llevar a miles de pasajeros en cada convoy. También el desgaste de trabajar bajo tierra, sin luz natural, mezclando la oscuridad de los túneles con los neones de los andenes. O el temor a vivir un atropello. Y peor: el horror de haberlo vivido.
Després de tant de temps amb la disposició antiga, el primer que crida l’atenció de la nova presentació de la col·lecció de la Fundació Joan Miró és Sobreteixim dels vuit paraigües, un gran tapís‑assemblatge que determina la sala inicial. Si girem el coll podem veure, a l’altre extrem, Mans volant cap a les constel·lacions, una gran pintura acrílica on unes empremtes de mans negres pugen pel llenç cap a les estrelles. Teresa Montaner (Peramea, 1962), cap de col·leccions de la Fundació Miró i una de les persones que més en sap del gran artista català, ha comissariat juntament amb Marta Ricart aquesta nova presentació de la col·lecció permanent, i m’explica que la gràcia és el joc entre la terra i el cel, en què l’una és reflex de l’altre perquè tot és el mateix, i la tensió entre la vida quotidiana i una aspiració còsmica. També em fixo que a les capelles per veure els tríptics ara hi ha unes cadires humils, però ja en parlarem més endavant.
Ante la dificultad de entender e interpretar los miles de datos públicos publicados en el Portal de Transparència de la Generalitat de Catalunya, un ingeniero catalán, Gerard Giménez, creó hace un mes dos buscadores digitales para facilitar el acceso de la ciudadanía: uno sobre contratación pública (Contractes.cat) y otro de subvenciones (Subvencions.cat). La iniciativa ha tenido tanto éxito que fue citada en el último pleno del Parlament, ha descubierto sin querer una fuga de datos personales que ahora la Autoritat Catalana de Dades investiga, y ya ha sido replicada por otro proyecto paralelo (Menjòmetre) que cuestiona el actual sistema de subvenciones públicas. La aparición de estos buscadores ha reabierto el debate sobre la forma de presentar los datos públicos y quién construye el relato sobre los gastos de la Generalitat y su idoneidad.