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No había día que no volviera la bruma ni noche que no sintiera los gritos de la sima. De tanto sufrir, como casi toda su quinta, dejó de soñar. Al menos podía escribir. “Las guerras de nuestros antepasados son cada vez más”, afirmaba en 1975 Miguel Delibes, que aún no había podido librarse de ese peso. Tampoco pudieron mis padres, la siguiente generación, nacida en los contornos del conflicto. Heredaron el silencio como marca y estigma más visible. Por más que mirasen al cielo, sus desnutridos cuerpos de niños no se separaban del suelo. Había que olvidar, vivir pegado a los días porque la guerra civil podía volver o continuar, quien sabe. El miedo, su función principal durante la dictadura, tampoco faltó a su cita en la Transición. Aquel recuerdo oficial, hecho de granito y olvido, fue cediendo por su propio peso hasta quedar enterrado bajo la arena de las playas y de los adoquines. El tiempo, a pesar de todo, no se detuvo aquel verano de 1936 y el salto, del tecnicolor a la era digital, es hoy abismal. La mayor parte de mis alumnos o mis propios hijos, no tienen una transmisión directa, ni en su propio entorno ni en el educativo, de la Guerra Civil española. Acceden a través de internet, donde las guerras de nuestros antepasados “molan” cada vez más. Aunque el objetivo último sea captar su atención, la lógica ha cambiado. Se cumplen noventa años del comienzo del hecho histórico más importante del siglo XX español, una guerra que ha pasado a ser, sobre todo, cultural.
De la Odisea nos separa el abismo de los siglos y nos une la humanidad común. Adaptar el poema de Homero en el siglo XXI, como ha hecho Christopher Nolan en una superproducción que se estrena este viernes, supone un viaje a Ítaca muy complejo. El desafío no tiene que ver con la exactitud histórica para reconstruir un periodo, una obra y un autor que plantean más preguntas que respuestas, ni con que la actriz negra Lupita Nyong’o encarne a Helena de Troya —algo que ha irritado a Elon Musk y a otros ultraderechistas, que ignoran profundamente todo lo que aquel poema significa—. El gran problema a la hora de adaptar la Odisea consiste en hacer tolerable el abismo cultural que nos separa de lo que el gran helenista Moses Finley llama en El mundo de Odiseo (Fondo de Cultura Económica) “la edad de los héroes” de la cultura griega, cuando fue compuesto ese poema. Los héroes homéricos forman parte indudable de nuestro substrato cultural; pero provienen de un mundo de esclavos y espadas, de sangre y brutalidad.
Es una realidad escondida. Entre el 10 y el 25% de los embarazos terminan en un aborto natural, pero casi nadie lo cuenta. Hace unos meses me ocurrió a mí. Aunque con el tiempo lo normalizas y entiendes que es algo muy frecuente, existen un dolor físico que hay que pasar, y un luto y una tristeza que muchas llevamos en silencio durante un tiempo. Por supuesto, pertenece a la intimidad de cada una, pero a mí me habría ayudado saber que era más habitual de lo que creía, que muchísimas mujeres (algunas muy muy cerca de mí) también habían pasado por eso. Te sientes más acompañada. Así que esta terraza de hoy va por vosotras. No estáis solas. Y tener un hijo después de eso no solo es perfectamente factible, si no que es lo más probable. Solo hay que volver a intentarlo, lo dice la ciencia.

Nadie discute que Brunete es un pueblo. Estamos en el oeste de la región de Madrid, a 30 kilómetros de la Puerta del Sol, donde esa palabra, pueblo, molesta en otros municipios vecinos más grandes, pero la gente de Brunete la usa, unos con orgullo y otros con resignación. Aquí viven 11.287 personas. No hay centro comercial, ni cines, ni discotecas y el Mercadona cerró hace cinco años para reubicarse en el municipio colindante de Villanueva de la Cañada, más poblado y más rico. Fue un golpe para los brunetenses. El alcalde trató por todos los medios de parar aquella huida e incluso pidió una reunión en Valencia con Juan Roig, el presidente de esos supermercados, pero fue en vano.




La brecha salarial entre hombres y mujeres es una realidad palpable, incluso entre los más jóvenes, los que están iniciando su carrera profesional. Un graduado universitario en Medicina o Ingeniería Civil cobra casi 500 euros más al mes que una graduada. Y de las 30 ramas de estudio, en dos de cada tres esa diferencia de nóminas beneficia al género masculino. Así lo revela la Encuesta sobre inserción laboral de los graduados universitarios, elaborada por la Agència per a la Qualitat del Sistema Universitari de Catalunya (AQU Catalunya) y presentada este miércoles.

Miércoles a primera hora de la mañana en un hotel madrileño. El cineasta palestino Basel Adra, ganador del Oscar por el documental No Other Land, cumplió el lunes 30 años esperando horas de colas en puestos fronterizos y atravesando controles (“Es inhumano, es otra herramienta contra los palestinos”, describe) para poder participar en la Conferencia Ministerial, coorganizada por los ministerios de Cultura de España y Palestina, que se inauguró en el Museo del Prado ayer por la tarde, y en la que más de 30 delegaciones internacionales firmarán una declaración para la reconstrucción de la cultura palestina. Gracias a su estatuilla y al recorrido de su película, Adra es uno de los rostros más visibles de los artistas dentro y fuera de su país, porque además sigue viviendo donde nació, en Al Tuwani, pedanía de Masafer Yata, una inhóspita zona del sur de Cisjordania retratada en su filme. “Me reconocen en todos los puestos israelíes, eso me da miedo”, confirma. Serio —aunque sonreirá cuando se hable de fútbol y de su hija de año y medio— y acompañado de su esposa, Adra se sienta a charlar. Solo realiza una petición: que la mesa elegida sea en la zona más silenciosa porque habla bajo y en tono grave.


Han pasado 20 años desde que el 6 de julio de 2006 Aquí no hay quien viva echara el cierre a la portería de Desengaño 21. Sus vecinos nunca vivieron la larga crisis económica, la covid, una guerra en Europa y tres presidentes del Gobierno. YouTube entonces daba sus primeros pasos, y el streaming era un palabro que ninguno habría entendido. Aun así, la serie hoy domina a la perfección las nuevas pantallas y logra un hito difícilmente equiparable: sus cinco temporadas están disponibles en las siete principales plataformas de televisión en España. Allí, e incluso solo con los datos de cuatro de ellas, sus capítulos acumulan un promedio mensual de 5,9 millones de espectadores únicos en streaming, como detalla un barómetro de la consultora Barlovento Comunicación.
Han pasado 50 años y las huellas de Seve siguen frescas en Royal Birkdale. El campo inglés que hace medio siglo alumbró el nacimiento del mito, segundo a los 19 años en el Open Británico de 1976 empatado con Jack Nicklaus y por detrás de Johnny Miller, acoge una nueva edición del grande más genuino (de 7.30 a 21.30 en Movistar Golf). El rastro del genio que impresionó al mundo por su juego imaginativo y por su carisma único, como un quinto beatle, alimenta todavía la memoria y la nostalgia de quienes le vieron inventar golpes que ya no existen. El golf mecanizado de hoy fotocopia atletas en serie, robotizados, rodeados de preparadores y saturados de tecnología. Ya no hay ningún Seve, hijo de la necesidad, el chico que una semana antes de aquel Open que le cambió la vida empuñaba las herramientas para segar los prados de Pedreña con su padre, Baldomero, y para dar de comer a las vacas en lugar de los palos de golf.
“Me han dicho que la primera vez que lancé la pelota por encima de la red fue a los 18 meses”, escribe Conor Niland (Birmingham, 45 años) al comienzo del muy apreciable Contra las cuerdas (Editorial Contra), un libro biográfico sobre su experiencia como tenista profesional. Entre 2000 y 2012, cuando se retiró debido a una lesión, Niland fue cabeza de ratón y cola de león al mismo tiempo. Por un lado era el mejor tenista irlandés de su generación, lo que le llevó a líderar cinco años el equipo de la Copa Davis. Por otro, ser el número 1 de Irlanda en tenis no significa gran cosa. En el ranking que puntua a los tenistas de uno para abajo, Niland, en su mejor momento, solo llegó al 129. Y unicamente los 100 primeros ganan lo suficiente como para vivir con holgura.

¿Cómo puedo saber si soy celíaco? ¿Qué debo tener en cuenta a la hora de comer fuera? ¿Hay cura para la celiaquía? Vivir sin gluten entraña miedo, dudas e incertidumbre. Para responder a estas y otras preguntas, EL PAÍS organizó el pasado miércoles 1 de julio un encuentro virtual con Lorena Pérez, dietista especializada en celiaquía y responsable de Celicidad, moderado por la periodista Ana Rodríguez, autora del boletín Vivir sin gluten. Si eres suscriptor y quieres recibirlo, puedes apuntarte en este enlace. Los no suscriptores también pueden apuntarse para recibir la primera entrega a modo de prueba.
