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“Trabajar duro te mantiene pobre en todo lo que de verdad importa. Pasas la mayor parte del día encorvado frente a un escritorio, enviando correos y asistiendo a reuniones sobre reuniones”. Con esta dura descripción de una parte de lo que significa un trabajo de oficina en 2026 comienza el ensayo de la escritora Leyla Kazim en Substack. Bajo el título No trabajé durante un año y nadie se dio cuenta, Kazim ha detallado cómo dejó de cumplir con sus tareas sin que nadie percibiera su dejación de funciones. Su ensayo ha tenido tanto éxito que también ha publicado una versión -por supuesto viral- en el periódico británico The Telegraph.
Las negociaciones de paz que no terminan de arrancar entre Estados Unidos e Irán, con la reapertura del estrecho de Ormuz como objetivo más urgente, han entrado en un tiempo muerto indefinido. La consecuencia, cada día que pasa, es la prolongación del paulatino pero constante estrangulamiento del corredor de los hidrocarburos de Oriente Próximo y, con él, la posibilidad de una recesión mundial. No hay señales de un mínimo acuerdo que permita no ya una imposible vuelta a la normalidad, sino al menos la reapertura del flujo del petróleo por el estrecho. Este silencio coyuntural de las armas puede generar una impresión de cese permanente de las hostilidades. Sería ilusorio, y peligroso.
Hay biografías que abruman, tan precoces y llenas de vida. Importa apreciar esa diferencia, que es crucial: la diferencia entre la vida y el tiempo, porque hay quien vive mucho en pocos años y hay quien convierte su vida en una acumulación del tiempo, a la espera de que pase algo que igual no pasa nunca. Ocurre, claro, que la vida es una idea distinta para cada cual, como lo son el éxito y el fracaso. La vida, de hecho, puede ser algo distinto en nosotros mismos, según la hora a la que se nos pregunte.

Me esfuerzo mucho por no rebozarme en el catastrofismo, reniego de los apocalípticos y discuto con quienes proclaman que los chavales tienen la comprensión lectora de una ameba y pronto serán incapaces de leer un párrafo sin sufrir un ictus. Abogo por su inteligencia en todos los foros, e invito a profesores y alumnos, cuando acudo a los institutos a dar la paliza, a explorar la complejidad, a escuchar la música poética, a dejarse seducir por los misterios del lenguaje, a gozar de lo que no se comprende al primer vistazo, de la ambigüedad y de lo gris. Lo intento, pero la realidad no me lo pone fácil.

“Que ibas para titiritero ya lo sabíamos, pero cúbrete las espaldas, que tienes la cabeza llena de pájaros”, le dijeron sus padres a Mariano Peña (Manzanilla, Huelva, 66 años), cuando les dijo que quería ser actor. “Les hice caso y también les engañé. Les dije que iba estudiar Bellas Artes pero no para ser profesor, sino para formarme como artista”, cuenta entre risas y engolando la voz. Peña, tímido confeso, cree en el humor como arma. “Hay un refrán que he oído en mi tierra y en Cuba que dice: “Cantada la pena, la pena se olvida”. Hay que quitar hierro a las cosas, aunque lo tengan de por sí”, cuenta. Podemos verle en Barrio esperanza, una serie emitida en TVE.

El día después de la victoria de Donald J. Trump en las elecciones de 2016, Anna Wintour, la legendaria y temida editora jefe de la revista Vogue en Estados Unidos, llegó como siempre temprano a trabajar y convocó una reunión de emergencia. Cuando se dirigió a su equipo, pasó algo inaudito: rompió a llorar. Con este episodio arranca Anna, una nueva biografía (editada en España por Debate) de la periodista Amy Odell sobre la poderosa editora que lleva décadas decidiendo qué está in y qué está out.

Quien quiera saber si se puede hablar de normalidad en un contexto de terrorismo, que le pregunte a un ciudadano de Bamako. Una normalidad como nacer, casarse de blanco o, simplemente, hacer la compra. Malí ha sufrido este fin de semana la ofensiva más grave desde el año 2012 con unos atentados coordinados entre insurgencias yihadistas y tuaregs en varios puntos del centro y norte del país, así como en la capital. No ha sido un episodio menor: el ataque ha acabado con la vida del ministro de Defensa, ha herido de gravedad a otros dos altos cargos del Gobierno y ha supuesto la pérdida de Kidal, bastión del norte que había sido recuperado por las Fuerzas Armadas malienses (FAMA) y sus aliados rusos del grupo Wagner —ahora Africa Corps— hace apenas un par de años.

