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Al arrancar el juicio sobre el caso Kitchen, Jorge Fernández Díaz marcó distancias con el resto de acusados. No jurídicamente, como ya había hecho en la fase de instrucción al alegar que él nunca supo nada del espionaje urdido en el Ministerio del Interior contra el extesorero popular Luis Bárcenas (sin entrar así, ni siquiera, en la presunta ilegalidad de la operación). Sino físicamente. En esos primeros días de tensión y enorme atención mediática, el exdirigente del PP se alejaba durante los descansos de la vista oral para sentarse solo y apartado de los otros procesados. No hay mejor imagen que esa para explicar su estrategia de defensa: tratar de trazar una gruesa línea de separación entre él y sus antiguos subordinados que lo acompañan en el banquillo.

Corona Paula Blasi (Esplugues de Llobregat, Barcelona; 23 años) el Col de la Gallina, en la escarpada Andorra, y baja, y sube, y vuelve a bajar a lomos de la Colnago, disfrutando de uno de esas largas sesiones de entrenamiento que tanto le entusiasman antes de sentarse a leer, tocar el piano o editar vídeos, su último pasatiempo, y valorar por vídeollamada una primavera de ensueño. En su primer curso completo en el WorldTour —subió del filial al primer equipo del UAE hace justo un año—, Blasi se ha graduado con honores: victoria en la Amstel Gold Race, podio en la Flecha Valona y quinta en su primer Monumento, la Lieja-Bastoña-Lieja. Semana fantástica la suya, pese a acudir sobre la bocina por las bajas de otras compañeras. “Ha sido un boom”, admite, pura energía también tras la pantalla, donde transmite una pasión desbocada por la disciplina y por la búsqueda de los límites humanos a pocas horas de enfrentarse (desde este domingo hasta el 9 de mayo) a su primera Vuelta a España.

Son las 11 de la mañana. Acaba una clase de teatro en la escuela de Cristina Rota, en el barrio de Lavapiés de Madrid, y una docena de chicos y chicas vestidos, es un decir, de puro verano sale en tropel a solazarse en el patio. Da gusto verlos. Al poco, llega la jefa de todo esto, Cristina Rota, del bracete de su hija Nur, hermana pequeña de Juan Diego y María Botto, de la que Rota estaba embarazada cuando llegó a España en 1978, tras la desaparición de su marido, Diego Botto, el 21 de marzo de 1976, en los primeros días tras el golpe militar en Argentina. Vestida con falda vaporosa, blazer marinera y zapatillas ultraligeras, tan frágil de aspecto como rotunda de verbo, Rota, que ha criado en esta incubadora de talento a generaciones de actores y actrices, de Penélope Cruz a Antonio de la Torre, pasando por sus propios hijos, viene a hablarnos de su libro: Una historia de teatro y resistencia, que recoge algunas de las muchas vidas que ha vivido a sus 81 años.

Ni en el título de su autobiografía ha querido Cristina Rota (Buenos Aires, 81 años) dejar de nombrar las dos pasiones y vocaciones que han guiado su vida. Desde su infancia, marcada por un padre ciclotímico y adicto al juego, y una madre resistente, a su adolescencia y su juventud, marcada por el compromiso político y artístico, al día que lo cambió todo: el 21 de marzo de 1976, cuando su marido, Diego Botto, no llamó a las 10 de la noche ni volvió a hacerlo nunca, desaparecido por la represión de la dictadura argentina. Rota, exiliada en España con sus hijos María, Juan Diego y Nur, desde 1978, ha educado a generaciones de actores y actrices que han aprendido de y con ella el oficio. Sigue yendo a la escuela y dando clase cada día.
El 23 de abril de 2026 se publicaba el paso de Amaia por Tiny Desk, el formato de conciertos producido por NPR (la radio pública estadounidense). Aunque se presenta como un espacio de validación artística, su función dentro del ecosistema contemporáneo es puramente promocional: cada actuación se distribuye de inmediato en plataformas como YouTube, donde circula como contenido para generar conversación, acumular visualizaciones y reforzar el posicionamiento del artista.

“No sé si ha merecido la pena”, dijo Sonsoles Ónega a sus colaboradores, que le hicieron una entrevista en su programa. Le preguntaban por sus arrepentimientos, y ella habló de seguir trabajando a tope cuando fue madre, perdiéndose la infancia de sus hijos. No dijo que se arrepentía, dijo algo mucho más interesante: “No sé si ha merecido la pena”.
A la industria que impulsa la inteligencia artificial (IA) cada vez le resulta más complicado proyectar una cara amable. El relato oficial que promueven las empresas que lideran esta tecnología es que ha llegado para mejorar el mundo. Prometen que aumentará las capacidades humanas, nos permitirá trabajar menos, facilitará tareas hasta ahora tediosas, revolucionará la ciencia, curará enfermedades, incluso resolverá la crisis climática. Pero esta semana, varios acontecimientos han aportado una buena dosis de realidad. El Banco Central Europeo ha ordenado a la banca reforzar su ciberseguridad porque teme que el último modelo de Anthropic, que ha demostrado ser especialmente bueno detectando fallos de software, pueda causar estragos en el sector, dejando desnudas las cuentas de millones de personas. En Estados Unidos, Google rompió el martes su política antibelicista y firmó un acuerdo con el Pentágono para cederle sus modelos, que podrán ser usados para asuntos clasificados. El viernes, el Departamento de Guerra anunció que ese acuerdo se extendía a xAI, OpenAI, Amazon, Microsoft o Nvidia, entre otras. Todo eso mientras se celebra el crucial juicio sobre OpenAI, la desarrolladora de ChatGPT, por el que desfilarán durante el próximo mes muchos tecnomagnates —ya lo hizo Elon Musk— y que está dejando al descubierto la lucha de poder que subyace a sus proclamas para salvar el mundo con la IA.
Al otro lado de la pantalla del ordenador se conecta Rosalía (Sant Esteve Sesrovires, 33 años). Volcada en los preparativos de su Lux Tour, reflexiona sobre el “privilegio” de ser la imagen del nuevo perfume Euphoria de Calvin Klein. La marca lanzó su icónica fragancia por primera vez en 2005. Entonces, Natalia Vodianova fotografiada por Steven Meisel, el gran artífice del inconfundible sello visual ‘Calvin’, fue la estrella elegida para promocionarla. Ahora Rosalía toma el relevo y lo hace a su manera: baila sensualmente en el spot, al ritmo de su tema Dios es un stalker.
Recientemente, el Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Canarias declaró procedente el despido de una empleada que dedicó parte de su jornada al uso privado de sus redes sociales. Para fundamentar el cese, la empresa aportó registros de actividad y publicaciones en la web de la infractora. Este no es un caso aislado. En otro litigio, el TSJ de Castilla y León validó el empleo de un software de control para motivar el cese de un teleoperador que prestaba servicios desde su domicilio. Del mismo modo, el tribunal autonómico madrileño refrendó el despido de otra teletrabajadora: la empresa, una importante aseguradora, aportó un certificado sobre tiempos de desconexión.
¿Cómo conseguir pruebas sobre la inactividad de un teletrabajador sin vulnerar su intimidad? Para Òscar Jiménez, titular del despacho Òscar Jiménez Digital Forensics, un peritaje riguroso no implica un acceso indiscriminado a la información de un dispositivo. En sala, el especialista aplica metodologías de minimización, como “búsquedas selectivas por palabras clave” vinculadas al objeto investigado. El objetivo es limitar el examen a los datos potencialmente relevantes. En un reciente juicio por despido, este tipo de análisis fue clave para que el tribunal calificara la metodología empleada por Jiménez como “respetuosa con los derechos fundamentales”. En materia de evidencia digital, “no solo importa qué información se obtiene, sino también cómo se accede a la misma”, defiende el perito.
No es una pregunta retórica. Después de hablar con varias personas, hombres y mujeres, de diferentes tendencias sexuales, ninguno supo responder para quién trabajan exactamente aquellos que se musculan hasta la hipertrofia en el gimnasio, o los que cuentan por cientos los ejercicios abdominales para sacar un six pack (o tableta de chocolate) debajo de los mínimos gramos de grasa que aún conserven en el abdomen.

Ha sido una suerte de festival de las corrupciones patrias con tres escenarios distintos y retransmisión en casi todas las plataformas. Por el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional han desfilado exministros, curas, chóferes profesionales y ocasionales, yupis, expresidentes, espías, aizkolaris, prostitutas, el vocalista de Taburete, policías corruptos, porteros de discoteca, empresarios y mujeres despechadas para juzgar delitos cometidos en gobiernos de CiU, PP y PSOE. Ninguno de ellos ha dado con la tecla para acabar con la mancha viscosa de la corrupción, que socava las arcas públicas y pulveriza la credibilidad de la política con delitos de hoy, de ayer y de siempre. Que los tiempos de la justicia se miden con relojes y husos horarios ajenos a lo que la razón entiende.