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Aunque al principio pueda parecer que algo como un giroscopio para la muñeca y el antebrazo tan solo tiene como público objetivo personas a las que les guste el deporte, no es así.



Hay tantos estilos de decoración como salones. Cada hogar responde a unas necesidades concretas y los muebles hablan de esa forma de vivir. No es lo mismo un piso pequeño en el que cada centímetro cuenta que un espacio amplio.






La estadística busca cuantificar la realidad para poder adoptar las mejores decisiones. Y no siempre lo consigue. De los resultados del Índice de Precios al Consumo (IPC) que elabora el Instituto Nacional de Estadística (INE) dependen, nada menos, que decisiones como la fijación de los tipos de interés por parte del BCE, las negociaciones salariales o la subida de las pensiones. Sin embargo, ni los datos del INE ni de los servicios estadísticos europeos recogen la magnitud de uno de los gastos que más ahogan a los ciudadanos: la vivienda.

Amancio Ortega va a realizar una de sus mayores inversiones en las antípodas de su lugar de origen. La pasada semana se concretó la oferta del fundador de Zara, a través de su vehículo inversor familiar llamado Pontegadea, por el grupo australiano Qube, muy centrado en la logística de los puertos. En asociación con el fondo Macquarie, pasará a controlar este holding con sede en Sídney mediante una oferta en Bolsa que valora a la empresa en alrededor de 7.000 millones de euros.

El calor húmedo de Villahermosa es lo único que a José Barco le resulta familiar en el improbable destino de su historia. A simple vista se nota que no es de por aquí este veterano de la guerra de Irak de 40 años, estatura baja, espalda ancha, cabeza rapada y una calma taciturna que esconde las vueltas absurdas de su vida.




No tengo ni idea de cuál es la condición moral de Kevin Spacey ni me importa demasiado. En lo que respecta a sus problemas con la justicia, hasta donde sé, nadie le ha declarado culpable. Aunque quizá lo más relevante sea que es un actor inmenso. Y puede que algo más. Desde hace días, circula por las redes una intervención suya del pasado diciembre en la Oxford Union Society, probablemente el club de debate estudiantil más importante del mundo. Si tienen ocasión, no dejen de buscar ese vídeo: no es solo una curiosidad viral; es un recordatorio desafiante de lo que la palabra puede todavía.

Están separados por unos 20 metros. Alberto González Amador se sienta muy cerca del despacho de Fernando Camino Maculet, en la tercera planta del edificio de oficinas donde Quirónprevención tiene su sede, en la calle Agustín de Betancourt de Madrid, por la zona de Nuevos Ministerios. Tan cerca como la carrera de ambos, ligada desde hace una quincena de años, cuando Amador era un treintañero consultor de calidad en normas ISO (los sellos con reconocimiento internacional que buscan las organizaciones para mejorar su reputación) que había trabajado antes en la librería de El Corte Inglés en la Castellana, y Camino, casi 10 años mayor, acababa de ascender a la cima de la firma de reconocimientos médicos Sociedad de Prevención Fraternidad Muprespa, conocida coloquialmente como La Frater.

Se trata de compartir. Y no sólo en los despachos intelectuales o en los pasillos de la política. Se trata de compartir la existencia y las necesidades de la gente. Debemos compartir el pan, el agua, las palabras en las conversaciones, los recuerdos, las inquietudes y la esperanza con la que respondemos a las dificultades de la vida. El verbo compartir invita a que la vida sea una convivencia, el desnudo un abrazo, las soledades una búsqueda de compañía y los secretos un deseo de claridad. Compartir supone repartir, distribuir, colaborar, y supone también hacer partícipe al otro de algo que es nuestro, porque comprendemos que el yo forma parte del nosotros. Necesitamos coincidir, ayudar, comulgar. No se trata de ser homogéneos, sino de reconocer lo común, de encontrarnos en los demás.
La izquierda —y la izquierda de la izquierda— debería detenerse a pensar. No en clave táctica sino estratégica. No en el próximo titular sino en la próxima generación. La juventud vive un malestar silencioso. Es, probablemente, la generación más formada de nuestra historia y, paradójicamente, una de las más castigadas: precariedad estructural, salarios que no permiten emanciparse, dependencia familiar prolongada, acceso casi imposible a una vivienda digna, dificultad para proyectar un futuro estable e incluso para plantearse la maternidad o la paternidad. Ante este escenario, la reunificación de siglas puede ser una maniobra electoral. Pero no basta. Los jóvenes no buscan carteles nuevos ni eslóganes rehechos; buscan soluciones tangibles y horizontes creíbles. Si la izquierda aspira a reconectar con esa mayoría desencantada, necesitará algo más que alianzas tácticas: necesitará consensos sólidos, liderazgo solvente y propuestas que transformen las condiciones materiales de vida. Sin eso, cualquier estrategia será solo cosmética.