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La semana que media entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones municipales en Francia sirve, fundamentalmente, para reconfigurar las alianzas. Las listas que el domingo habían reunido al menos el 10% de los votos válidos pasaron a la segunda vuelta. Y las que obtuvieron al menos el 5% podían fusionarse con una lista que se haya clasificado. El martes por la tarde estaba ya todo claro. Y las tres grandes ciudades del país (París, Lyon y Marsella) habían reconfigurado las candidaturas para la batalla final de este domingo. No será posible, sin embargo, reeditar el Nuevo Frente Popular (NFP) en todos los municipios, aquella gran alianza de izquierdas que permitió ganar las elecciones legislativas en junio de 2025. París y Marsella ya lo han rechazado.
Ya se han anunciado los 12 pueblos que competirán en el Grand Prix este verano en La 1. La nueva temporada del programa llega con una novedad: la cadena pública ha ampliando la horquilla a localidades de entre 3.000 y 10.000 habitantes (hasta ahora el mínimo eran 5.000 habitantes), para llevar la competición a más lugares de España.
Una quincena de destacados exdirigentes de Vox, encabezados por su exportavoz en el Congreso, Iván Espinosa de los Monteros, y entre los que figuran una decena de exdiputados, algunos cargos públicos aún en activo como Javier Ortega Smith, o la vicealcaldesa de Toledo, Inés Cañizares, uno de los responsables institucionales más relevantes de la formación, y fundadores del partido, como Ignacio Ansaldo, titular del carné de afiliado número 1, han lanzado un manifiesto en el que exigen la celebración de un congreso extraordinario a Santiago Abascal.

Es cierto que la Fiesta de Ofertas de Primavera de Amazon ya se ha acabado y, aunque muchos creen que los descuentos interesantes no volverán hasta su próximo evento, el comercio electrónico sigue lanzando rebajas destacadas. Desde EL PAÍS Escaparate, hemos fichado un auténtico chollo en el terreno de moda.



Desde hace ya unos cuantos años, cuando quiero decir “semáforo”, me suele salir la palabra “ascensor”. Las primeras veces me asusté un poco, pues lo creí signo irreversible de un cómico deterioro mental. Pero pasó el tiempo y todas las palabras, menos esas, seguían en su sitio. Así que lo dejé correr, como tantas absurdas peculiaridades que uno descubre sobre sí mismo para divertimento de los demás. Un día, sin embargo, le comenté el caso a una amiga, y me dijo que a ella también le pasaba. Así que busqué en Google: había hasta un grupo de Facebook de gente que confundía las palabras. Al poco, coincidí una noche con el periodista Antonio Martínez Ron. Y él escribió un extenso artículo en elDiario.es. Habló con dos neurocientíficos, con una experta en psicolingüística, con una psicóloga; menos mal que no me cobró la consulta. Así pude enterarme de que a veces nuestro cerebro sabe lo que quieres decir, pero activa una palabra cercana o disponible en su red. No es aleatorio: suele pasar con palabras que comparten algo. El fenómeno es curioso porque cuando una palabra se cuela en lugar de otra, tiende a repetirse: el cerebro ha creado una asociación temporal y lo vuelve a hacer durante un tiempo. Ese diccionario mental, el lexicón, es una red enorme donde están guardadas todas las palabras que conocemos y la información sobre ellas. A Martínez Ron le dijo el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga que hay neuronas individuales que se activan ante un concepto concreto. Que puede asociar una neurona a Jennifer Aniston y establecer una relación de la actriz con la torre de Pisa, de tal forma que las neuronas se superpongan y se crucen las palabras. Uno estudia el discurso político triunfante, el que fundó Trump con aquella ironía suya (“podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perdería votantes”) y puede pensar que, en lugar de humor negro, lo que había hecho es confundir “Quinta Avenida” con Irán y los que vengan, “alguien” con “miles”, y tener al mundo despistado con sus vaivenes geopolíticos cuando en realidad habría que descifrar su averiado lexicón.
De qué hablamos cuando decimos que alguien “canta bien”. Qué es cantar bien. Espinosa cuestión, y más hoy, cuando el recelo entre generaciones no parece admitir ni sosiego ni posiciones intermedias. Existe unanimidad en afirmar que a Maria Callas se le daba bien eso de abrir la boca y emitir sonidos. Igual que a Frank Sinatra, Mercedes Sosa o Beyoncé, esta última para disfrutar en la actualidad. Pero ese susurro rugoso y penetrante de Leonard Cohen, ¿lo podemos considerar bajo ese prisma de la excelencia? Aquí es cuando comienza el verdadero debate. El caso es que existe una corriente ruidosa, abundante y, digámoslo también, de gustos clasicotes que considera que Bad Bunny, la estrella más grande del pop actual (lo sentimos, Taylor Swift), no anda ducho en esto de la afinación, la entonación y la proyección vocal. Solo hay que sumergirse en los comentarios de los artículos que este periódico publica sobre el puertorriqueño para comprobar el encendido intercambio de opiniones que suscita el tema. Algo ha cambiado después de sus ya célebres 13 minutos en la Super Bowl, pero no lo básico. Recogemos el sentir de muchos comentarios en este: “Qué gran espectáculo, qué bofetón a Donald Trump, qué valentía… Pero sigue cantando mal”.
Su romance parece sacado del argumento de una comedia romántica con un ligero poso de drama. Contaría la historia de dos actores que, ya adultos, intentan abrirse camino en una industria que los recuerda sobre todo por el éxito descomunal que alcanzaron en la infancia. Dos antiguos niños prodigio que tratan de huir de un pasado tan profesionalmente glorioso como emocionalmente complejo y que terminan encontrando en el otro un espejo en el que reconocerse y, quizá, también curarse.

La guerra en Irán ha vuelto a recordar a Europa su elevada vulnerabilidad geoeconómica como importador neto de combustibles fósiles, lo que significa que episodios de elevados precios de la energía como el actual se trasladan con rapidez a la inflación y el crecimiento se ve debilitado. En este contexto, Bruselas ha decidido abrazar definitivamente la energía nuclear como un elemento estratégico. La decisión se enmarca en el camino de la Unión Europea hacia la independencia estratégica y llega en un momento en el que el mundo está especialmente ávido de energía por el elevado consumo de gigavatios de los centros de datos y la inteligencia artificial.
Algunas de las cosas que pasan no se explican con complicadas teorías ni grandes premisas. No hace falta rebuscar en tratados internacionales ni darle demasiadas vueltas, porque esas cosas son de una desnudez que asusta. Se entienden a pesar de los voceros que dicen que nosotros no podemos comprenderlas, que no las comprenderemos jamás. Pero nosotros las sabemos: claro que las sabemos.