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Dentro del variado catálogo de ofertas museísticas hay una especialidad que cada día cuenta con más devotos. Son los conocidos como museos de autor, creados en el mismo lugar donde el artista vivió y creó su obra. La recreación más o menos realista de estos espacios cautiva a un público cada vez más numeroso, porque no solo están llenos de claves que enriquecen el conocimiento de los investigadores. También los visitantes consiguen una experiencia que les hace sentirse más próximos a la obra del artista.

Hay restos de un decorado hundidos en el barro, entre trozos de madera y lonas de plástico. Una pierna bajo la mesa de un restaurante, en la que se distingue un moratón discreto e inquietante. Un vertedero de lavadoras abandonadas en un solar árido y un busto clásico ampliado en una valla publicitaria, en medio de un paisaje rural sin épica. Son algunas de las viñetas reunidas en la primera gran exposición dedicada a la fotografía de Yorgos Lanthimos (Atenas, 52 años), que puede verse en Onassis Stegi, el centro cultural de la Fundación Onassis en Atenas, hasta finales de mayo.




Llega a la cita Sonia Almarcha (Pinoso, Alicante, 58 años) y viene feliz: el día anterior había sido su cumpleaños; el 8 de mayo estrena Yo no moriré de amor, última ganadora del festival de Málaga; el 29 de mayo le toca salir a salas con A la cara; y pronto retornará a Madrid, tras una primera temporada, con la obra Personas, lugares y cosas. Ahora sonríe, después de un 2025 complejo, y porque con estos dos últimos lanzamientos ha sumado desde 2024 nueve estrenos en cine. Esa chispa en los ojos esconde un “me lo merezco” de manual.

Hay una solución infalible para los momentos de bajón: la música de Django Reinhardt (1910-1953). Todo en el hombre era prodigioso: nacido en una familia gitana, supo conquistar un lugar en la sociedad paya. Su lema podría ser: “Si el cielo te manda limones, haz limonada”. En 1928, sufrió grandes quemaduras cuando se incendió la caravana donde vivía, perdiendo el uso de dos dedos de su mano izquierda. Hospitalizado durante meses, su hermano le trajo una guitarra que aprendió a ajustar a su minusvalía. No hay mal que etc... Se libró del servicio militar.
Existe un dicho que asegura que el mejor alpinista es aquel que llega a viejo. Los hermanos Iker (49 años) y Eneko Pou no son viejos, exactamente, pero apuran sus últimos años en la élite conscientes de un doble éxito: han sabido sobrevivir a su actividad y son los únicos alpinistas españoles capaces de vivir de sus patrocinadores. Recientemente anunciaron un sorprendente cambio. Tras 20 años mostrando el logo de The North Face, en el equipo de Alex Honnold o Benjamin Védrines, la pareja de Vitoria cambia de escuadra y abraza La Sportiva. Tuvieron que jurar en sus redes que no se retiraban, que aún tenían medios para seguir rindiendo aunque el ritmo sea otro. Solo el fenómeno Kilian Jornet, gracias al trail running, puede rivalizar con los Pou en el ranking del patrocinio para alpinistas de este país.
La afición del Sevilla, realmente lo único que le queda a una entidad envuelta en una crisis eterna, ha reaccionado de manera ejemplar para arropar a su equipo en el partido ante la Real Sociedad que este lunes cierra la jornada 34 de Liga (21.00, Teledeporte). Acompañó a su equipo en el último entrenamiento previo al choque, empapeló de mensajes motivadores y banderas la ciudad deportiva y miles de rollos de papel higiénico, como el pasado miércoles en el Metropolitano, darán un colorido espectacular al Sánchez Pizjuán. Todo, para que su equipo gane un partido clave en la pelea por la permanencia, que el Sevilla (34) afronta a dos puntos de la salvación, que marca el Alavés con 36. No hay vuelta atrás. Si gana, el equipo hispalense saldrá de los puestos de descenso. Habrá lleno ante la Real. Esta semana, el club ha recurrido a emblemas como Pablo Alfaro o Joaquín Caparrós para animar a un grupo alicaído. “Nos hierve la sangre roja”, declararon ambos. “Es una auténtica final”, proclama Luis García Plaza, el segundo técnico del curso.
Hace no tanto tiempo, en las últimas décadas del pasado siglo, la ONU era el árbitro de la legalidad internacional, y su secretario general, un pacificador casi a tiempo completo. Hoy las negociaciones para resolver guerras y conflictos recaen en empresarios amigos del presidente Donald Trump o en terceros países, a menudo potencias emergentes (Qatar como mediador en Gaza o Pakistán en la guerra contra Irán), que han cooptado la histórica labor de interlocución de la organización. En vísperas de elegir a su próximo secretario general, la dimensión pacificadora de la ONU cobra especial relieve por la parálisis acumulada ante los más recientes conflictos: Ucrania, Sudán, Gaza, Irán, Líbano...
En las cafeterías que rodean el lago de la Casa de Campo en Madrid, las mañanas de domingo reúnen a corredores y ciclistas que llenan las terrazas para reponer energía tras recorrer los caminos. Al llegar la hora de pagar, en las mesas la expresión se repite: “Pago yo y me hacéis un Bizum”. En los últimos años, se ha convertido en el lenguaje habitual para saldar deudas de bajo importe entre amigos y familiares, desplazando al efectivo en la vida cotidiana de millones de españoles. A partir de la tercera semana de mayo, hacer un Bizum dejará de ser solo la forma de pagar una cena a medias para convertirse también en un gesto en el supermercado, la farmacia o la tienda de ropa. Se trata del movimiento estratégico más ambicioso desde la creación de la propia plataforma en 2016 y que llevará a Bizum a convertirse en un medio de pago total para competir con los gigantes que dominan el sector: Visa, Mastercard, Apple Pay y Google Pay.
Robert Millar fue, en la España de los 80, el escocés del pendiente, una expresión homófoba que justificaba, hace 40 años, la tirria que se le tenía durante la Vuelta al ciclista de Glasgow, porque nuestro héroe, Perico Delgado, no lograba derrotarle en la Vuelta. Lo consiguió solo a costa de una gran coalición de todos los equipos españoles capitaneada desde las ondas por José María García, que renunciaron a sus objetivos particulares por un bien mayor y volvieron loco al equipo Peugeot de Millar en la travesía de la sierra de Navacerrada. Perico ganó la Vuelta y Millar encontró aún más razones para alimentar su bien ganada fama de borde y arisco.
Era cuestión de tiempo que la complejísima obra de David Robert Mitchell (It Follows, Under the Silver Lake), repleta de capas, pura posmodernidad cinematográfica, inspirase, o se convirtiese en el punto de partida de un nuevo tipo de terror —y no solamente terror—, uno nuevo en un sentido clásico, poderosamente estético y narrativamente saturado. La primera muestra, y muy brillante, es la miniserie-milagro de Haley Z. Boston, Algo terrible está a punto de suceder (Netflix). Hay en ella el plano fijo y lejano de John Carpenter (Halloween) que David Robert Mitchell reinventó en It Follows, conversaciones aparentemente absurdas que sin Tarantino (Reservoir Dogs, y, sobre todo, Kill Bill) no existirían de la forma en que lo hacen, y el alma de todo el terror escrito (y dirigido) por mujeres este siglo XXI.