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“Un hombre duro, pero justo”. Así describe Donald Trump a su zar para las fronteras, Tom Homan, al que ha enviado a Minneapolis para hacerse cargo de las operaciones de la policía de inmigración en esa ciudad, ante la oleada de furia después de que agentes de la Patrulla Fronteriza cosieran a balazos este sábado al enfermero Alex Pretti, de 37 años, durante un acto de protesta en esa ciudad. No todo el mundo estará de acuerdo con la benévola descripción del presidente estadounidense sobre su alto cargo, uno de los grandes defensores de las políticas migratorias más polémicas del Gobierno republicano. Pero su traslado ha sido acogido con alivio generalizado, tras la agresividad, el exhibicionismo y las calumnias del hasta ahora encargado del despliegue, el jefe de la Patrulla Fronteriza, Gregory Bovino, bajo cuyo mando los agentes federales han matado a dos activistas por disparos a bocajarro.

Escondido ya el sol de la tarde, el frío no se anda con chiquitas junto al monasterio de Santa María, a las afueras de Villanueva de Sijena, un pueblito de unos 340 habitantes en la comarca de Los Monegros, en Huesca. Sin embargo, Alfonso Salillas, de 65 años, no se inmuta ante la rasca. Y lo que parece mantenerlo caliente, más que la chaqueta forrada de borreguillo, es la pasión con la que defiende el regreso a Aragón de las pinturas de Sijena, un tesoro artístico local actualmente expuesto en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.

El 14 de diciembre de 1991, después de que Alejandro Sanz actuara en el Pabellón de Deportes del Real Madrid un repertorio de canciones que ya incluía Pisando fuerte y Los dos cogidos de la mano, las fans le cantaron el cumpleaños feliz porque soplaba velas cuatro días después. A su madre, cuyas cenizas reposan junto a las de su padre en la finca que el cantante posee en Jarandilla de La Vera, la llamaba La loba.
La regularización generalizada de inmigrantes aprobada este martes por el Gobierno en primera instancia supone sacar de la clandestinidad, la marginalidad y la explotación a cientos de miles de personas que cada día asumían las mismas obligaciones que cualquier ciudadano legal en España, pero sin los mismos derechos. Incorporar a esas personas a una vida cívica plena, a la estructura económica y fiscal del país, es un acto de justicia cuya necesidad se había hecho evidente hace años. La decisión, pactada entre el Gobierno y Podemos, supera por fin el bloqueo provocado por el cortoplacismo político y la contaminación xenófoba del debate en torno a la inmigración.
La tragedia ferroviaria de Adamuz (Córdoba), que ha dejado 45 fallecidos, se produce en un contexto de frustración ciudadana ante la degradación del servicio de alta velocidad. La red ferroviaria que, desde que se inauguró el primer AVE en 1992, ha sido un referente de modernidad y calidad en la alta velocidad europea está ahora en el punto de mira. Tras la liberalización del sector, en 2020, impuesta por una normativa europea de obligado cumplimiento, el aumento del tráfico ferroviario y el estrés de las estructuras que lo soportan generan una comprensible inquietud en los usuarios. ¿Está justificada?
Las discusiones políticas están derivando últimamente en debates semánticos. Algo extraño si se mira el poco interés que nuestros representantes muestran hacia la lengua, pero algo normal si se entiende que precisamente ese descuido es lo que termina provocando los debates semánticos.

Una mujer se presta a un experimento lingüístico en un hospital para poder costear el tratamiento médico que su pareja necesita. No parece peligroso y, como no tiene medios para sufragar los gastos, está dispuesta a correr el riesgo: “si solo se trata de palabras, no puede ser peligroso”. Su interlocutor la corrige: “Tratándose de palabras, puede ser muy peligroso”. Y añade “no hay trasplante sin riesgo”. ¿Trasplante? ¿A quién? ¿De quién? ¿De qué? Felicia, pese al temor que le produce la palabra trasplante, acepta: incorporará las palabras de otro en su interior. Esta decisión meditada tendrá consecuencias impredecibles porque al cambiar sus palabras por las de otro, devendrá otra ella misma. No en vano Juan Mayorga titula a esta obra de teatro El Golem (2022), en alusión a la figura del folklore hebreo que toma vida con ciertas palabras porque estas tienen poder, dan vida, avivan, lo que apunta al hecho de que las palabras trasplantadas insuflan un modo de estar y de vivir y pueden incluso, como bien viera Platón, curar o enfermar. Este peligroso trasplante consiste, como indica Santiago Alba Rico en el epílogo al ensayo de Mayorga, en envenenar la narrativa porque, aunque nos parezca imposible, la sinrazón puede hacerse escritura y generar un discurso que parece tener razón, convence y hacemos propio. Aquí estamos, inadvertidos y sin nuestro consentimiento, en una época de trasplantes de palabras, que a su vez nos trasplantan a otro campo de juego, el que debemos combatir, ¿y cómo combatir si nuestra herramienta, que es el pensamiento, está envenenado con palabras trasplantadas? No hay nada más peligroso que el mal uso de las palabras. Cuando repetimos las palabras del otro, sus discursos y sus modos, algo cambia en nosotros mismos. Un ejemplo es la palabra “paz”. Parafraseo el trabajo de Klemperer sobre la lengua del fascismo. Donde pone “pueblo” leo en su lugar “paz”: “Paz se emplea tantas veces al hablar y escribir como la sal en la comida; a todo se le agrega una pizca de paz: fiesta de la paz, camarada de la paz, comunidad de la paz, cercano a la paz, ajeno a la paz, surgido de la paz”. “Paz” hasta que no se sepa muy bien a qué nos referimos. Si la paz es deseable, aquello que designa debe serlo en consonancia, ¿no? ¿quién no quiere la paz? ¿Pero qué paz es esta?

Si yo fuera uno de los beneficiarios de la regularización masiva, me la traerían al fresco las componendas, triquiñuelas, cálculos, atajos, jueguecillos y tocomochos que han sido necesarios para su aprobación. Tampoco me importaría ni un bledo quién se atribuye el mérito ni qué motivos reales esconde. Solo celebraría que mi vida insegura, sometida al miedo constante a la deportación, a la provisionalidad perenne y a la marginación, iba a mejorar un poco. O un mucho, según los casos. No me arreglaría la vida, por supuesto. Seguiría siendo complicada y áspera, pero con unos papeles que amortiguarán lo más grosero de la intemperie.
La vida de Joan Romero estaba dirigida a trabajar en el campo. Su padre era el casero de un cortijo en Albacete y ni contaba con recursos ni tenía contactos. Pero el chaval “aprovechaba” para estudiar. Uno de esos maestros que pueden cambiar una vida insistió en el empeño de que debía continuar. Y finalmente, el chico que mostraba un temprano interés por la historia logró una de las escasas becas-salario de entonces, cumplió su sueño de ser profesor y se labró una trayectoria académica que se prolonga casi medio siglo.