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Joan Subirats (Barcelona, 74 años) aúna medio siglo de academia —es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Barcelona— y una corta pero intensa experiencia política: fue teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Barcelona con Ada Colau y llegó, durante dos años, a ministro de Universidades. Una vida dedicada al estudio de las políticas públicas, con interés en otros asuntos como la desigualdad o el municipalismo. Ahora publica el ensayo La brecha entre el saber y el hacer (Anagrama), donde explora las relaciones entre el conocimiento científico y las decisiones políticas.



Pedro Alonso (Vigo, 54 años) se levantó este lunes con energías renovadas. Había descansado bien. Salió a por un café a las calles de A Coruña, donde está grabando su nueva película, y caminó por la Ciudad Vieja. Entonces empezó a ser consciente de que esa no sería una semana cualquiera. A las 10 de la mañana estaba hablando por teléfono con EL PAÍS: “Hace un rato me decía una persona de prensa de Netflix que íbamos a tener un rato largo para charlar. Pero es que para esta conversación necesitaríamos cinco días”, adelanta. No es una entrevista más de promoción de Berlín y la dama del armiño, la nueva entrega de la serie de Netflix sobre las andanzas de su personaje antes de La casa de papel y que regresa el 15 de mayo. Pedro Alonso ha tomado una decisión: no volverá a encarnar a Berlín. Esta semana viajará a Madrid para conceder más entrevistas y seguirá el tour en Sevilla, donde están ambientados los nuevos episodios. Antes de todo eso, casi una hora de conversación pausada y en la que el actor meditará mucho sus palabras. “Siento que me va a golpear la emoción por sitios que no espero”, adelanta.



Todo es mentira. Un bulo. No hay ningún niño madrileño con discapacidad intelectual ingresado por falta de plazas en Ávila, lejos de sus padres, separado por horas de carretera, huérfano de abrazos y visitas frecuentes. Corre 2001, y esa es la respuesta que obtiene Eduardo Sánchez Gatell, diputado socialista, cuando recibe la queja de una familia y pide explicaciones al Gobierno. “Y yo me he sorprendido mucho cuando he leído en la prensa que 34 niños de nuestra Comunidad se han quedado en la calle por un problema estructural de la residencia (en Ávila)”, se lamenta Sánchez Gatell cuando se destapa la verdad, según el diario de la Asamblea, en el que se aclara que en el grupo hay una decena larga de adultos. Han pasado 25 años, y aquella decisión de cubrir la falta de plazas en otras provincias aún da coletazos. Madrid acaba de licitar dos contratos para mantener la atención en Ávila y Málaga de cuatro mayores, ya que sacarlos de su rutina e integrarlos ahora en el sistema madrileño sería perjudicial. El programa, dice un portavoz gubernamental, terminará cuando se mueran.
Se han unido a través de un grupo de WhatsApp. Son más de 300 madres, padres y profesores de la Comunidad de Madrid compartiendo un malestar en común: han sentido presiones o amenazas para sacar a sus hijos con Trastorno del Espectro Autista (TEA) de la educación pública en Madrid y escolarizarlos en la educación especial.
Seguramente el canciller alemán, Friedrich Merz, no se imaginaba que cumpliría un año en el puesto en medio de tensiones con su socio de Gobierno, los socialdemócratas, por el paquete de reformas que necesita el país urgentemente, y teniendo que capear también con una nueva crisis energética y el descontento del presidente estadounidense, Donald Trump, con quien hasta ahora siempre se había vanagloriado de mantener una relación cordial y de hablar con regularidad.

Juma Bilal, un albañil sudanés de 32 años, en mayo del año pasado, tomó la difícil decisión de huir de la guerra civil que asola su país desde 2023. Con su mujer y cuatro hijos, la familia dejó atrás Jartum, la capital, y encontró refugio en el campamento de Ajoung Thok, en el norte de Sudán del Sur. “Aquí no conocíamos a nadie, pero habíamos oído que había refugiados”, comenta, “así que decidimos venir con nuestros hijos para que pudieran encontrar una oportunidad”.


El presidente francés, Emmanuel Macron, propuso este martes como nuevo gobernador del Banco de Francia a Emmanuel Moulin, ex secretario general del Elíseo y estrecho colaborador, en sustitución de François Villeroy de Galhau. Este presentó su dimisión el pasado mes de febrero, un año antes de que acabe su segundo mandato, y dejará el cargo a mediados de junio.
Después de semanas de tensiones y sobresaltos, la Bienal de Venecia logró inaugurar este martes una de las ediciones más convulsas de su larga historia. Lo hizo con dos pabellones convertidos en focos de polémica: el de Rusia, que regresa tras dos ediciones de ausencia desde la invasión de Ucrania, y el de Israel, que vuelve al certamen después de que su exposición de la edición de 2024 nunca llegase a abrir al público, en plena guerra de Gaza. Se les sumó la retirada in extremis de Irán, anunciada el lunes a pocas horas del arranque. La 61ª edición de la bienal más antigua del mundo, fundada en 1895, vuelve a recordar que nunca fue solo una exposición, sino también una representación a pequeña escala del tablero geopolítico.

“¿Qué puedo hacer por ti?”, pregunta Elena del Rivero (Valencia, 76 años), con una taza de té en la mano, sentada en la cocina de su casa nueva de Madrid. Bueno, no es nueva, cuenta que la adquirió en 2013, pero ahora se ha mudado definitivamente allí. La artista —que ha trabajado ensamblajes, pintura, fotografía o instalaciones— ha cambiado el Village neoyorquino por Arganzuela. Le costó dar el paso, pero está contenta. “Llevaba en Estados Unidos 38 años. Y siempre pensé que moriría allí, pero la vida te hace cambiar de ideas. Mi hija está en París, quiero estar más cerca de ella. Esa es la primera razón para el cambio”, enumera, “la segunda es que, con el paso del tiempo, al hacerme mayor, veo que quiero estar cerca de donde nací, de mi hermano... Y la tercera es la degeneración de Estados Unidos en este último año, que lo ha precipitado todo para mí. Cuando llegué allí en los ochenta tuve una gran libertad para hacer lo que quise. Notaba mucho la diferencia con España, también en la actitud de la gente, ese carácter anglosajón: te mueven a hacer cosas que te ayudan, que te abren. Allí no he visto tantas envidias y me han apoyado mucho siendo extranjera, inmigrante. Yo no tenía papeles cuando llegué y, sin embargo, me ayudaron a que todo fuera posible”.
Martín Caparrós ha escrito un libro formidable que trata de Argentina en 1933, cuando estaba cerca la guerra mundial. Da la impresión de que él estaba allí. Lo cuenta todo, los personajes parecen sus confidentes, los nombres propios coinciden con algunos de los que entonces estaban vivos, y siguieron vivos cuando él, Caparrós, ya era periodista en su país y en el mundo. No hay una línea que no tenga que ver con aquel tiempo, y sin embargo es notorio que él, el cronista, el que lo cuenta, no estuvo allí.
