Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
En España trabajan 12,19 millones de hombres, según las cifras de la Encuesta de Población Activa (EPA) del tercer trimestre. El número esconde un nuevo récord para el mercado laboral español, uno de los pocos relacionados con la ocupación que aún no se habían superado en este nuevo ciclo expansivo. Esa cantidad de hombres trabajando supone un nuevo máximo de ocupación masculina. 19 años después se cruza la frontera que marcó el tercer trimestre de 2007, con 12,18 millones de ocupados, cuando la construcción aún absorbía mano de obra masculina a paladas.

“Lavado de cara”. “Impreciso, parcial y preocupante”. “Seguiremos muy vigilantes”. Las expresiones son distintas, pero el concepto es el mismo: el campo español no ha recibido de buen grado el acuerdo parcial al que llegó el Consejo de la UE a última hora del lunes para reformar la Política Agrícola Común (PAC) y mantiene la tractorada prevista para este miércoles ante el Ministerio de Agricultura en el centro de Madrid. La movilización, convocada bajo el lema Dar de comer tiene que dar para vivir, pretende visibilizar el malestar del sector —una vez más a lo largo de estos últimos años— y reclamar medidas urgentes que “garanticen” su “rentabilidad” y “futuro” con la llegada, según los organizadores, de cerca de 500 tractores y miles de agricultores y ganaderos procedentes de todo el país.
El sector agrario ha sido protagonista en las últimas décadas de multitud de movilizaciones de carácter local, comarcal, regional o estatal. Las contestaciones han estado vinculadas en ocasiones a un único producto —leche, espárrago, cítricos, vino, porcino, etcétera—, otras veces a reclamaciones globales de política agraria. Una de las protestas históricas para el sector tuvo lugar el 20 de febrero de 1977 a cuenta de los problemas y reivindicaciones en los mercados de cereales, remolacha y, sobre todo, de la patata. Entonces, un millar de agricultores plantaron en una cantera abandonada en Rodezno, La Rioja, el germen de un nuevo asociacionismo agrario que luego se extendería a otras provincias y supondría el cierre del viejo sindicalismo vertical del franquismo, ya moribundo en aquella época en el campo.
En aquel momento histórico, una de las demandas más socorridas era la de “precios justos”, que entonces se establecían por decreto. Hoy, la reclamación no solo es la de “precios justos”, sino el desarrollo de una serie de mecanismos que van desde las ayudas directas a otras medidas encaminadas a una regulación de los mercados.
Durante la tarde del sábado 5 de septiembre, por la tienda insignia de la firma Paul Smith, en el elegante barrio de Mayfair en Londres, pasaron el director de un museo nacional de Noruega, un arquitecto que tenía entre manos el diseño de un nuevo aeropuerto y varios visitantes más de Atenas, Toronto, Ciudad de México y lugares diversos de Estados Unidos. A todos los atendió un señor alto y espigado, de unos 80 años, elegante en su traje de chaqueta, con estilosas gafas y melena revuelta. Ninguno se enteró de que era el mismísimo Smith, el decano de la moda británica, que en la cumbre de su fama y éxito no se resiste a seguir despachando clientes, como un eterno Saturday boy (así se ha llamado siempre al estudiante de refuerzo que contratan los comercios para la tarde más atareada de la semana) que disfruta con el contacto humano.
Dónde nacemos condiciona nuestra mirada. Andrea Ropero (Binaced, Huesca, 43 años) lo hizo en una familia de agricultores que tuvo que exiliarse por la Guerra Civil. Estudió en Barcelona con las becas de la educación pública. Y no se rindió gracias a su abuela. “Pasé una época muy mala y estuve a punto de dejar la carrera. ‘Mi mayor pena sería morirme y no verte de periodista’, me dijo. Al final, me vio en La Sexta. Antes del informativo, llamaba casa por casa en el pueblo para avisar a los vecinos”. Al recordarlo, los ojos verdes le brillan un poco más.
Hace apenas unos días, la revista norteamericana Inside Hook publicó un contenido periodístico del todo infrecuente. Lo firma el escritor neoyorquino Jaed Coffin y viene a ser un elogio del hombre “normal” como alternativa al superhombre nietzscheano de las redes sociales, además de una exhortación a dejarse de tanto gimnasio, “madurar bien” y aceptar con elegancia la derrota que nos impone el paso del tiempo.
Temor a la tribu, maltrato homosexual, obligaciones militares, miedo a la familia, disputas por una herencia e incluso amenazas en TikTok. La justicia ha comenzado a resolver ya los recursos con todo tipo de argumentos que los migrantes que están en Ceuta han desplegado ante la Audiencia Nacional, como última vía para lograr quedarse en España. La Sala de lo Contencioso-Administrativo ha denegado ya, al menos, 45 solicitudes de protección urgente, la mayoría de ellas de Marruecos (30), de acuerdo a los escritos que el propio órgano ha publicado.
No hay más cabellos de lo habitual en el desagüe de la ducha y tampoco se aprecian nuevas entradas al apartarse el flequillo o recogerse la melena al llegar a casa. Sin embargo, al hacerse una coleta, la goma necesita una vuelta más. La escena resulta familiar: cada vez más mujeres sienten que tienen menos pelo. Concretamente, según un estudio sobre salud capilar hecho público esta semana por Iraltone, un 46% de mujeres refiere más caída en el último año y un 28% de ellas, menos densidad (frente a un 36% y 24% respectivamente de hombres). El censo publicado en 2025 por la Sociedad internacional de cirugía capilar registró un aumento del 16,5% en el número de pacientes femeninas sometidas a cirugía capilar entre 2021 y 2024. El dato no demuestra que haya más alopecia, solo que más mujeres llegan a tratarla. En España, la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV) calcula que la alopecia androgenética afecta a entre el 5% y el 10% de las mujeres y subraya una diferencia esencial: que se caiga más pelo no siempre significa que se esté perdiendo densidad. Entonces, ¿tenemos menos pelo o estamos prestándole más atención?
La sociedad argárica perduró unos 650 años (2200 a 1550 a. C.) y se extendió por un territorio de unos 35.000 kilómetros cuadrados en las actuales provincias de Murcia, Almería, Granada, Alicante, Jaén y Ciudad Real. Se desconocen las causas de la desaparición de esta sociedad que debatía sus problemas en una especie de parlamento (un espacio de deliberación política que numerosos expertos consideran el primero de la historia), estaba dividida en clases sociales, sufría una enorme violencia social, dominaba la orfebrería y habitaba ciudades encaramadas en altozanos fuertemente protegidos.

Los estudiantes serbios han dado una lección de democracia a la región balcánica y al resto de países donde los jóvenes salen a la calle para luchar por su futuro. Hombres y mujeres de diferentes procedencias ideológicas han mantenido durante casi dos años una movilización persistente y pacífica en torno a unas demandas básicas sobre el Estado de derecho y la lucha contra la corrupción. A lo largo de este periodo fueron tachados por el presidente Aleksandar Vucic de “mercenarios” al servicio de países extranjeros; decenas de ellos fueron encarcelados y sufrieron palizas por parte de matones vinculados al poder. Pero nunca renunciaron a los métodos pacíficos. Y este domingo derrotaron en las urnas al aparato de poder de Vucic, que ha controlado Serbia durante los últimos 14 años.
Antes me parecía descortés, una falta de educación. Antes no dejaba ni un mensaje por responder ni mucho menos en visto. En el fondo, había una de esas satisfacciones absurdas que se dan cuando logras las metas que te has propuesto a ti mismo, tan consciente de tus limitaciones. Son proezas pequeñas, pero proezas al cabo: guardar desparejados los calcetines, contar los escalones al subir o bajar una escalera, celebrar la hora si es capicúa y, por supuesto, evitar que haya mensajes por ver en la aplicación del teléfono. Otros las llaman manías, pero nada que ver.