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Francesc Augé ya tiene fecha para recibir la eutanasia que tanto ansiaba y que ha visto paralizada en los tribunales durante más de dos años. Será el próximo 27 de noviembre, la fecha que ha escogido para ejercer su derecho a morir con dignidad, según ha explicado él mismo y ha confirmado este diario a través de su abogada. “Quería hacerlo el día de las elecciones [del 29-N], pero en domingo no puede ser… Es el día más cercano, porque ningún partido político ha mostrado respeto”, explica a este diario Augé, que en este tiempo de espera, un total de 856 días desde que le fue concedido el derecho por el órgano competente, se ha mostrado muy crítico con los poderes públicos al ver lastrada su voluntad en los tribunales. “No respetan mi derecho a morir”, lamentaba en una entrevista con este diario.
La casa de subastas Magna Art, que comparte la calle Núñez de Balboa con unas cuantas afamadas galerías de Madrid, es ahora la más concurrida. Público de todas las edades, incluso veinteañeros clásicamente vestidos, peregrina allí y se adentra hasta el fondo del local, donde se mantiene abierto, ante un tapiz antiguo, el despacho del director. De principio a fin, todo el espacio de Magna Art Auctions está invadido por el atrezzo de la dictadura franquista que se retiró del pazo de Meirás este verano, ante la impotencia de las asociaciones por la memoria. Ahora estos colectivos y estudiosos de la historia del palacete escudriñan el catálogo de la galería convencidos de que se han marchado de Galicia muebles y objetos que deberían haberse quedado y ya decoraban el pazo con su primera propietaria, Emilia Pardo Bazán.
No recuerdo si pertenece a un poema o a una canción algo tan incontestable como: “No hay que volver al lugar donde fuiste feliz”. Por si acaso, para protegerse, para evitar el desencanto. Y no me importa que en el cine recurran machaconamente al remake, a condición de que yo no tenga la obligación de tragármelos. Casi siempre son decepcionantes. Sobre todo los que vuelven a contar historias que te donaron encanto, emoción; las sensaciones que te regala lo que tú identificas con el gran cine.
Dirección: Georgia Oakley.
Intérpretes: Daisy Edgar-Jones, Esmé Creed-Miles, George MacKay, Fiona Shaw, Stacy Martin, Caitríona Balfe.
Género: drama. Reino Unido, 2026.
Duración: 132 minutos.
Estreno: 23 de octubre.
No creo que tenga ningún sentido esa distinción tan frecuente entre literatura y periodismo. La literatura se hace de diversas maneras, en lugares o espacios distintos: el libro, el escenario, el periódico. No me refiero a la colaboración literaria sin más, a lo que se llama “la firma”, para distinguir a quien escribe de los periodistas sujetos a las obligaciones y los ritmos de la actualidad. El periodista es tan literato como el novelista o el poeta. Hay novelistas buenos y malos, como hay poetas, o autores dramáticos, y periodistas también. No es que el periodismo sea un género inferior, o menor, siguiendo la manía jerárquica que tanto daño hace a la percepción justa de lo escrito. Tampoco las fotos que se publican en el papel de periódico son de por sí inferiores a las que se exhiben bien impresas y enmarcadas en las galerías de arte. Las fotos de asesinos y mendigos de Weegee se publicaban en las páginas del New York Post en los años cuarenta, y las de Cartier-Bresson o André Kertész y tantos otros ilustraron la edad de oro de las revistas gráficas. En España, por no ir tan lejos, uno de los mejores fotógrafos del siglo XX fue el gran Santos Yubero, que retrataba lo mismo la celebración del 14 de abril en Cibeles que la faena de un torero o una jugada de fútbol, y al que nadie otorgó consideración de artista mientras vivía. En los años treinta escritores de mucho postín —Unamuno, Baroja— firmaban artículos en los periódicos, pero su prosa, leída hoy, es más vacua y retórica que la de los reportajes espléndidos de Chaves Nogales, Josefina Carabias, Gaziel, Josep Pla. Cuando yo tenía 14 o 15 años, allá por los primeros setenta del siglo pasado, mi aspiración de ser escritor era inseparable de la de ser periodista, y mis héroes eran Manu Leguineche y otro gran reportero ahora olvidado, Enrique Meneses, que había sido el primero en localizar y entrevistar a Fidel Castro en Sierra Maestra.


Comencé mi relación con El País Semanal con un orgasmo. Sucedió el 6 de febrero de 1994. No se repitió en los siguientes 12 años.


Que la llegada de la derecha radical a los gobiernos democráticos pueda representar una amenaza para la cultura abierta y la libertad de creación ya no es solo una sospecha: el arte crítico y la memoria cívica se encuentran en la diana de los extremistas. Sucede en América y en Europa. Y también en algunos lugares de España. Desde los primeros acuerdos autonómicos con el PP, Vox tuvo como prioridad la derogación de las Leyes de Memoria Democrática. No fue casualidad que en la Comunidad Valenciana se cancelase la suscripción a diversas revistas en catalán en bibliotecas municipales. Ya en 2023 se escucharon tímidas advertencias de lo que estaba por venir. En vano. El sábado estaba previsto que se representase en Valladolid la obra Federico, centrada en la muerte de García Lorca, pero ha sido cancelada y la compañía Proyecto 43-2 ha denunciado a la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León, en manos de Vox, porque considera que dicha decisión obedece a motivos ideológicos. El episodio ha coincidido con la publicación el pasado día 9 de los requisitos que la Junta establece para solicitar subvenciones para la producción de películas y documentales: “No podrán destinarse los fondos públicos concedidos al amparo de esta convocatoria a actuaciones que impliquen adoctrinamiento ideológico”.

El 25 de octubre Brasil tendrá ante sí una clara disyuntiva, entre el candidato de ultraderecha Flávio Bolsonaro y el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que ese día se medirán en la segunda vuelta de la elección presidencial.
Ojalá que los moros españoles pudiéramos vivir nuestras vida sin más, como simples seres humanos, sin la estrella amarilla de la mororidad, esa condición según la que somos culpables hasta cuando se demuestra lo contrario, hasta cuando estábamos a más de 600 kilómetros del delito cometido. Imagínate ser madre de un hijo que cumple con los rasgos raciales en los que se basa esa construcción y saber que la policía lo va a parar por la calle mucho más que a sus compañeros. Imagínate verlo crecer y darte cuenta de que la mororidad no solo no va a ser impugnada como sistema de discriminación, sino que encima se va a aplicar a quienes ya nacen españoles de hijos de españoles. Que no significa nada porque deberíamos ser tratados todos como personas independientemente de nuestra procedencia, de nuestra nacionalidad o nuestros rasgos físicos. Pero es que incluso para los que practican la persecución del moro por ser éste el extranjero, “el enemigo” perpetuo y principal, la alteridad demonizada, fantasma de guerras pasadas y pulsiones de Reconquista, incluso desde ese marco lo que se les ha hecho a Youssef Abraoui y Ahmed Benyahia es un crimen aberrante: difundir su imagen señalándolos como culpables del crimen atroz que acabó con la vida de una octogenaria en Burgos. Ojalá no ser siempre los primeros sospechosos de asesinatos de ancianas, de violaciones, de robos y agresiones. Incluso algunas webs que desmienten la noticia hablan de que no se trata de magrebíes sino de dos hombres “nacionalizados”. ¿Y eso qué más da? ¿por qué hay que hacer siquiera la distinción entre españoles cuando la nacionalidad se adquiere por nacimiento? ¿Cuántas generaciones de “nuevos” españoles tendrán que dar explicaciones por no encajar físicamente con lo que un patriotismo rancio y obsoleto considera que somos “nosotros”? El Imperial, parece que se llamaba la cuenta desde la que se difundió el bulo, lo cual es toda una declaración de intenciones porque no hay imperio sin racismo, no hay grandeza patria sin exterminio del “otro” construido justo para que pueda ser exterminado. Qué agallas, qué machos los cobardes que no saben articular una oposición que no esté basada en manipulaciones y maldades, qué rastreros y crueles matamoros que persiguen a chavales imberbes (no Abraoui y Benyahia, que son hombres adultos; hasta en eso equivocaron el tiro). Ese es el tipo de votantes a los que Alberto Núñez Feijóo dice que hay que respetar, a los crueles capaces de atizar el odio contra otros ciudadanos, tan españoles como ellos aunque les joda.
Las movilizaciones del sábado en Francia desencadenaron una violencia brutal. Los ayuntamientos de Marsella, Lille, Rennes, Grenoble o Limoges —este último terminó en llamas— fueron atacados; en Lyon los manifestantes quemaron una oficina de turismo; en Burdeos prefirieron romper los cristales de la Cámara de Comercio e Industria y asaltar la residencia del delegado del Gobierno; en Normandía la fachada y el tejado de la Universidad de Rouen quedaron parcialmente quemados; en París, en fin, ardieron contenedores, motos, coches y mobiliario urbano, los grupos más fanatizados asaltaron comercios, arrasaron cuanto encontraron a su alcance y estuvieron a punto de entrar en las Galerías Lafayette.