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Hace unos días murió António Lobo Antunes. Fue un escritor, lo es, que trataba con las palabras con tanta familiaridad y cercanía y complicidad que las hacía recorrer caminos muy extraños, asomarse al precipicio, tirar por senderos estrechos que discurren al lado del abismo; daba a ratos miedo mirar desde tan arriba a las sombras. Sus personajes eran muy próximos, hechos de la misma pasta de la que estamos hechos cada uno de nosotros, por eso imponía respeto darse cuenta de que puede pasar cualquier cosa, que por ahí dentro conviven entrelazados lo peor y lo mejor, y que luego están las circunstancias y la suerte. No hizo ninguna concesión para expresar y dar forma a lo que quería contar, así que su literatura está llena de invenciones, de desafíos. Y fue también una literatura que salió en los periódicos, como crónicas, como iluminaciones. Sorprende darse cuenta de que en los papeles donde se publican las noticias —en las pantallas, habría que decir ahora— también se cuele lo que tiene más duración, lo que sobrevive a la actualidad, las heridas incurables, la derrota. De eso trataba con frecuencia Lobo Antunes. De las cosas que se tuercen.
Las negociaciones sobre armas autónomas en la sede de Naciones Unidas en Ginebra han entrado en un punto crítico este mes de marzo. Tras años de debates bajo el paraguas de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales (CCW), los Estados siguen sin consenso para fijar límites a la inteligencia artificial aplicada al armamento. Y el tiempo, como ha alertado la campaña Stop Killer Robots, juega en contra. La tecnología avanza a un ritmo que amenaza con dejar obsoleta la capacidad regulatoria de los gobiernos antes de que exista un marco común.
Parece que en 2026 hemos aceptado, sin debate previo, que para ser ciudadano de pleno derecho es obligatorio el uso del teléfono inteligente. Desde consultar la carta de un restaurante mediante un código QR hasta realizar gestiones bancarias o administrativas básicas, la digitalización ha pasado de ser una herramienta de ayuda a convertirse en una barrera infranqueable. No cuestiono el progreso, pero sí la falta de alternativas. Estamos condenando a la invisibilidad a una generación que no creció con pantallas y a todos aquellos que, por elección o necesidad, reivindican el trato humano. La eficiencia no debería estar reñida con la cortesía ni con la inclusión. Una sociedad que olvida lo analógico corre el riesgo de volverse tan fría como un algoritmo.
El Desafío Semanal es un reto con diez preguntas sobre informaciones publicadas durante los últimos siete días en los distintos canales de EL PAÍS. Anímate a resolverlo cada viernes y déjanos tus observaciones en los comentarios o escribiendo a juegos@elpais.es. También puedes sugerirnos alguna pregunta (con sus opciones) y valoraremos publicarla.
Marzo marca en Madrid el inicio de la primavera y el regreso de las tardes más largas. Con el cambio de estación, también vuelve la costumbre de alargar las cenas, quedar en barras concurridas o terminar la noche con un postre compartido.

La batalla judicial per les pintures murals de Sixena ha demostrat, sobretot els últims mesos, que el fort soroll que generava el litigi a Aragó es convertia en sepulcral silenci a Catalunya. En aquest oasi català hi ha una veu rebel, la de l’historiador de l’art Albert Velasco (Lleida, 49 anys), expert en patrimoni i patró del Museu de Lleida Diocesà i Comarcal fins que un dia, tot just per denunciar el presumpte mutisme amb segones intencions del govern català, va dimitir. Ara publica un llibre sota un genèric Les pintures de Sixena (Pòrtic) que probablement sigui la crònica més completa del cas. No és neutral: reconeix a Quadern que en el llibre passa “comptes” amb alguns protagonistes de la lluita de les pintures i aporta algunes novetats al cas que potser podrien haver servit per capgirar la polèmica actual i canviar la sentència que obliga a tornar-les: la Generalitat hauria pagat per mantenir les pintures, tot i que sense constància escrita. En definitiva, i malgrat el llibre, entendre Sixena continua sent un guirigall.
La necesidad de una ejecutar obras urgentes en el túnel ferroviario de Rubí (Barcelona) avecina un colapso en el tráfico de mercancías en Cataluña durante casi dos meses. La detección de severas grietas impone la necesidad de intervenir de inmediato con trabajos de apuntalamiento y refuerzo en un tramo que es una arteria básica para el desplazamiento de los trenes mercancías. Las obras constituyen un hecho de poca novedad en ese punto de las afueras de Barcelona, porque el mismo túnel ya tuvo que ser cortado durante más de una semana por otra intervención considerada imprescindible a finales de enero, pero esta vez el quebradero de cabeza sube de grado porque la duración de la remodelación cortará siete semanas el tráfico de trenes entre los puertos de Barcelona y Tarragona y la frontera con Francia. La consejera de Territorio de la Generalitat, Sílvia Paneque, ha alertado de que con las obras se va a cortocircuitar “un paso de mercancías muy importante” con alternativas muy limitadas. Para los trenes de ancho ibérico se plantea el desvío por la línea Montcada-Manresa-Lleida, aunque con algunas restricciones de carga y longitud, mientras que los trenes de ancho internacional con destino a Francia deberán utilizar la nueva terminal de mercancías de la Llagosta.

El Museo Egipcio de Barcelona es un verdadero hogar para los que sueñan con el viejo país del Nilo. Exhibe una bonita colección de antigüedades faraónicas, ofrece exposiciones y cursos y organiza actividades tan simpáticas como Momificación en familia, siempre en sábado. Dirige el centro, dependiente de la Fundación Arqueológica Clos, la egiptóloga Maixaixa Taulé (Barcelona, 57 años), que es también miembro de la misión que excava el yacimiento de Sharuna (el-Kom el-Ahmar Sawaris), antigua Hut-nesut, en el Egipto Medio, en la orilla oriental del Nilo. Taulé, que recibe en su despacho ante una imagen de un beduino besando a un camello, cree que ella es poco fotogénica pero su rostro no desentonaría entre los retratos de El Fayum.

