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El terremoto político que ha provocado en Francia la muerte de Quentin Deranque, el joven miembro de un grupo extrema derecha que falleció el pasado sábado en Lyon tras recibir una paliza por parte de militantes de ultraizquierda, adquiere ya una dimensión internacional. El ministro de Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, ha convocado al embajador de EEUU en París, Charles Kushner, por sus declaraciones tras la muerte de Deranque.

Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.





Hay un bar en el madrileño barrio de Valdezarza donde un grupo de parroquianos jubilados se reúne habitualmente para tomar algo y charlar. Suelen tratar, exclusivamente, la actualidad política. Y suelen adoptar los mismos roles que los tertulianos de la tele: el liberal a la madrileña, el socialdemócrata progresista, el conservador de toda la vida, el comunista barrial. Es un bar cualquiera en un sitio cualquiera, pero probablemente el fenómeno se repita en infinidad de bares, también frente a máquinas de café en oficinas, en pasillos entre aulas, en descansos del andamio. E incluso dentro de nuestras cabezas. Si algún día, según la leyenda, fue posible cruzar la península saltando de árbol en árbol sin pisar el suelo, hoy probablemente sea posible cruzar la jornada saltando de tertulia en tertulia, de opinión en opinión, sin tocar el suelo de los hechos. Y eso acaba calando.


