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“Estrépito”, “antonomasia” y “estaño” son tres palabras que la tiktokera de 25 años Bárbara Bulnes parece no entender al leerlas en un pasaje al azar del comienzo de Cumbres borrascosas. En un vídeo se quejaba del vocabulario complejo que le impedía avanzar en la lectura de la novela. Al viralizarse, ha provocado montañas de comentarios sobre la comprensión lectora de los jóvenes, su pobreza intelectual, la pérdida de capacidades cognitivas y un largo etcétera de clichés sobre la decadencia de Occidente, la caída de los dioses, la muerte de Dios y los tomates de mi infancia que aún sabían a tomate.
Sonó el móvil el otro día y solo entonces me di cuenta de que llevaba días sin hacerlo, tal vez semanas. Ya nadie llama, la gente no llama nunca. Y lo peor es que pensé que quién sería el pesado que llamaba, o que sería publicidad. Pero no, era un amigo, fue una sorpresa y hablamos un buen rato. Cuando terminamos, miré la duración de la conversación, porque ya no sabemos vivir sin medir incluso las pequeñas unidades de tiempo y tenerlas bajo control, como las calorías. Y eso que yo nunca he llevado reloj, pero no por no llevarlo puedes escapar del tiempo. Había pasado media hora, sin darme cuenta, sin hablar de nada especial, de esto y de lo otro. No supe si era una pérdida de tiempo o tiempo precioso ganado a la prisa. Me supongo que esto último, porque me sentía mucho mejor.

Tariq Ahmad se escapa cada tarde de la tienda de campaña en la que vive su familia antes de que sus seis hijos comiencen a preguntarle qué comerán para el iftar, la comida con la que los musulmanes rompen el ayuno del día al ponerse el sol durante el mes de Ramadán. Este padre solo regresa cuando sabe que las ollas comunitarias, organizadas por organizaciones humanitarias, han llegado a Al Mawasi, zona del sur de Gaza, donde se tuvo que desplazar hace meses para salvar la vida.
De su infancia en Marruecos, Bibiana Fernández (Tánger, 72 años) solo guarda unos viejos cuadernos. Dentro de ellos hay recortes de revistas de mediados de la década de 1960, imágenes de sex symbols de la época como Ursula Andress, Raquel Welch, Brigitte Bardot, Virna Lisi, Gina Lollobrigida o Marisa Mell. “Yo tenía 12 o 13 años y cuando veía una foto de alguna de ellas, la recortaba. Eran muy importantes para mí”, explica, mientras sus tres caniches corretean por el salón de su casa, un gran chalé a las afueras de Madrid. “De alguna manera, siguen siendo muy importantes para mí”.
Pablo Sáez.
Juan Cebrián.
Pablo Iglesias (NS Management) para Lancôme.
Irene Luna.
Cristina Serrano.
Mario Val.
Paula Alcalde y Carmen Cruz.
Marina Marco.
Asturias es una de las regiones españolas que ofrece más miradas turísticas. Puedes recorrerla con muchísimas excusas: sus montañas, sus playas, su patrimonio industrial, sus ciudades, la gastronomía… Vamos, que razones no faltan. A mí una de las que más me ha cautivado desde siempre es recorrer Asturias siguiendo las huellas del prerrománico, ese arte tan asturiano como la sidra, que por su valor fue declarado patrimonio mundial de la Unesco en 1985. Me fascina la elegante sencillez de esas pequeñas iglesias diseminadas por prados y montañas, verdaderas filigranas arquitectónicas levantadas nada menos que en el siglo IX.

Estamos ante un tecnofeudalismo que ha acelerado las políticas neoliberales de los últimos 50 años: nuestros empleos corren el riesgo de precarizarse aún más por culpa de la economía de plataformas, y eso si sobreviven al asalto de la inteligencia artificial. Las redes sociales, antes vistas como herramientas al servicio de la libertad, ahora se perciben como una amenaza para la democracia. Y los dueños de las grandes empresas tecnológicas, como Elon Musk y Peter Thiel, apoyan el autoritarismo populista de Donald Trump y de la ultraderecha europea.