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No es habitual ver a un puñado de oncólogos invadidos por la emoción y la euforia. Tampoco que las gráficas de alguno de sus estudios se viralicen en redes sociales. Pero este año ha ocurrido. Y más de una vez. El pasado mayo, en Chicago, durante el congreso de la Sociedad Americana de Oncología (ASCO, por sus siglas en inglés), un auditorio entero se puso en pie para aplaudir los resultados de una terapia dirigida que logra duplicar la supervivencia en cáncer de páncreas, un tumor de muy mal pronóstico. Y este fin de semana, en Madrid, centenares de oncólogos de medio mundo volvieron a ponerse en pie: esta vez, una ovación espontánea recorrió el congreso europeo de oncología al conocerse que un ensayo para el cáncer de pulmón más agresivo lograba una mejora de la supervivencia nunca vista en ese tumor. “Estamos viendo una explosión de diferentes fármacos. Y esta innovación no está ocurriendo solo en los tumores más frecuentes, sino también en algunos más raros y agresivos. Esto es muy importante y significativo”, reflexiona la oncóloga Ángela Lamarca, coordinadora del Comité de Comunicación del congreso europeo.

―He visto que te vas a gastar 25 o 35 millones de euros... Viene en el periódico. Menos mal que tenéis dinero, qué suerte tenéis. Nosotros no tenemos ni un puto duro.
Pikachu es un pokemon de tipo eléctrico al que no le gusta ir en su pokeball. Prefiere la libertad, no estar encerrado en esa bola. Va con Ash, su entrenador. ¿Quién es Pikachu?, ¿cómo es?, ¿evoluciona? Yo sé poco o nada del universo Pokémon, pero que evolucionan sí lo sé. Y, de repente, me vi en un diálogo en el que se hablaba de bolas, de constreñir la libertad, de transformación, de ser uno y luchar para convertirse en otro, y pensé que todo cuadraba, que todo está relacionado. Que si cinco minutos antes me dicen que los pokémones y La bola negra tienen tanta relación y que Pikachu y Edmond de Bries tienen cosas en común, ni lo contemplo, pero, de repente, mis neuronas hicieron solas la conexión y tiene lógica.
“Quan Europa va descobrir que Mallorca era més que Magaluf, la vida dels mallorquins va canviar...”, resumeix la cineasta Marga Melià (Palma, 44 anys), autora de Suportant el paradís (Nuu Films), un documental que retrata els efectes de la massificació d’una illa que ja fa anys va deixar de celebrar els rècords turístics. El documental, estrenat aquest estiu a l’Atlàntida Film Fest a Palma, recupera les reflexions sobre la trencadissa del paradís que, de manera visionària, Melià va enregistrar fa 15 anys de les primeres espases de la cultura mallorquina. Els escriptors Biel Mesquida i Carme Riera, el pintor Miquel Barceló o l’artista Susy Gómez, entre d’altres, narren l’especulació desenfrenada, el xoc cultural i el canvi de paradigma que travessa la més gran de les Balears, per on el 2025 van passar 13,5 milions de turistes. Especialment emotius són els testimonis inèdits dels ja desapareguts Agustí Villaronga, l’escriptor Tòfol Serra o el fotògraf Toni Catany, que ja llavors advertien dels efectes nocius del turisme de masses a l’illa. L’estrena a Barcelona tindrà lloc a la sala Zumzeig aquest dijous a les 19:00, en un acte en què Melià dialogarà amb les escriptores Mar Garcia Puig i Llucia Ramis. El documental estarà en cartellera fins al 4 de novembre als cinemes Texas de Barcelona i el 2027 se’n preveu la difusió a través de la plataforma Filmin.
La computación cuántica, todavía en fase experimental, está llamada a revolucionar la informática. Se supone que multiplicará exponencialmente la capacidad de cómputo de los ordenadores. Eso es una muy buena noticia para la investigación y los desarrolladores, pero también tiene algunas implicaciones en el campo de la seguridad: los ordenadores cuánticos serán tan potentes que, presumiblemente, serán capaces de romper el cifrado (es decir, conseguir la clave) de muchas de las comunicaciones consideradas hoy bien protegidas. Este problema lleva tiempo anticipándose en el campo de la ciberseguridad, que busca estrategias para desarrollar sistemas de criptografía que puedan resistir a ordenadores cuánticos.
Susi Sánchez (Chirivella, Valencia, 71 años) espera en la puerta del hotel Capitol de Madrid. Es curioso que admita no saber representar el papel de estrella, porque su figura de estrella clásica de otro tiempo detiene la mirada de las personas que a estas horas, media tarde, cruzan la Gran Vía. Ha trabajado con Pedro Almodóvar en La piel que habito, Julieta y Dolor y gloria. Ganó el Goya a la mejor actriz protagonista en 2019 por La enfermedad del domingo, de Ramón Salazar, y el de reparto en 2023 por Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa. Tiene un premio Max a la mejor actriz de reparto por Cuando deje de llover, en 2014. Sube a la terraza, busca sombra, pide agua. Las miradas de los demás no dejan de llover sobre ella, pero se hace la distraída. Ha dado vida a Pascuala, la abuela de un niño de 11 años que se va a vivir con ella tras la desaparición de su padre, en El mal hijo, la ópera prima de Jaime Lorente.

En el paseo de Recoletos de Madrid, la literatura ha salido a la calle. Los rostros de escritores ocupan las verjas e invitan a reconocer autores y descubrir nuevos nombres. Las fotografías de Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 66 años) componen un mapa de la literatura iberoamericana que se aleja de la solemnidad del retrato oficial para dar paso a la intimidad, la ironía y el humor.



A veces la poesía llama a la puerta, quizás porque siempre estuvo allí. Xabier Romero era un trabajador de una entidad bancaria en Vigo y Xabier Ferreiro, su cliente. El primero llevaba siempre consigo el poemario Longa Noite de Pedra (1962), hito fundamental de la literatura gallega. En una visita del segundo al banco, una compañera le dijo a Romero: “¿Tú sabes que Xabier es hijo de Celso Emilio?”, en referencia al autor de Longa noite. El asombro inicial dio paso a una amistad que abrió un camino trillado en conjunto desde entonces.
Esos pliegues tallados como si estuviesen mojados hasta dibujar el ombligo; la torsión de la cadera; ese mármol blanco de fina factura. El investigador Diego Romero Vera ya intuía que ese trozo de piedra que encontró arrumbado en el patio de un convento de Lebrija (Sevilla), maltratado por el verdín y el cemento, no era un bloque de acarreo cualquiera.
Su padre es arquitecto; su madre, diseñadora de interiores. Él, entrenador de fútbol. Y es el mejor de todos: Pere Romeu (Barcelona, 34 años) se quedó con el premio Johan Cruyff al mejor entrenador de un equipo femenino en la gala del Balón de Oro, el primer español en lograrlo en esa categoría. Y eso que, de niño, sus padres creían que seguiría sus pasos: “‘Tirará para arquitecto’, me decían. Me fijaba en las cosas, porque me habían educado así: fijarme en los detalles, ver cómo están estructuradas y organizadas las cosas. Tenía buen ojo”. Ese ojo lo utilizó para construir equipos de fútbol. Y construyó el mejor de todos: el Barcelona femenino.