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Cuando el mundo se despertó de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, se impuso la idea de que algunos delitos constituían ataques contra todos los seres humanos. Así nacieron los conceptos de genocidio y de crímenes contra la humanidad y se crearon los tribunales de Núremberg y Tokio para juzgar a los responsables de unos crímenes que hasta entonces no tenían nombre, entre ellos el Holocausto. Raphael Lemkin, quien acuñó el concepto de genocidio, se dio cuenta de que la impunidad de atrocidades como el genocidio armenio, había conducido a las masacres posteriores provocadas por los grandes totalitarismos. La necesidad de crear un tribunal permanente que juzgase aquellos crímenes cristalizó primero en cortes especiales para los genocidios de Ruanda y Bosnia, y después en el Tribunal Penal Internacional (TPI), creado en 2002 y cuya jurisdicción reconocen por ahora 125 países.
El vídeo se hizo viral: Nico Williams se acerca a su madre y le entrega la medalla de campeón del mundo que acaba de recibir. Entiende que es suya, es decir, que no la habría ganado sin ella. Se llama Maria Arthuer, es ghanesa y hace no tanto caminaba sola de noche por la carretera para llegar puntual, a las cinco de la madrugada, a su puesto su trabajo, limpiadora en el aeropuerto de Noáin (Pamplona). Previamente, con su marido, Félix Williams, y embarazada de su primer hijo, Iñaki —aunque entonces no lo sabía—, había hecho un penoso recorrido por cinco países, atravesando el desierto, donde se acabaron la comida y el agua y donde una mujer que intentaba, como ella, una vida mejor, murió en sus brazos.
Tengo 25 años y la culpa de que el planeta esté tan mal es mía. Culpa mía las altas temperaturas, porque cuando he hecho botellón no he tirado las botellas a la basura, pero nunca de los famosos que desconocen el significado de transporte público. Culpa mía la crisis de la vivienda, porque soy muy vago, pero nunca de los fondos buitre. Culpa mía el auge de la extrema derecha, porque no tengo pensamiento crítico y me paso el día viendo TikTok, pero nunca de los que, antes de sentarse a entender esas conductas, imponen su condescendencia y se lavan las manos ante la sociedad que han dejado. Culpa mía, porque no sé redirigir esta culpa hacia los que deberían sentirla.

Thais Ruiz de Alda (Barcelona, 52 años) es jurista de formación y lleva más de dos décadas trabajando en entornos tecnológicos. Ha dirigido equipos y proyectos digitales desde 1999 y eso, además de un desparpajo y una locuacidad a prueba de balas, le hace decir con rotundidad que existe el patriarcado digital, que solo el 22% de participantes en los festivales de música son mujeres y que Google debería ofrecerte otra opción para llegar a un sitio que no sea solo no cruzar un parque a las doce de la noche. Actualmente, después de haber vivido “el manspreading en toda su magnitud”, es fundadora y directora ejecutiva de DigitalFems.

El vídeo muestra a dos hombres discutiendo, encarados, ante un coche amarillo con rótulos y un tractor. Uno le llama a otro “puto gordo” y el otro responde “medio metro”. El dueño del tractor sube a la cabina y usa las palas de la máquina para levantar el otro automóvil y destrozarlo. El vídeo se viralizó hace semanas en las redes sociales por la reacción del agricultor ante el empleado de una empresa de cobro de deudas, con muchos comentarios jocosos pero un trasfondo: el cobrador es Alberto Gonzalo de Juan, alias Alberto Pugilato, un neonazi con diversas condenas, una de ellas en el Tribunal Supremo por delitos de odio. EL PAÍS ha comprobado que varias de ellas proceden de su trabajo en Céltica de Cobros, una firma que persigue a deudores. Pugilato y otros empleados han recibido varias denuncias y condenas por coacciones, amenazas y agresiones sobre los deudores. La compañía tuvo como apoderado a Eduardo Núñez, número seis en las listas de Falange en las elecciones de Valladolid en 2023.

A todos los que navegamos por Internet nos resultan familiares los captchas. Son pequeñas pruebas para demostrar que somos una persona y no un bot. Pueden ser varias imágenes en las que tenemos que pinchar, por ejemplo, en las que aparece un autobús o un tractor; a veces es una pieza de un puzle que hay que colocar en su hueco; otras sencillamente nos piden marcar una casilla que pone “No soy un robot”.
Si el año pasado las llamas se desbocaron en agosto arrasando el noroeste de la Península, coincidiendo con una extensa e intensa ola de calor, este verano los problemas han llegado antes a España, el país europeo con más superficie dañada en estos momentos. Tras un junio que ya fue complicado, en julio se ha disparado el área alcanzada por el fuego hasta un acumulado anual de 119.458 hectáreas. Son los datos provisionales que ofrecía este martes el servicio de vigilancia europeo Copernicus, que emplea su red de satélites para estimar el perímetro y superficie de los fuegos. Pero lo que más destaca es que dos tercios —79.000 hectáreas— de ese total han ardido solo en los 20 primeros días de julio.
El pobre Gennaro Majello no podía más. El napolitano solo quería dar de comer y ganarse su propio pan. Pero había tenido que mantener su tienda cerrada durante muchos meses. ”No podía abrir por miedo a que los franceses fueran a cenar y no pagaran”, escribió en 1799 en una súplica al rey Fernando IV. A falta de clientes, solo acumulaba deudas y temía pasar de los fogones a la cárcel. Así que buscó ayuda ante el maltrato de los soldados extranjeros. Más de dos siglos después, el episodio aún despierta cierta compasión. Pero contiene, con perdón de Majello, otro interés mucho mayor: supone la primera mención de una pizzería que el historiador Luca Cesari ha encontrado. Su Historia de la pizza (Altamarea) encierra muchas más sorpresas, como las paupérrimas recetas originales o el rol decisivo de EE UU en su triunfo. Resulta que el plato quizás más icónico del mundo cocinó su éxito a fuego muy lento. Y no se infló hasta mediados del siglo pasado.

