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Esta semana se han cumplido 25 años de una de las páginas más negras de la historia reciente italiana: la cumbre del G-8 de Génova entre el 19 y el 22 de julio de 2001. Mencionarla evoca de inmediato imágenes y hechos dramáticos. El primero, la muerte de Carlo Giuliani, de 23 años, aquel 20 de julio, por el disparo de un agente de los Carabinieri en medio de graves incidentes. También la brutal irrupción de la policía la noche del 21 en la escuela Díaz, donde pernoctaban grupos de manifestantes, y que además era el centro de prensa del Genoa Social Forum. Al menos 82 personas resultaron heridas, a golpes y porrazos. Escenas de “carnicería mexicana” o de “una matanza de atunes”, tal como dijo en el juicio uno de los agentes.
El mensaje no es una película sobre extraños poderes sobrenaturales, pero podría serlo. Tampoco es una historia sobre una familia horrible, aunque lo parezca. Su director, el argentino Iván Fund, nos conduce por una misteriosa ruta de carreteras secundarias en las que esta road movie secreta y en blanco y negro huye de certezas y mapas, dejando que sea su inquietante sutileza la que se apodere de su imágenes.
Dirección: Iván Fund.
Intérpretes: Anika Bootz, Mara Bestelli, Marcelo Subiotto, Betania Cappato.
Género: drama. Argentina, 2025.
Duración: 91 minutos.
Estreno: 24 de julio.
A lo largo de los años ochenta y sobre todo en la primera mitad de los noventa, con las crecientes dificultades de financiación del cine, se puso de moda una práctica que, en general y salvo honrosas excepciones, fue letal tanto para el arte como para las finanzas: los llamados europuddings. Coproducciones entre varios países y empresas, protagonizadas por intérpretes de distintas nacionalidades, con la suma (si ello era posible) de alguna estrella americana de relumbrón que nunca pasaba por su mejor momento, y redondeada por técnicos y artistas cada uno de su padre y de su madre en los apartados colaterales. La consecuencia principal es que la película perdía la identidad y la personalidad que hubiera podido tener si el trabajo se hubiera centrado en esencias, estilos y roles del país que comandaba el asunto. Y tampoco fueron éxitos.
Dirección: Miguel Ángel Jiménez.
Intérpretes: Willem Dafoe, Victoria Carmen Sonne, Joe Cole, Emma Suárez.
Género: drama. Grecia, 2025.
Duración: 103 minutos.
Estreno: 24 de julio.
Si hace apenas una década y media nos hubieran dicho que se daría voz en ciertos medios de comunicación a los terraplanistas, que un puñado de personajes públicos con tirón denunciaría que las estelas de los aviones son en realidad planes de modificación del clima por medio de agentes químicos, o que las vacunas contienen microchips de rastreo, no nos lo hubiéramos creído. En un mundo delirante, las convicciones lo son aún más, y cuando la falta de pruebas es una prueba es que estamos en proceso de derribo. Sin embargo, nos llegó una pandemia impensable y las teorías, procedentes del miedo, casi como cualquier fanatismo, empezaron a campar a sus anchas, multiplicadas además por un mundo hiperconectado de gente solitaria, valga la paradoja.
Dirección: Roger Gual.
Intérpretes: Jose Coronado, Stéphanie Magnin, Alberto Olmo, Mabel del Pozo.
Género: intriga. España, 2026.
Plataforma: Netflix.
Duración: 100 minutos.
Estreno: 24 de julio.
El cine popular francés sabe jugar a algo parecido a lo del cine popular estadounidense medio de hace no tanto, y esta película sobre la historia real de los agentes de jugadores de baloncesto, Bouna Ndiaye y Jérémy Medjana, es un ejemplo. De título inequívoco, El sueño americano se detiene en la trastienda de un deporte millonario para hablar de la amistad entre dos donnadies unidos por una pasión común y una empresa en concurso de acreedores.
Dirección: Anthony Marciano.
Intérpretes: Jean-Pascal Zadi, Raphaël Quenard, Etienne Guillou-Kervern, Dave Campbell.
Género: drama. Francia, 2025.
Duración: 122 minutos.
Estreno: 24 de julio.
Recuerdo muy vivamente la lectura de la Historia de la literatura española que Ángel del Río había publicado en 1948 en Nueva York, en cuya Universidad de Columbia profesaba y donde estaba exiliado. Se reeditó en 1982, como otro signo más aparente que real de la superación del ostracismo de la diáspora intelectual republicana. A este historiador que había sido alumno de Machado en Soria, estudió en Estrasburgo, vivió en México y Puerto Rico y se instaló en Nueva York para convertirse en una figura central del gran hispanismo norteamericano, le ha dedicado Enrique Andrés Ruiz, con primor estilístico y exquisita sensibilidad, esta novela diseñada como un archipiélago de momentos y gentes dignas de memoria.


Tal vez el recuerdo más poderoso de la 80ª edición del Festival de Aviñón sea uno de los primeros. En el imponente escenario de piedra medieval del Palacio de los Papas, que convirtió a la ciudad en sede del mundo cristiano durante el siglo XIV, los intérpretes de Maldoror cambiaban de edad, nacionalidad e idioma con una naturalidad pasmosa, perseguidos por cámaras que ampliaban sus rostros en pantallas gigantes hasta revelar el menor temblor. “El español no termina de cuajar, pero lo conseguiremos”, bromeaba Julien Gosselin, el director que inauguró el certamen hace dos semanas, sobre un reparto capaz de pasar del francés al inglés, el alemán, el italiano, el portugués brasileño y también el castellano.



Puede que usted, que no es intolerante a la lactosa, alérgico ni, Dios lo libre, tiquismiquis digestivo, tome su café con leche de avena. O que sin militar usted en ninguna corriente vegana ni tener sus preferencias plant based muy definidas conteste “avena” cuando el barista, mirándole de frente, le pregunte cómo acompañará ese café de origen etíope, redondo y elegante, que le costará unos seis euros. Podría usted decir almendra, soja o, incluso, leche entera (de vaca), pero es muy probable que acabe diciendo avena. Porque es lo primero que le viene a la cabeza, porque suena mejor y porque confiere cierta superioridad moral y estética: pertenece usted a un movimiento, aunque todavía no haya sido informado al respecto.
Es normal sentir cierta extrañeza los primeros días en la India, un país en el que el caos es más caótico, el calor más pesado y la belleza más delicada. Hay tantos estímulos que impactan al visitante, que al cerrar los ojos parece que ninguno de ellos haya sido real. Cuando al fotógrafo noruego Sølve Sundsbø le ofrecieron viajar hasta el país para firmar el calendario Pirelli 2027 (también conocido como The Cal), pensó que no sería capaz de hacerlo: “India es probablemente el país más complejo que se me ocurre”. Lo confiesa durante un encuentro con la prensa invitada por Pirelli al shooting del almanaque, justo antes de la sesión de fotos con la modelo india Bhavitha Mandava en Jaigarh Fort, una imponente fortaleza roja en Rajastán, a diez kilómetros de la ciudad de Jaipur.