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Padre de familia se estrenó el siglo pasado. Era enero de 1999, el mismo año que empezaron Los Soprano, 7 vidas o Digimon. Pero, a diferencia del resto y como también sigue haciéndolo Mariska Hargitay en Ley y orden: Unidad de víctimas especiales, los Griffin han seguido apareciendo casi ininterrumpidamente en los televisores de todo el mundo desde entonces. La serie no solo ha sobrevivido a una cancelación, sino que ha superado cualquier mal de la televisión tradicional y ha triunfado y crecido en la era de las plataformas.

Las comidas solían tener una estructura argumental, como una historia en tres actos que se desarrollaba sobre el mantel. Primero, segundo y postre. La dieta mediterránea se erigió sobre esta premisa; la gastronomía ganó en variedad con esta separación. Empezó como una moda, pero fue adquiriendo con los siglos el peso de la costumbre, hasta codificarse en el legado cultural. Sus orígenes se remontan a la España del siglo IX, pero después de más de un milenio como paradigma gastronómico, algo se empezó a quebrar en los últimos años. El menú de tres platos está muriendo. Los motivos son evidentes e irrevocables.
La Tertulia abrió sus puertas en Granada el 19 de abril de 1980. Nació como un bar —de copas, no de comida; el clásico pub de hace años—, pero sobre todo, como un espacio cultural. Un proyecto que venía soñado desde Suecia, donde su propietario, Horacio Tato Rébora, vivió un tiempo. Tato había llegado a Madrid desde Argentina huyendo de la dictadura del país americano en 1976. Estuvo unos meses, viajó por España, y se fue a Suecia, de donde volvió un par de años después. El éxito cultural fue inmediato y sigue hasta hoy; el negocio, el de la cervezas y licores de más rango, aguantó unas décadas, dando al empresario lo comido por lo servido pero en los últimos años ya no alcanza ni eso. Por ello, el 30 de mayo, La Tertulia, el lugar donde ha bebido y reído toda la intelectualidad que ha pisado la ciudad, echará la persiana 46 años después de aquel 19 de abril del 80.





La portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid, Isabel Pérez Moñino, se quejó el pasado 19 de febrero en la cámara regional de que “jóvenes como Fran y Bea, jóvenes españoles, nacidos en Madrid, de padres españoles que trabajan y pagan impuestos para sostener Madrid” no vean nunca sus nombres en la lista de beneficiarios de vivienda pública. “Les voy a leer los nombres de algunas personas que sí se han llevado una vivienda pública en un municipio hace muy poquito en Madrid”, anunció. Y empezó a leer: “Kamal, Michael Dan, Peter Favio, Andrea Olguta, Monsef, Danitza, Hicham, Jasminka, Intisar, Nelson Moise, Walter, Hafida”. “Estas personas no tienen la culpa”, agregó, “de estar pasando por delante de Fran y Bea y de tantos españoles a la hora de acceder a una vivienda pública. Por cierto, también pasan por delante en las listas de espera en sanidad, en la guardería, en las ayudas directas a la maternidad o al alquiler. Los culpables son ustedes que promueven que Fran y Bea sean discriminados en su propio país para beneficiar a los que acaban de llegar”.
Convertirse en propietario de una vivienda ha pasado a ser hoy un sueño inalcanzable para una parte significativa de la sociedad. No era así hace tanto. De hecho, la todavía legítima aspiración de muchos ciudadanos de comprarse una casa emana de una tradición propietaria que ha distinguido a la sociedad española de la de otros países del entorno, más propensas al alquiler. Los datos sirven para detallar con precisión esta aspiración ahora insatisfecha: entre 2008 y 2022, 14 años, los hogares que residen en una vivienda de su propiedad han caído más de diez puntos, hasta representar el 63,9% del total; lo que ha provocado, a su vez, que aquellos atados a un alquiler se hayan elevado hasta el 19,2% en este tiempo. Sin embargo, esta deslocalización de la propiedad no ha afectado a los propietarios que poseen también viviendas que alquilan a otros: han pasado de representar el 3,4% al 9,8% del total.

Falta de personal, caídas recurrentes, temperaturas en las habitaciones de más de 34 grados durante las olas de calor, residentes abandonados en las Urgencias del hospital, fallos en la supervisión de la alimentación, pocas actividades terapéuticas para los usuarios más dependientes: las quejas en la residencia de mayores Arabarren, de Vitoria, se acumulan desde su apertura hace tres años. “No se les da una atención digna”, se lee en un documento que han elaborado 18 familias de usuarios del centro tras un encuentro para denunciar su situación.

Las dos primeras potencias del planeta planean la conquista del lugar más hostil donde hayan estado los humanos. Es el polo sur de la Luna, una zona inexplorada en cuyos cráteres reina la noche perpetua y la temperatura cae a 200 grados bajo cero. Afuera, en las zonas iluminadas por un sol que apenas se levanta del horizonte, el termómetro puede superar los 50 grados. Para poder vivir en un sitio así, hace falta energía nuclear, y Estados Unidos quiere ser el primero en llevarla al satélite, antes que China, su máximo rival.


Cada temporada es una nueva página en la gran enciclopedia del baloncesto europeo. Cada curso deja vencedores y vencidos. Equipos que superan las expectativas y otros que no las cumplen. Héroes inesperados, estrellas que deslumbran, un viaje por todo el continente con destino a la cumbre. La gran competición europea en el mundo de la canasta, la Euroliga, es cada año un apasionante y largo camino que desemboca en la gloria para los elegidos. Y que permite coleccionar un puñado de grandes historias que, contadas por quienes fueron sus protagonistas y las vivieron en primera persona, son una pequeña joya. Eso es Historias inolvidables de 25 Euroligas (La esfera de los libros), la obra en la que Sergio Vegas y Natxo Mendaza dan forma a una idea que sobrevoló durante un programa de radio y que plasman después de un cuidadoso trabajo de entrevistas a algunos de los mejores actores de esta película.
El juicio al que había acudido, recuerdan algunos, no debió terminar bien. Se encaró con el juez. O el juez con él, quién sabe. Soy amigo de los jugadores del Barça, le soltó al magistrado. Pero nada. O más bien, peor. Su señoría decretó su ingreso involuntario en un psiquiátrico por un supuesto cuadro psicótico. “A Sant Boi”, proclamaron en la sala, refiriéndose a la legendaria institución para acoger, fundamentalmente, a la mitad de locos de Catalunya. Pero ni Cristóbal estaba loco, ni el juez se había enterado de nada.

Santiago Díaz (Madrid, 55 años) no escribiría si no se divirtiera e hiciera que los demás disfrutaran con sus novelas. Cuesta imaginar a qué se dedicaría entonces porque, asegura, no vale para otra cosa: “Me pides que te cuelgue un cuadro y se te cae la pared. Para lo demás soy un inútil”, cuenta a EL PAÍS un martes de finales de abril en un céntrico hotel de Madrid. Su última novela, El amo (Alfaguara), lleva unas semanas en el mercado, colocada, como las anteriores, entre los primeros puestos de lo más vendido. Díaz no se esconde: “Si consigues hacer un poco de mejor literatura o dejar una huella, genial, pero mi finalidad, mi ambición y mi objetivo es que la gente se lo pase bien. Busco momentos espectaculares y giros inesperados”.
