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Falta de personal, caídas recurrentes, temperaturas en las habitaciones de más de 34 grados durante las olas de calor, residentes abandonados en las Urgencias del hospital, fallos en la supervisión de la alimentación, pocas actividades terapéuticas para los usuarios más dependientes: las quejas en la residencia de mayores Arabarren, de Vitoria, se acumulan desde su apertura hace tres años. “No se les da una atención digna”, se lee en un documento que han elaborado 18 familias de usuarios del centro tras un encuentro para denunciar su situación.

Las dos primeras potencias del planeta planean la conquista del lugar más hostil donde hayan estado los humanos. Es el polo sur de la Luna, una zona inexplorada en cuyos cráteres reina la noche perpetua y la temperatura cae a 200 grados bajo cero. Afuera, en las zonas iluminadas por un sol que apenas se levanta del horizonte, el termómetro puede superar los 50 grados. Para poder vivir en un sitio así, hace falta energía nuclear, y Estados Unidos quiere ser el primero en llevarla al satélite, antes que China, su máximo rival.


Cada temporada es una nueva página en la gran enciclopedia del baloncesto europeo. Cada curso deja vencedores y vencidos. Equipos que superan las expectativas y otros que no las cumplen. Héroes inesperados, estrellas que deslumbran, un viaje por todo el continente con destino a la cumbre. La gran competición europea en el mundo de la canasta, la Euroliga, es cada año un apasionante y largo camino que desemboca en la gloria para los elegidos. Y que permite coleccionar un puñado de grandes historias que, contadas por quienes fueron sus protagonistas y las vivieron en primera persona, son una pequeña joya. Eso es Historias inolvidables de 25 Euroligas (La esfera de los libros), la obra en la que Sergio Vegas y Natxo Mendaza dan forma a una idea que sobrevoló durante un programa de radio y que plasman después de un cuidadoso trabajo de entrevistas a algunos de los mejores actores de esta película.
El juicio al que había acudido, recuerdan algunos, no debió terminar bien. Se encaró con el juez. O el juez con él, quién sabe. Soy amigo de los jugadores del Barça, le soltó al magistrado. Pero nada. O más bien, peor. Su señoría decretó su ingreso involuntario en un psiquiátrico por un supuesto cuadro psicótico. “A Sant Boi”, proclamaron en la sala, refiriéndose a la legendaria institución para acoger, fundamentalmente, a la mitad de locos de Catalunya. Pero ni Cristóbal estaba loco, ni el juez se había enterado de nada.

Santiago Díaz (Madrid, 55 años) no escribiría si no se divirtiera e hiciera que los demás disfrutaran con sus novelas. Cuesta imaginar a qué se dedicaría entonces porque, asegura, no vale para otra cosa: “Me pides que te cuelgue un cuadro y se te cae la pared. Para lo demás soy un inútil”, cuenta a EL PAÍS un martes de finales de abril en un céntrico hotel de Madrid. Su última novela, El amo (Alfaguara), lleva unas semanas en el mercado, colocada, como las anteriores, entre los primeros puestos de lo más vendido. Díaz no se esconde: “Si consigues hacer un poco de mejor literatura o dejar una huella, genial, pero mi finalidad, mi ambición y mi objetivo es que la gente se lo pase bien. Busco momentos espectaculares y giros inesperados”.

El parlache, según la Real Academia Española de la Lengua (RAE), es la jerga surgida en los sectores marginados de Medellín. Su aceptación, hace 25 años, ejemplificó la apertura a una visión panhispánica del idioma y fue posible gracias al trabajo de campo liderado por los lingüistas Luz Stella Castañeda (Medellín, 77 años) y José Ignacio Henao (Pensilvania, Caldas, 81). Esta pareja, en la vida y en lo académico, compiló el primer diccionario de ese dialecto social en 2006, un material al que incluso recurre la policía en su lucha contra el crimen. Ya jubilados, les sigue sorprendiendo el impacto que tiene en el habla coloquial colombiana. Varias series o el reguetón, aseguran, lo han legitimado y difunden a nivel global.
Juan Antonio Carbajo y Francis Pachá
Javier A. Fernández
Adolfo Domenech
Juan Mayordomo
Enrique Oñate, Alberto Gamero, Diego Martínez
No debe ser fácil ser Britney Spears. Nunca ha debido serlo. Siempre hay una sonrisa en su cara, siempre parece tener ganas de bailar, siempre prevalece la dulzura, la impostada inocencia que la coronó en la música y en el universo pop hace más de 25 años. Pero ya no hay engaño. Se entrevé, al fondo, el dolor. Lejos de cerrarse, las grietas de la artista, de 44 años, son cada vez más visibles, por mucho que se esfuerce en sonreír y negar. Las dos últimas han sido evidentes, y con apenas unas semanas de diferencia. A principios de marzo, fue detenida por conducir con más alcohol en su organismo del permitido cerca de su casa de California. Apenas un mes después, la princesa del pop, ganadora del Grammy, con 150 millones de discos vendidos, ingresaba en una clínica de rehabilitación. Por su propio pie. Y sin decir una sola palabra. Las señales del dolor eran evidentes.
Un día cualquiera en Londres a mediados de los noventa. George Michael (1963-2016) acude a un restaurante en compañía de la maquilladora Sali Hughes, hoy escritora y columnista de belleza en el diario The Guardian. Michael y Hughes tienen una breve conversación con la camarera que atiende su mesa, una joven que, según les explica, está haciendo horas extras para costearse los estudios de enfermería.
¿Os acordáis de ese cuento de Andersen? Un emperador pasea desnudo por las calles y todo el mundo aplaude su traje invisible porque nadie quiere ser el único que no lo ve. El miedo a parecer tonto es más fuerte que la evidencia delante de los ojos. El miedo a ser el primero, a las represalias… pero todo el mundo es consciente de que en realidad el emperador vive en la locura.