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La conflictividad ha aumentado en los centros educativos, al menos en parte de ellos, tanto en Cataluña, donde la Generalitat ha puesto en marcha un polémico plan piloto para desplegar de forma permanente agentes de los Mossos d’Esquadra en 13 institutos de secundaria especialmente conflictivos, como en el conjunto de España. “Los problemas han aumentado, no tiene sentido engañarse. ¿Por qué? Porque cada vez hay más pobreza. Tenemos alumnado que arrastra situaciones muy complicadas y que a veces explota en los centros. Los institutos son un reflejo de lo que es la sociedad, y hay barrios con mucha presión social”, afirma el exdirector de un centro de alta complejidad catalán, que pide que no se publique su nombre por el puesto que ocupa ahora.
A Sabastian Sawe, ya ungido en leyenda, no le quedó energía para hacer una celebración acorde a su proeza. El keniano acababa de convertirse este domingo en Londres en el primer ser humano en correr un maratón en menos de dos horas (1h 59m 30s) y su rostro no expresaba nada. Como si Neil Armstrong se hubiera quedado mudo cuando pisó la Luna aquel verano del 69. El nuevo plusmarquista, de 31 años, solo doblaba su cuerpo para intentar aliviar el dolor. Once segundos después cruzó la meta Yomif Kejelcha, que lograba el sueño de todo maratoniano, romper esa barrera mítica, y lo hacía el día de su debut. El etíope, en su derrota más triunfal, se tambaleaba como un juguete roto. La historia había saltado por los aires después de una carrera memorable, una de las mejores de todos los tiempos, en la que incluso el tercer clasificado, Jacob Kiplimo (2h 28s), terminó por debajo del anterior récord del mundo de maratón, que estaba en poder del difunto Kelvin Kiptum, desde 2023 en Chicago, con un tiempo de dos horas y 35 segundos.
El president Salvador Illa ha anunciado este domingo en el Món Sant Benet, donde ha reunido este fin de semana a su Govern, un plan de choque para aligerar las ayudas a la dependencia con un importe de 25 millones de euros. El Ejecutivo aprobará este martes un decreto-ley que comportará de entrada la contratación de 200 profesionales del sector. “Hay 128.000 personas que esperan la ayuda y no queremos que lo hagan más. Abrimos una via rapida para desbloquear ese tapón”, ha afirmado Illa. El Ejecutivo aplicará dos medidas inmediatas este junio: 18.000 personas verán confirmada de forma inmediada el grado III de dependencia con su correspondiente asignación -una asignación puente de un mínimo de 200 euros- y se resolverá vía exprés los expedientes de otras 65.000 que ejecerán de cuidadores.
Las muestras de que Brasil es un país brutalmente desigual son cotidianas. Esta misma semana quedó cruelmente expuesto. Mientras el porcentaje de familias brasileñas endeudadas bate un nuevo récord (el 80%) y entra con fuerza en el debate electoral, la reacción de una juez ante el temor de perder los extravagantes privilegios de la elite funcionarial ha causado estupefacción. Y escándalo. “Pronto no vamos a poder ni pagar las facturas”, se desahogó la magistrada durante una vista. Eva do Amaral Coelho, que es blanca, fue incluso más allá: “En breve, los jueces estaremos como esos funcionarios que trabajan en régimen de esclavitud”. La señora Coelho cobró en el mes pasado 91.211 reales entre salario y pluses (unos 18.000 dólares). Sus compatriotas lo saben gracias a las leyes de transparencia brasileñas.

Hay dos ojos que han condicionado la vida de los venezolanos durante más de dos décadas. Unos ojos simbólicos, que estuvieron en las fachadas, en las camisetas, en las escaleras de la ciudad. Eran los ojos de Hugo Chávez: una mirada diseñada para sugerir autoridad, vigilancia, omnipresencia. Una mirada que, incluso después de su muerte en 2013, seguía allí, como si el poder no necesitara ya cuerpo, solo presencia. Hoy esos ojos apenas se perciben en las calles de Caracas, la capital de Venezuela. Su rastro se ha ido borrando en las fachadas como se diluyó el aura que envolvió al chavismo. Ahora parece que hay otros ojos. Otra mirada que no está pintada en muros, pero que atraviesa decisiones, expectativas, miedos. Una presencia no física, pero igual de implacable: la de Donald Trump. El país que fue observado desde dentro ahora se siente observado desde fuera. Y en ese cruce de miradas, Venezuela sigue viviendo como siempre: mientras tanto.


Los carteles se amontonan uno encima del otro en los tablones que hay alrededor de la Plaça Major de Badia del Vallès (Barcelona, 13.000 habitantes). Los hay del No a la guerra, de citas célebres de autores literarios e incluso denuncias sociales. Pero los vecinos comentan uno que llama a la población a acudir el sábado delante del Ayuntamiento para participar en el rodaje de una película sobre el municipio. “¡Huy si hay para contar!“, dice Carmen. Solo el nacimiento de Badia ya es peculiar. El municipio fue proyectado en la década de 1960 en el Instituto de la Vivienda franquista como una zona exclusivamente de vivienda de protección oficial (VPO) que debía para solventar la crisis habitacional que sufría el área de Barcelona. La localidad, a unos 12 kilómetros de la capital catalana, acaba de festejar que hace medio siglo llegaron sus primeros vecinos. Esos 50 años, sin embargo, debían suponer otro hito. Badia debía haber dejado atrás el pasado 6 de febrero de 2026 su pasado de polígono de VPO al liberar las últimas 1.216 viviendas protegidas que quedaban tras un proceso de descalificación que arrancó en 2023. Pero un mes antes, la Generalitat decidió que esos pisos iban a seguir siendo protegidos —y, por tanto, sin posibilidad de venderse a precio de mercado— al hallarse en zona una tensionada por la crisis de la vivienda, lo cual ha puesto a los vecinos en pie de guerra.