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El primer Barbazul de la historia no tenía la barba azul, sino la sangre. El mariscal Gilles de Rais luchó junto a Juana de Arco en la liberación de Orleans, pero murió sin honores en la horca acusado de violar, torturar y asesinar a decenas de niños en su castillo de Champtocé. Dos siglos y medio después, Charles Perrault adaptó las atrocidades del aristócrata francés en sus Cuentos de antaño, de los que se sirvió más tarde Maurice Maeterlinck para escribir el drama que daría origen a la ópera Ariadna y Barbazul, de Paul Dukas.
La noticia llegaba como una bomba el pasado día 21: Ubisoft cancelaba varios videojuegos en desarrollo y se precipitaba en Bolsa. ¿La razón? Una reestructuración profunda de la compañía por los recurrentes problemas de gestión, retrasos continuos y a la necesidad de reducir costes tras varios años de resultados financieros negativos. La noticia ha generado un fuerte malestar en la comunidad de jugadores y ha evidenciado la crisis interna que atraviesa la empresa, pero viene de un problema difícil de ignorar: al gigante francés no le salen las cuentas, y de una valoración bursátil de 11.000 millones de euros en 2018 ha pasado a apenas 606 millones hoy. Además, proyecta pérdidas de 1.000 millones de euros para 2026. ¿Qué hacer entonces?
Muchos se llevaron las manos a la cabeza cuando Donald Trump anunció que Estados Unidos cerraría sus puertas a personas migrantes con obesidad. Tras la lectura de Grasa (editado en noviembre en España por Plasson e Bartleboom), del historiador estadounidense Christopher E. Forth, quizás no sorprenda tanto. Ya en el siglo XVI, “el filósofo Nicolò Vito di Gozze propuso que las ciudades deberían cerrar sus puertas a las personas gordas y monitorizar con detalle los cuerpos de las personas jóvenes, argumentando que no había que escatimar esfuerzos para promover hábitos saludables”. Para ello, incluso proponía un tiempo para dejar de amamantar a los bebés, no fueran a ser demasiado rollizos (18 meses para las niñas, dos años para los niños) y declaraba, inspirándose en la mítica Esparta, que si para los 14 años esos jóvenes no estaban delgados, había que deportarlos.

Un dato inesperado de la filósofa Seyla Benhabib (Estambul, 1950), galardonada en diciembre con el prestigioso premio alemán Hannah Arendt de pensamiento político: forma parte de la diáspora zamorana. Como explica en el libro Dignity in Adversity (dignidad en la adversidad, sin publicar al español), su “ancestro más antiguo conocido” se llamaba Jacob Ibn Habib, rabino de Zamora durante la segunda mitad del siglo XV. Ibn Habib nació y vivió en esta ciudad castellana hasta que el edicto de expulsión de los judíos de 1492 lo obligó a exiliarse, primero a Portugal y después a Salónica, donde pudo establecerse y llevar a cabo su reconocida obra de recopilación talmúdica Ein Yaakov. Siglos más tarde, los descendientes de Ibn Habib se vieron obligados a exiliarse nuevamente. Esta vez, cuenta Benhabib, encontraron refugio, “como miles en aquel periodo,” en el Imperio Otomano.
En el restaurante de la Hospedería Real (Carretera Factoría, Las Mestas) es un día de semana tranquilo. Es temporada baja y apenas hay turistas. Anastasio Marcos, El Tío Picho para los vecinos, es uno de los grandes productores de miel de la zona y todo un personaje local. Ataviado con un jersey de lana de pico y su mítico sombrero de ala, comenta con otros dos oriundos un atropello en Sevilla; sin saber cómo, la conversación deriva hacia la eutanasia y, a partir de ahí, enlazan un sinfín de temas rocambolescos.
Sarah Nyirongo estaba sola de guardia a las dos de la madrugada en una clínica de Lusaka cuando una mujer llegó con contracciones, a punto de dar a luz. El bebé venía atravesado en el útero. “Llamé a una ambulancia porque necesitaba ir a un hospital para que le practicaran una cesárea, pero no aparecía por ninguna parte, así que tuve que hacer una versión cefálica externa para intentar girarlo… y lo saqué”, relata Nyirongo, presidenta de la Asociación de Matronas de Zambia, en una entrevista por videollamada con este diario.

En enero de 2026 todo el que cree ser alguien en Madrid está en una lista de espera para ser admitido en un club privado. El proceso de ser examinado para superar (o no) una criba más o menos clasista ha ganado atractivo en una ciudad que se ha llenado de expatriados y exiliados de alta gama a quienes les sobra el dinero pero les faltan contactos locales.
El autorretrato constituye, en la historia de la pintura, una práctica fascinante: el pintor se utiliza a sí mismo como modelo y se observa atentamente. ¿Con qué objeto? Imposible dar una respuesta sencilla a este recurso que puede cumplir funciones de lo más variadas. Desde el deseo de fijar un hic et nunc, un aquí y ahora del artista en plena potencia de sus facultades (un bellísimo Durero en torno a los 28 años) hasta la obsesión de Rembrandt por reparar en su rostro las sacudidas del tiempo a lo largo de su vida. O bien pensemos en Frida Kahlo presentando las heridas del cuerpo como baluarte de un sufrimiento escondido que se desea hacer público. O bien mostrar el propio rostro como un muñón del ser irreconocible, como hizo Francis Bacon. Sin olvidarnos del autorretrato como entrenamiento, como ejercicio de taller que permite el libre aprendizaje del cuerpo humano

Siempre ha funcionado el síndrome del espejo. La búsqueda de modelos en los que inspirarse es una constante en el catalanismo. Es larga la lista de modelos, mimetizados con resultados desiguales. Al final, todos se remiten a uno solo, de improbable encaje en nuestro caso, como es la implosión de un imperio, normalmente como resultado de una guerra, caliente como las dos grandes guerras europeas, o fría, como la que terminó con la desaparición de la Unión Soviética.
Hay una frase que el imaginario colectivo ha adjudicado a una de las figuras más importantes de la historia de Francia, Napoléon Bonaparte, que ha servido de premonición del mundo del automóvil actual: “China es un gigante dormido. Dejadlo dormir, porque cuando despierte, el mundo se sacudirá”. Hace décadas, cuando dormía, China brindó a las marcas de coches europeas, sobre todo alemanas, un territorio virgen en el que expandirse con rapidez ante la falta de competencia. Ganaron dinero a espuertas, pero el Estado chino puso una condición que con el paso del tiempo fue la semilla de la que germinó el cambio de tornas actual: todo aquel que quisiera vender coches en China, tenía que fabricarlos allí de la mano de un socio local.