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Las muestras de que Brasil es un país brutalmente desigual son cotidianas. Esta misma semana quedó cruelmente expuesto. Mientras el porcentaje de familias brasileñas endeudadas bate un nuevo récord (el 80%) y entra con fuerza en el debate electoral, la reacción de una juez ante el temor de perder los extravagantes privilegios de la elite funcionarial ha causado estupefacción. Y escándalo. “Pronto no vamos a poder ni pagar las facturas”, se desahogó la magistrada durante una vista. Eva do Amaral Coelho, que es blanca, fue incluso más allá: “En breve, los jueces estaremos como esos funcionarios que trabajan en régimen de esclavitud”. La señora Coelho cobró en el mes pasado 91.211 reales entre salario y pluses (unos 18.000 dólares). Sus compatriotas lo saben gracias a las leyes de transparencia brasileñas.

Hay dos ojos que han condicionado la vida de los venezolanos durante más de dos décadas. Unos ojos simbólicos, que estuvieron en las fachadas, en las camisetas, en las escaleras de la ciudad. Eran los ojos de Hugo Chávez: una mirada diseñada para sugerir autoridad, vigilancia, omnipresencia. Una mirada que, incluso después de su muerte en 2013, seguía allí, como si el poder no necesitara ya cuerpo, solo presencia. Hoy esos ojos apenas se perciben en las calles de Caracas, la capital de Venezuela. Su rastro se ha ido borrando en las fachadas como se diluyó el aura que envolvió al chavismo. Ahora parece que hay otros ojos. Otra mirada que no está pintada en muros, pero que atraviesa decisiones, expectativas, miedos. Una presencia no física, pero igual de implacable: la de Donald Trump. El país que fue observado desde dentro ahora se siente observado desde fuera. Y en ese cruce de miradas, Venezuela sigue viviendo como siempre: mientras tanto.


Los carteles se amontonan uno encima del otro en los tablones que hay alrededor de la Plaça Major de Badia del Vallès (Barcelona, 13.000 habitantes). Los hay del No a la guerra, de citas célebres de autores literarios e incluso denuncias sociales. Pero los vecinos comentan uno que llama a la población a acudir el sábado delante del Ayuntamiento para participar en el rodaje de una película sobre el municipio. “¡Huy si hay para contar!“, dice Carmen. Solo el nacimiento de Badia ya es peculiar. El municipio fue proyectado en la década de 1960 en el Instituto de la Vivienda franquista como una zona exclusivamente de vivienda de protección oficial (VPO) que debía para solventar la crisis habitacional que sufría el área de Barcelona. La localidad, a unos 12 kilómetros de la capital catalana, acaba de festejar que hace medio siglo llegaron sus primeros vecinos. Esos 50 años, sin embargo, debían suponer otro hito. Badia debía haber dejado atrás el pasado 6 de febrero de 2026 su pasado de polígono de VPO al liberar las últimas 1.216 viviendas protegidas que quedaban tras un proceso de descalificación que arrancó en 2023. Pero un mes antes, la Generalitat decidió que esos pisos iban a seguir siendo protegidos —y, por tanto, sin posibilidad de venderse a precio de mercado— al hallarse en zona una tensionada por la crisis de la vivienda, lo cual ha puesto a los vecinos en pie de guerra.
Se hace de noche en Long Beach, la playa que bordea Georgetown, la capital de Isla de Ascensión. En la orilla, algo se mueve. Una masa oscura y enorme emerge del oleaje con una lentitud que parece deliberada. Es una hembra de tortuga verde (Chelonia mydas), que puede llegar a medir 1,3 metros y pesar más de 150 kilos de peso, y que acaba de cruzar 2.300 kilómetros de océano abierto desde las costas de Brasil. Ha tardado seis semanas. En el camino no ha comido nada. Está volviendo a la misma playa en la que nació. Y ahora tiene un trabajo que hacer.

La economía española afronta las consecuencias del conflicto en Oriente Próximo en una situación más ventajosa de la que prevalece en otros países de su entorno. La inercia del ciclo expansivo, junto con la menor dependencia de los hidrocarburos, y un plus inesperado de turismo, garantizan un crecimiento del PIB relativamente vigoroso. Pero el propio dinamismo de la economía hace que el riesgo de inflación sea también mayor, y que el mix de políticas no deba coincidir con el que sería aconsejable en las otras grandes economías europeas.
El encarecimiento de las materias primas en los mercados internacionales empieza a trasladarse a la industria española. El índice de precios industriales elaborado por el INE se incrementó en marzo un 6,5%, quebrando la senda de estabilidad (en los doce meses anteriores, el indicador registró incluso un leve descenso, del 0,6%, en términos medios mensuales). Destaca la subida de los derivados de la energía y, en menor medida, de los metales basados en aluminio y de algunos productos químicos, afectados por la rarefacción del plástico y la escasez de hidrocarburos.
La frustración del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada a la reunión con el resto de líderes de la cumbre de Chipre este viernes era evidente. Tres días antes había comprobado que la propuesta conjunta de España, Irlanda y Eslovenia de suspender el Acuerdo de Asociación con Israel por violar el derecho internacional volvía a encallar en el Consejo de la UE de Asuntos Exteriores. La situación se repetía la noche anterior, el jueves: “Desgraciadamente, hay Gobiernos que están a favor, otros Gobiernos que están en contra. No hay unidad al respecto”. Es decir, no hay mayoría suficiente, venía a decir el mandatario español, sobre uno de los elementos más divisivos en el seno de la UE: las relaciones con Israel y cómo actuar frente a la ocupación del sur del Líbano desde hace semanas, la norma que permite condenar a muerte por defecto a los palestinos sentenciados por terrorismo o las decenas de miles de muertos en Gaza en los últimos tres años.
El ejército israelí ha ensayado varios nombres para referirse a los territorios que ocupa en el sur de Líbano: “línea de defensa avanzada”, “zona de seguridad”. Finalmente ha dado con el más revelador sobre sus intenciones allí: “Línea Amarilla”. Como en Gaza, designa una divisoria —en teoría, temporal— que separa el 52% de la Franja bajo su control, convertida ya en un territorio despoblado y en ruinas, del 48% restante, en manos de Hamás. Es el proyecto en el que el Gobierno de Benjamín Netanyahu se ha embarcado para mantener a Hezbolá lejos de su frontera. Una suerte de reedición de fallidas experiencias pasadas (el mapa se asemeja al del 6% del país que ocupó durante 15 años, hasta su retirada en 2000), pero en versión limpieza étnica y en medio —al menos sobre el papel— de una tregua recién prorrogada tres semanas.
La geopolítica actual ha dictado sentencia: abandonar nuestra adicción a los combustibles fósiles ya no es sólo un imperativo climático; es la única vía para garantizar la paz y nuestra propia soberanía. El petróleo, el gas y el carbón no solo son la principal causa de la emergencia climática, sino que son el motor de los conflictos y las violaciones de derechos humanos que vemos hoy en día. Además, nos empobrecen: cada vez que sube el precio de la energía, se encarece nuestra cesta de la compra y disminuye nuestra calidad de vida.

Sandra Golpe llega tarde a la cita en la Redacción de su informativo porque la están peinando, literalmente, y, en el atasco de las 11 de la mañana en la sala de peluquería y maquillaje de Atresmedia, con la parrilla ardiendo entre debates y programas varios, no hay prioridades que valgan. Cuando por fin llega, se deshace en disculpas y sucede lo imprevisto: su equipo en pleno, mujeres y hombres, se levanta para arropar a la jefa ante la visita, en un gesto nada habitual en un medio de comunicación cuyos profesionales están acostumbradísimos a la presencia de cámaras y de periodistas propios y ajenos. Después, charlamos sin pausa, pero con prisas. El reloj ya pasa de mediodía y empieza la cuenta atrás para que empiece el informativo, así que Golpe, profesional y cercana, habla cual metralleta sin dejar de mojarse cuando toca, a pesar de que alguien ha considerado necesaria la presencia de una persona del equipo de comunicación en la charla. Cuando habla de su familia, le aflora el acento de su tierra, Cádiz. Le acaban de dar la Medalla de Andalucía.
Sandra Golpe (Cádiz, 51 años) quería ser periodista de periódicos, pero el primer contrato serio que consiguió, por el salario mínimo, fue en una tele local, y ahí sigue, en la televisión, solo que ahora, 30 años después, es directora y presentadora del informativo de Antena 3, el más visto de todas las televisiones, con cuotas de pantalla cercanas al 25%. Tras pasar por CNN+ y todos los escalones de Atremedia, sigue esperando, cada día, que una última hora le reviente la escaleta.

Fue una Nochevieja de pesadilla. Yankuba Jaiteh, de 26 años, no la olvidará jamás. Iba en un cayuco que zarpó de Jinak (Gambia), con unas 250 personas a bordo, bajo el resplandor lejano de los fuegos artificiales de Banjul y que, una media hora después, chocaba contra un banco de arena. “Volcamos. La gasolina, mezclada con agua, nos abrasaba la piel. Sacamos nuestros teléfonos y empezamos a pedir ayuda. Pero tardaron horas en llegar, muchas mujeres y niños fallecieron ahogados”, asegura. En total sobrevivieron 94 personas que trataban de llegar a Canarias. El mar vomitó decenas de cadáveres, otros desaparecieron para siempre. En los últimos siete años, decenas de tragedias como esta han sobrecogido a Gambia, que se ha convertido en el principal punto de salida de cayucos hacia las islas españolas.


