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Solemos asociar el arte urbano con ciudades modernas, grandes y ajetreadas. Pero basta bichear un rato en la plataforma Street Art Cities —el observatorio global que cartografía las obras callejeras más llamativas del planeta— para descubrir que una de las capitales más pintonas de España, más incluso que Madrid y Barcelona, es Lugo, que es una urbe pequeña —acaba de superar los 100.000 habitantes—, tranquila y está considerada como la más antigua de Galicia. Fundada hacia el año 25 a.C. con el nombre de Lucus Augusti —“el bosque sagrado de Augusto”—, Lugo mantiene como nueva su muralla de 2.117 metros de perímetro, que figura desde el año 2000 en la lista del patrimonio mundial de la Unesco como “el ejemplo más completo y mejor conservado de arquitectura militar en el Imperio Romano de Occidente”. Quienes pasean o corren por encima de ella, por el adarve de tierra elemental, y se detienen en cualquiera de sus 71 torres, no ven rascacielos: la catedral de Santa María, con casi 900 años a sus espaldas, es el edificio más alto. Tampoco ven torres de oficinas ni de comunicaciones. Ven una ciudad pensada para vivir, sosegada y silente. Y ven pinturas callejeras que hablan de su rico pasado, de sus raíces castreñas y romanas, de sus meigas y sus árboles seculares. Tanta historia, tantas pinturas: ¡hay 575!
De todas las sentencias, escritas o atribuidas a Antonio Gramsci, tal vez la más acorde a este tiempo en la economía mundial es aquella que decía: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Estos son muchos y diversos. El mundo afronta una difícil transición entre el fin de la hegemonía del ideario neoliberal, identificado de forma más o menos precisa con aquel llamado Consenso de Washington, y un nuevo modelo que no acaba de configurarse. En el entreacto, han asomado los monstruos, un golpe al orden global que había regido desde la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de economistas ha construido ahora una alternativa, que abraza al mismo tiempo el comercio global y a los sindicatos, que apoya el control de los déficits públicos pero resalta el papel del Estado en el capitalismo. Lo han llamado, con toda la intención, el Consenso de Londres.
Transformar al Estado en una especie de sucursal de las colosales empresas tecnológicas, vaciando la soberanía de su propia dimensión democrática. Este podría ser un resumen del manifiesto que Palantir, uno de los gigantes de Silicon Valley, ha hecho público en la red social X, y que ha generado una gran controversia. De todos los mastodónticos imperios californianos, Palantir, la sociedad fundada y presidida por Peter Thiel en 2003, es probablemente la que suscita más temor entre los defensores de la democracia. Ha desarrollado herramientas de inteligencia artificial (IA) y de análisis generalizado de datos que han protagonizado la persecución de inmigrantes en EE UU, así como los bombardeos sobre Irán y la persecución de palestinos en Gaza. Thiel, tronco de Trump y de Elon Musk, estuvo recientemente en Roma dando una serie de seminarios sobre el Anticristo.
El arranque del Open de Tenis de Madrid vuelve a poner sobre la mesa una de las estrategias más tentadoras —y más delicadas— del marketing contemporáneo: subirse al ruido de un gran evento sin pagar el peaje del patrocinio oficial. La proximidad de otros eventos internacionales de masas, como la Copa del Mundo de la FIFA o las giras de artistas y bandas que congregan multitudes en espacios reducidos son elementos de atracción. La gira Lux Tour 26 de Rosalía en Madrid ha sumado 70.000 espectadores presenciales; la final de la Copa del Mundo de Futbol fue vista por 1.420 millones de personas, según los datos de la FIFA.
Pilar Sánchez-Bleda, socia directora de Auren Legal, subraya que los contratos de patrocinio internacional son complejos porque deben respetar “los límites publicitarios de los diferentes territorios en los cuales se vaya a desarrollar el evento”. La experta da una idea clave: “conductas como el ambush marketing, claramente atentatorias contra el patrocinio, deberían ser perseguidas de una manera contundente”. La frontera entre aprovechar la actualidad y apropiarse del evento nunca ha sido tan estrecha, ni los medios disponibles tan amplios y asequibles. Una tentación que puede salir cara.

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Amancio Ortega ya era muy rico en 2001 cuando a los 65 años decidió sacar a Bolsa su grupo textil, Inditex, que engloba Zara y otras marcas, que le había convertido en el principal empresario del sector en España. Pero ese año decidió realizar dos movimientos que le convertirían en alguien con una fortuna aún mayor. Su gran decisión fue el estreno en el mercado bursátil de Inditex, que desde entonces ha visto como sus acciones se revalorizaban un 1.100% y, además, creó su vehículo familiar Pontegadea, desde el que comenzó a invertir en bienes inmuebles. Cinco lustros después, a los 90 años, el empresario leonés afincado en A Coruña se ha convertido en el magnate con una mayor cartera inmobiliaria del mundo, como publicó EL PAÍS la pasada semana.
