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Los brasileños por fin han tenido este domingo por la noche la ocasión de asistir a un debate cuerpo a cuerpo entre los dos hombres que se disputan la Presidencia, el senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, y el presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, de 80, que opta a la reelección. El cara a cara, que ambos evitaron en primer vuelta, rompiendo la tradición, se celebró en la sede del canal TV Bando, en São Paulo, y duró más de dos horas. Bolsonaro dedicó buena parte de sus intervenciones al ataque directo contra su rival. Lula prefirió dosificar la confrontación directa mientras ofrecía en ocasiones prolijas explicaciones de gobernante, más que a seducir al público para movilizar a los 33 millones de abstencionistas.
El angustioso paso del Madrid por Roma removió las hojas de la libreta de José Mourinho. En tiempos de dudas, incertidumbres y nerviosismo, con el clásico del Camp Nou a siete días vista y a seis puntos del Barcelona, el técnico se agarró ante el Sevilla a los futbolistas y al plan que le habían sacado del fango el miércoles en el Olímpico. Si la alineación de este domingo tiene continuidad, incluso en citas tan peliagudas como la del próximo domingo, es una cuestión que queda definitivamente abierta, pero las decisiones del portugués resultaron de mucho calado y afectaron al sistema central del equipo. Lo que asomó en los dos últimos duelos, contra el Villarreal y la Roma, se confirmó ante el Sevilla. Valverde al lateral, Güler en el centro y Endrick como titular.
Gerardo Tata Martino dejó pocas huellas en el Barça. En la Ciudad Deportiva todavía hay quien recuerda la anécdota del día en el que le advirtió a Leo Messi que sabía que tenía “el poder para echarlo, pero que no hacía falta que se lo demostrara todos los días”. Le quedaba, eso sí, un récord: las ocho victorias consecutivas con las que arrancó la Liga 2013-2014. Hansi Flick ya se lo ha quitado. Suma nueve triunfos del tirón. Y este Barça que asusta en España busca ahora dar el salto en Europa. Después de golear al Feyenoord y al Galatasaray, el equipo azulgrana visita este martes la casa del PSG, nada menos que el vigente bicampeón de la Liga de Campeones. “Nos toca centrarnos en el París, el mejor equipo de Europa. Nos va a marcar un poco dónde estamos”, advirtió Rodri Hernández. Lo dice él, que justamente llegó para que el Barcelona vuelva a levantar la Orejona, que no gana desde Berlín 2015, un año después de que se marchara Martino.
El Barcelona ganó en Sevilla ante el Betis, pero perdió el tiempo: no pudo volver a casa como tenía previsto. Después del 2-5 ante el equipo bético, la expedición azulgrana embarcó en el avión chárter en el aeropuerto de San Pablo con la idea de dormir en la capital catalana. No lo consiguió.
El temporal que azota buena parte de España, con alerta máxima en Cataluña por lluvias torrenciales, retrasó una y otra vez el despegue. Así lo habían decidido los capitanes: esperar hasta poder salir. Los jugadores pasaron cerca de dos horas sentados en el aparato a la espera de una autorización para volar que nunca llegó.
Cerca de las dos de la madrugada, el club anunció en sus redes que el viaje se cancelaba y que la plantilla dormiría en un hotel de la ciudad. El regreso se aplazó hasta el mediodía de este domingo. Un contratiempo inoportuno para Flick, que ya tenía bastante con las lesiones de Eric y Koundé: menos descanso justo antes de visitar al PSG y de recibir al Real Madrid en el clásico.

La retirada en la madrugada del viernes al sábado de lo que quedaba de la máquina del tren AVE de Renfe incendiada el 12 de octubre, en la línea de alta velocidad Madrid-Barcelona, ha permitido al gestor de la infraestructura ferroviaria Adif poner a prueba el tramo afectado tras llevar a cabo distintas reparaciones. La compañía dependiente del Ministerio de Transportes prevé que a lo largo de este lunes se pueda circular entre las localidades zaragozanas de Ricla y Plasencia de Jalón de nuevo por ambas vías.



Las escenas de destrucción en Francia, los saqueos en los comercios y el asalto a edificios públicos poco tienen que ver con las reclamaciones de los estudiantes, y sí con una voluntad de golpear los símbolos de la República y desestabilizar una democracia europea. La funesta jornada del 17 de octubre tardará en olvidarse. Lo que empezó con una convocatoria pacífica por las condiciones en la educación secundaria y el poder adquisitivo derivó en actos de una violencia inusitada provocados por una minoría. Imágenes como la del Ayuntamiento de Limoges en llamas quedarán en la memoria como el momento en el que el caos se adueñó de un país. Pueden achacarse los hechos de estos días a la inacción del Gobierno ante las reivindicaciones sociales y estudiantiles, a la parálisis de un Emmanuel Macron que, tras una década en el poder, es un pato cojo sin margen de maniobra y visceralmente detestado por una parte de la sociedad, o a los bloqueos en una clase política que desde hace décadas ha aplazado las reformas para sacar a la economía del marasmo y reducir las brechas sociales. Ninguno de estos debates debe esconder hoy lo esencial, y es que las protestas son legítimas y en muchos puntos, justificadas, pero la violencia nunca lo es.