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Nadie les explica qué tienen que hacer. Ni por dónde empezar. Ni siquiera si lo están haciendo bien. Algunos llegan con cierta soltura, porque ya han trasteado con código, han visto vídeos o probado cosas. Otros —muchos— se sientan frente a la pantalla sin saber exactamente qué están mirando, aún confusos porque, al entrar, les han dado la tarjeta, la bienvenida y poco más. En la sala hay silencio, pero no es un silencio cómodo. Es más bien el de quien intenta descifrar un idioma que no conoce. En algún momento alguien pregunta algo en voz alta. Otro responde. Y así, poco a poco, empieza a formarse una especie de comunidad improvisada: desconocidos que se ayudan porque no tienen otra opción.
Dos cosas ha dejado claras Quevedo en su breve pero centelleante carrera: que domina la lista de canciones más escuchadas (acumula ocho números uno desde 2023) y que se muestra extremadamente influenciable por los artistas que tienen más talento que él (cosa lógica, por otra parte). Hoy se ha publicado el tercer disco del grancanario (24 años), titulado El Baifo, un trabajo que funciona como una reivindicación de su tierra, un relato basado en la vinculación identitaria, en aferrarse a la raíz, en alzar la voz para defender a su cuna. Siempre ha ejercido de canario el cantante, pero nunca antes con tanto ahínco como en este trabajo. Recordemos que Debí tirar más fotos, de Bad Bunny, ya lo hizo antes con Puerto Rico, hace un año y medio.
“Entre canapés, mercadeamos con la vida y el futuro de las personas como si fueran un producto más”. El youtuber Carles Tamayo saltó este jueves al prime time de La 1, después de lanzar en 2024 el rompedor documental Cómo cazar un monstruo en Amazon Prime Video, para analizar con su particular estilo el problema de la vivienda en España, su primer reportaje para el programa Se nos ha ido de las manos.
“El reto deportivo del año después de la Champions, la UEFA, la Supercopa, la Copa del Rey... Todas las conocidas. Hoy la petanca vuelve al lugar que se merece”. Así introducía el comentarista Antoni Daimiel la primera Petanca del año presentada este jueves en La revuelta, y que enfrentaba a dos equipos de profesionales y famosos en un torneo del deporte tradicional jugado con boliches en los parques y playas españolas. “En Navidades me encontré con una señora que me dijo que nos habíamos metido con la petanca, y me pidió que la hiciéramos honor, y Jorge Ponce se lo tomó como el empeño de su vida”, anunciaba el presentador David Broncano.

Los matemáticos saben que la paciencia es parte del juego. Hay teoremas que llevan días, semanas o hasta décadas sin resolver. Y ese es el encanto. Con esta misma paciencia, el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) apuesta por su programa de alto rendimiento para formar a futuros investigadores desde que comienzan su carrera de grado. “Yo tenía pensado Física, me parece preciosa; de repente vi lo bonita que era la lógica y dije: ‘No la puedo dejar”, sonríe Justo Juan Salcedo Otero. Lleva en los puños de su camisa gemelos plateados en forma de escuadra y transportador. Se los regaló una amiga. El madrileño de 19 años fue uno de los cuatro estudiantes elegidos para la primera edición del Mathematics Intensive Program (MIP) el año pasado. El plazo para postularse a la segunda edición está ahora abierto hasta el 1 de mayo.




Hay una lógica que el sociólogo Loïc Wacquant lleva décadas documentando en las sociedades occidentales: cuando el Estado reduce su capacidad de protección social, tiende a compensarlo con una mayor presencia policial y punitiva. No es una conspiración, sino una inercia de penalización de la pobreza. Ante el desorden visible que ésta produce, la respuesta más rápida y fácil de comunicar es siempre la del orden. La respuesta más lenta, más cara y difícil de articular es la que ataca las causas y no solo los síntomas.
Son las 12.30 de un domingo y los pasillos de la academia de flamenco Amor de Dios, en pleno centro de Madrid, se parecen bastante a esas hileras nerviosas donde las hormigas se cruzan a lo loco sin chocarse nunca. Siempre hay gente en Amor de Dios, pero hoy huele a muchedumbre y un poco también a fervor. Imparte clase Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito para los amigos… del duende. O lo que es igual, el bailaor que muchos de los que saben de esto sitúan en la estirpe de los dioses del zapato veloz: Faíco, Farruco, Gades y él. Y eso, a pesar de que el interesado se encarga de rebajar la épica en torno a su nombre: “Yo nunca he sentido o he creído que haya estado dotado para bailar. Dudé muchísimas veces en el camino de si lo hacía bien o no, y sigo dudando. Cada día me levanto como si fuera un principiante, y creo que es algo sano, porque he conocido a otros compañeros a los que les ha jugado malas pasadas el hecho de pensar que ya habían llegado a la cima. Creo que me aburriría y me hartaría de llorar si un día sintiera que ya ha llegado. Ese día me quitaría de bailar por respeto a mí mismo y al público, sobre todo”.
Galicia tiene un legado textil preindustrial en torno al lino que no todo el mundo conoce, ni siquiera gallegos que generacionalmente están bastante cerca. A su prestigio actual en el ámbito de la moda, le precede un pasado en el que durante siglos, y hasta algo más de la mitad del XX, existió una producción doméstica para autoconsumo llevada a cabo por mujeres en el medio rural, en la que unas se encargaban de sembrar el lino, procesarlo e hilarlo para que otras pudieran tejer ropa de vestir o de hogar, algunas de ellas piezas con un alto valor artístico y creativo.
Si usas tu móvil desde hace unos años, probablemente te haya pasado en más de una ocasión: aparece un aviso diciendo que el almacenamiento está lleno. Fotos, vídeos, copias de seguridad de WhatsApp o archivos del trabajo terminan saturando rápidamente el espacio gratuito de servicios como Google Drive o iCloud. En ese momento llega la pregunta inevitable: ¿merece la pena pagar por almacenamiento en la nube?