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Rousseau eligió el lago Lemán, en Suiza, para contar en uno de sus libros que su sociedad ideal era Esparta: pequeña, severa, autosuficiente, patriótica e insolentemente no cosmopolita y no comercial. Mary Shelley se encerró en una villa junto a ese lago para idear en una noche mítica Frankenstein, sobre las consecuencias de la falta de límites en la ciencia. Nabokov pasaba largas temporadas en un hotelito en esta zona, discreto y elegante, y aquí escribió Ada o el ardor, deslumbrante novela sobre la pasión. A orillas del Lemán está también la sede de la Organización Mundial de Comercio (OMC), una de las instituciones multilaterales más castigadas por una sacudida del orden global que es una mezcla de Rousseau, Shelley y Nabokov: un mundo en el que crece el populismo ultra y prima la ley de la selva, en el que tecnologías como la inteligencia artificial son tanto una oportunidad como una amenaza, y en el que las pasiones neoimperialistas de Estados Unidos son capaces de empezar una guerra que envuelve en una espesa niebla de incertidumbre los escenarios de futuro. La nigeriana Ngozi Okonjo-Iweala (Ogwashi-Ukwu, 71 años), directora general de la OMC, recibe en Ginebra a EL PAÍS y otros diarios europeos agrupados en la alianza LENA, y hace un repaso por esta era que ella prefiere denominar “de la disrupción” más que del desorden. En casi una hora de conversación, Okonjo-Iweala se las ingenia para no pronunciar la palabra “Trump” en una habitación bañada por una luz afónica, con las montañas suizas aún nevadas y el famoso lago tras los ventanales.
Anys enrere, el departament de publicacions de la Universitat de Barcelona (UB) era un veritable desgavell, per no dir xauxa. Va haver-hi un director, persona de gran simpatia i intel·ligència, que no disposava de prou pressupost ni mitjans, i no feia res, o quasi. La UB era invisible al mercat editorial i a les llibreries, lloc en què els llibres universitaris sempre han tingut dificultat a accedir. Al temps que era actiu aquell director, Max Cahner —home amb uns mèrits que no hem d’oblidar, com fer possibles els dos diccionaris de Joan Coromines, l’etimològic i l’onomàstic, que perviuran molt més que l’Enciclopèdia Catalana— va patir una crisi personal i va demanar al rector de l’època que li atribuís una funció diferent de fer classes. El rector li va dir que visités el director de publicacions, i Cahner li va demanar de treballar al seu costat. Però com que el seu departament no tenia res a fer, aquell director va dir a Cahner: “La tasca serà senzilla: prendrem un cafè al començament del curs acadèmic, i un altre al final”. I aquesta va ser tota la feina que van fer.

Al noroeste de Madrid la ciudad sufre una arritmia urbanística. En medio de un barrio de toda la vida han surgido dos rascacielos, imponentes y modernos, desde cuya azotea se divisa cómo Madrid se va apagando hacia la A-6: la Dehesa de la Villa, Pozuelo, el Valle de los Caídos, Guadarrama. Son dos edificios modernísimos, de esos en los que los ascensores no tienen botones: pulsas en una tableta de la planta baja el piso al que quieres subir y ya te llevan solos. A la parte más alta se acaba de mudar un escritor, y si su piso parece de soltero es porque la forma encaja con el fondo: el escritor que vive en él se ha quedado soltero hace poco, y sobre la ruptura de su matrimonio trata su última novela, Islandia (Destino).
