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Todo está listo para lanzar la primera misión tripulada a la Luna en 50 años el próximo 1 de abril, según anunció la NASA este jueves. Para aquellos que pudieron seguir la aventura de los primeros vuelos hacia el satélite de la Tierra, es imposible evitar comparaciones entre Apolo 8, la primera expedición que orbitó la Luna, en 1968, y la inminente Artemis 2. Con casi seis décadas de distancia, se repiten los preparativos para un asalto lunar, pero las circunstancias geopolíticas son muy distintas. Hoy la competencia rusa es inexistente (la china es otro asunto) y la sensación de “carrera espacial” ha desaparecido. Y con ella, la épica pionera que caracterizó al Apolo 8.
Me muestran en internet la intervención de Kevin Spacey en la Universidad de Oxford contándole a un grupo de estudiantes, con la expresividad y el estilo que identifican a los grandes intérpretes especializados en Shakespeare, cómo los estudios de cine y el circo mediático arruinaron definitivamente su carrera y su vida, aunque hubiera sido declarado inocente por los jueces tras la denuncia por acoso sexual que le puso un señor. Y también recuerda la tragedia de Fatty Arbuckle, el actor mejor pagado del cine mudo, al que el veredicto de los jueces declaró inocente de lo que había sido acusado. Ya daba igual. Te borrarán del mapa si creen que tu presencia y tu trabajo podría perjudicar a su gran negocio. Eso ocurre en Hollywood y en la Conchinchina.
La nutrición está de moda. Más que nunca, en la calle se habla de superalimentos, de real food, de dietas detox o de ayuno intermitente. La cultura del bienestar gana terreno y, aunque eso a priori puede ser favorable en términos de salud, la avalancha de información (y desinformación) nutricional que circula por las redes, con modas efímeras, gurús virales y dietas imposibles, corre el riesgo de distorsionar (y simplificar) la evidencia científica sobre una verdadera alimentación saludable.
“No me acuerdo de cuándo fue la primera vez, sería en tercero o cuarto de primaria”, dice Lucía, de Cádiz y de 17 años, sobre su primer acceso a contenido pornográfico. “Hace muchísimos años que nos enteramos, a mí me mandarían un sticker o algo así”, dice Carolina, también de 17 años y de Cádiz. Ambas recuerdan un momento que no les ha quedado grabado, pero que con toda probabilidad fue en la pantalla de un móvil, propio o ajeno, y en una app de mensajería.

En una suite de la última planta del hotel VP Plaza España Design, en Madrid, un grupo trabaja alrededor de una mesa, en silencio. Esperando está Manuel Turizo (Montería, 25 años), que tiene una jornada maratoniana por delante para promocionar su nuevo proyecto. El cantante colombiano recibe con gorra, que no se quita ni para la sesión de fotos ni para la entrevista. Se sienta en una silla y comienza la conversación con el Palacio Real, la catedral de La Almudena y la plaza España como telón de fondo, unas vistas de la capital que de vez en cuando le hacen desviar la mirada. “Me encanta estar aquí”, afirma el artista, que acaba de lanzar Apambichao junto a Maluma, la carta de presentación de su próximo disco que lleva el mismo nombre y se publicará el 9 de abril.


Hace falta una energía muy equilibrada para tratar con animales. Como la que desprende Dirce Fernández Do Santos, que trabaja con ellos desde hace décadas. Esta profesional del cuidado de mascotas, procedente de Timor Oriental, tuvo su primera peluquería canina hace 25 años en el Mercado Barceló de Madrid. Aún conserva algunos de sus clientes de entonces, a quienes se ha “traído” a Contigo Cuidados, en el Corte Inglés de Castellana, el centro de estética para perros y gatos en el que trabaja, y donde recibe a EL PAÍS una mañana de viernes de febrero.






Cuando las sirenas resuenan por todo Dubái, Meron trata de no pensar en marcharse. Siente miedo de los misiles, pero esta empleada del hogar etíope sabe perfectamente por qué se queda: su sueldo paga la matrícula escolar de su hija y pone comida en la mesa para toda su familia en Adís Abeba. Para ella, abandonar el Golfo debido a la lluvia de misiles iraní en respuesta a los ataques de Estados Unidos e Israel no es una opción.
La primera vez que vio el cartel de Zeta, su nueva película, a Mario Casas (A Coruña, 39 años) se le escapó una sonrisa. “Me vi ahí con un arma, con una explosión detrás, como el héroe de acción de una película americana. Me hizo muchísima gracia”. Posiblemente se acordó de todas las horas que había pasado viendo películas como aquella. “Soy de una generación que tiene idealizado el cine. Mi infancia fueron las películas, los videoclubs. Llegabas a casa y el plan del sábado por la noche era alquilar una peli. Yo con 13 o 14 años, mientras mis colegas jugaban al fútbol, cogía el autobús del centro comercial para ir al cine solo”.
Circulan estos días en redes sociales imágenes de perros y gatos abandonados en las calles de Dubái. Sus dueños los dejan porque quieren huir de la guerra y es complicado volar con ellos. Además, el paso a Omán prohíbe el ingreso con animales y los peludos a los que cuidaron como perrijos son ahora un lastre. Quienes los abandonan son propietarios con recursos que, en muchos casos, y según denuncian veterinarios locales, intentan sacrificar a sus mascotas sanas. Solo cuando no han podido matarlas en su doméstica solución final deciden atarlas a un poste de la luz o encerrarlas en la terraza de sus urbanizaciones de lujo y huir. No es un abandono desesperado entre el caos de la guerra, sino una profiláctica y despiadada solución para matar a un miembro de su familia. Lo más aterrador es que a sus propietarios les parecerá, estoy segura, un exterminio responsable. Después de todo, están dispuestos a pagar lo que sea necesario por sus seres queridos. Incluso para aniquilarlos.