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“Pongan los brazos en cruz, cúbranse los ojos y separen las piernas”, ordenó con voz de ultratumba el sargento de la Brigada Paracaidista a través de la máscara de protección MS-87 que le cubría el rostro. Sin previo aviso, nos roció con una mezcla de hipoclorito de sodio y agua a presión. O, lo que es lo mismo, nos sumergió en lejía. Sentí que mi mascarilla de celulosa y algodón empapada con aquel mejunje se deshacía, me costaba respirar y se me nublaba la vista. Busqué como un poseso en todos los bolsillos mi libreta de notas aterrorizado ante la posibilidad de que se hubiera mojado, corrido la tinta y, con ella, días de entrevistas y anotaciones. Mientras se liaba un pitillo, un paracaidista nos observaba con curiosidad y masculló guasón: “Qué, jode, ¿eh? Se llama descontaminación operativa, nos la hacen todo el rato; aunque salgas del espacio que estás desinfectando solo a mear, te tienes que volver a descontaminar entero”. Aún conservo en algún armario la machacada chupa surcada de desteñidos chafarrinones que llevaba esa mañana de marzo de 2020. Y también me he preguntado a menudo si aquellas miserables mascarillas con las que pretendíamos protegernos en los primeros días de la pandemia formaban parte de los lucrativos negocios sin fronteras de José Luis Ábalos, el hermano de Ayuso o el aristócrata Luis Medina.

Las páginas de El País Semanal están abiertas a todos los temas. Esa libertad es un privilegio para una revista y también un reto, porque las opciones son infinitas: más cine, otro cine, más política, otra política… Jamás se ha buscado contentar a todos, simplemente se ha tratado de hablar de todo y estar en la conversación.

Todo en aquella portada resulta hoy incómodo. Las letras azul claro sobre el fondo naranja pican en los ojos. En la foto, una mujer y un hombre con una inquietante tira negra sobre los ojos. Y luego está el titular: ‘¿Deben casarse los subnormales?’. Y el subtítulo, casi peor: ‘España tiembla ante el problema’. Para rizar el rizo de lo chocante, el otro titular de portada no puede ser más moderno: ‘David Bowie, la estrella que cayó del cielo’.









A comienzos de la década de 1980, Interviú mandó a Pilar Eyre a cubrir un acto de los Reyes en Barcelona. La periodista nunca había tratado con el monarca y su consorte y estaba un poco nerviosa. Antes del encuentro, una experta en protocolo del palacio le explicó cómo debía comportarse. Tenía que hacer una genuflexión ante el jefe del Estado y su esposa, no debía tocarles ni mirarles fijamente a los ojos y, sobre todo, no podía comentar ninguna incidencia en su crónica. Eyre hizo exactamente lo contrario. No se agachó, les dio la mano, los miró a la cara y en la pieza que publicó al día siguiente en la revista reveló que Juan Carlos I había pedido un whisky en pleno besamanos.


Fathi, de 19 años, relata con un leve hilo de voz la odisea que le tocó vivir cuando, con 13 y en contra de su familia, fue casada por la fuerza en Somalia. El marido impuesto era un hombre unos 30 años mayor que ella y terrorista de Al Shabab, grupo perteneciente al entramado terrorista de Al Qaeda, que controla importantes zonas de este país del Cuerno de África. Según su testimonio, no participó en entrenamientos ni en actividades militares, pero esta muchacha representa el eslabón más débil de una cadena difícil de romper, la de la participación de menores en conflictos armados. “Yo era muy joven. Crecí en una localidad que controlaban [los terroristas]. Con 13 años vinieron a buscar a mi padre para casarme con el miliciano ”, detalla durante una entrevista en Mogadiscio, la capital de Somalia.

“España es un país putero”, dice la guionista y productora Isabel Peña. No es una opinión, es una afirmación con los datos por delante de la ONU: España es el primer país de Europa y el tercero del mundo (por detrás de Puerto Rico y Tailandia) en consumo de prostitución. Más del 80% de las mujeres prostituidas en España lo hacen de manera forzada, como corroboran los informes policiales. Y, de hecho, la trata de mujeres con fines de explotación sexual no fue delito en nuestro país hasta 2010. “Lo intuíamos… Quiero decir: España es un país en el que muchas comidas de trabajo acaban en un prostíbulo. Sentíamos que había algo que no se había contado y que nosotros no conocíamos, una pregunta que tenía potencial de ser investigada: ¿qué pasa aquí dentro?”, continúa Peña, colaboradora habitual de Rodrigo Sorogoyen (As bestas, El ser querido) que ahora se ha unido de nuevo a Eduardo Villanueva (tras Antidisturbios) para firmar la serie El castillo (Movistar Plus+). Para crearla partieron del libro de Mabel Lozano, El proxeneta, y continuaron con su propia investigación para centrar la historia en el cambio de siglo, en el momento de las aperturas de los macroclubs de carretera, ese momento de “España va bien” en el que los chulos empezaron a llamarse a sí mismos empresarios de la noche y a hacerse millonarios trayendo bajo engaño a muchas mujeres de Europa del Este o Latinoamérica, que vivían y (aún viven) esclavizadas, secuestradas y que eran las únicas damnificadas en las redadas.
Carmen de Juan (Another Artists Agency)

Barcelona tiene museos de todo tipo, pero también los hay que parecen hechos a imagen de alguien: la obsesión de un coleccionista, la casa de un escritor, el universo doméstico de un arquitecto, una fábrica convertida en galería o una vivienda concebida para cambiar la forma de vivir. A continuación, proponemos 10 lugares para recorrer la ciudad siguiendo no solo sus obras, sino también las miradas que las hicieron posibles. Un decálogo de pistas culturales en la capital catalana alejadas de los circuitos turísticos más habituales.













Viendo lo que está ocurriendo en Francia, me viene a la memoria la célebre frase “Un fantasma recorre Europa” con la que se inicia el preámbulo del Manifiesto Comunista escrito por Karl Marx y Friedrich Engels, publicado por primera vez el 21 de febrero de 1848, en vísperas de las revoluciones liberales y obreras que se produjeron ese año en Francia y otros países europeos. Marx y Engels utilizaron la metáfora del fantasma para describir el miedo y la inquietud que sentían las clases e instituciones conservadoras de la época ante la incipiente lucha de clases entre trabajadores y empresarios dentro del naciente capitalismo.
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