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El teólogo y pastor Doug Wilson lleva desde los años 70 predicando desde su rincón, literal y metafórico, de Estados Unidos. Es cofundador de su propia denominación cristiana, que lleva el nombre de Comunión de Iglesias Reformistas Evangélicas y cuenta con unas 170 congregaciones por todo el país. También es líder de un emporio de ideas ultraconservadoras que cuenta con una pequeña universidad y una escuela de primaria y secundaria, un servicio de streaming y una editorial. Todo ello lo maneja desde la localidad de Moscow, en Idaho, uno de los Estados más conservadores de la Unión.
En 2003, en una oscura lista de correo, un grupo de profetas del apocalipsis tecnológico se mandaba mensajes sobre cuánto les importaba “si la humanidad desaparecía”. Uno consideró que prefería estar con criaturas más listas y creativas, aunque no fueran humanos. Otro respondió que le parecería bien si no fuera porque esas máquinas no tendrían ninguna cualidad humana: “Serían solo pura inteligencia computacional dedicada a fabricar una cantidad infinita de clips”.
Zeinab Bashir al Shafi, una mujer sudanesa de 70 años, carga la extenuación en la voz. Habla con firmeza, pero de forma pausada y amortiguada. Reposada sobre una alfombra, descalza, con las piernas cruzadas y vistiendo un toub de colores, recuerda que hasta hace poco tiempo ella y su familia llevaban una buena vida, cómoda. Que no les faltaba nada.
Dicen que “a Santo André de Teixido vai de morto quen non foi de vivo”. ¿Y eso es malo? Respondamos gallegamente: depende. Si para ir allí, uno se reencarna en una babosa y se arrastra a cámara lenta por un camino abarrotado de peregrinos, corriendo el serio peligro de acabar espachurrado bajo una suela Vibram, no es bueno. En cambio, si se reencarna en una bolboreta, en una mariposa macaón o en una blanca esbelta –por citar dos especies habituales en el extremo norte de la Península–, y se va parando en cada flor a libar y copular, no está mal.