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Robbie Williams (Stoke-on-Trent, Reino Unido, 52 años) fue uno de los artistas que actuó este domingo en Nueva York justo antes de la gran final del Mundial entre España y Argentina. Millones de personas lo vieron cantar Desire, el himno oficial de este año, junto a Laura Pausini y Nicole Scherzinger como previa al partido que convirtió a la selección española en campeona del mundo. Pero si el artista británico ha dado que hablar en las últimas horas, no ha sido por su actuación, sino por lo que le ocurrió en una entrevista previa con la plataforma de streaming Magenta Sports que se ha vuelto viral. En un momento de su charla con los entrevistadores, se ve que una sustancia blanca cae sobre el micrófono de Williams, que la coge con la mano cuando la ve, se rasca la cabeza y se queda pegada en su frente. Una sustancia blanca que muchos usuarios han identificado como cocaína u otra sustancia estupefaciente. “Se salió el perico de la jaula”, bromeó un usuario.

He tenido la suerte de compartir con David Lucas, que falleció ayer, casi los tres últimos años de nuestras vidas. No exagero al decir que hablábamos todos los días, a cualquier hora, y que, cuando coincidíamos en el Ministerio, pasaba varias veces por mi despacho. Era su manera de entender la política: con una entrega total, una disponibilidad permanente y una implicación que trascendía cualquier horario.
Cuando, en los años noventa, Spencer Tunick comenzaba su carrera, en Nueva York, a diferencia de otros lugares de Estados Unidos, se permitía fotografiar desnudos en las calles, siempre que fuera con fines artísticos. De ese modo, él aprovechaba las primeras horas del día, cuando la ciudad se estaba desperezando y las calles aún seguían vacías, para tomar sus retratos de personas sin ropa, por entonces individuales. Foto a foto, fue acopiando contactos de “camareros o trabajadores de videoclubes”, hasta que un día acumuló en su agenda más de 70 teléfonos. “Entonces pensé: me va a llevar la vida fotografiar a toda esta gente, así que decidí invitarlos a posar todos a la vez”, explica el fotógrafo en una videollamada desde esa misma ciudad, donde reside con su familia.

Cuando una amiga le pasó a Marina una publicación de redes sociales de su psicóloga hablando de un caso sospechosamente parecido al suyo, le dio un vuelco el corazón. No había datos personales, pero Marina se sintió reconocida en las palabras de su terapeuta, y el hecho de que su amiga se lo hubiera enviado no hacía más que confirmar que su percepción estaba fundada. “Me sentí expuesta, no solo porque era como si estuviera contando mi historia, sino porque además los comentarios estaban llenos de gente opinando”, asegura ella, que contactó de inmediato con su psicóloga pidiéndole explicaciones y que borrara el vídeo. “Me dijo que no había datos identificativos y que era legal, pero que sentía cómo me había sentido. No borró la publicación”, lamenta. Marina decidió no seguir su proceso con esa terapeuta y buscó otra “que no tuviera redes”.
“El barrio de Salamanca es un manifiesto político. Una concreción urbanística del proyecto liberal”. Así comienza este atípico libro, a medio camino entre la crónica y el ensayo, dedicado a una calle del Madrid señorial algo menos célebre que la Gran Vía: Ortega y Gasset, antes llamada Lista.

Dos niñas se hacen amigas en una ciudad mexicana fronteriza con Estados Unidos. Son los últimos años noventa y la violencia que definirá la literatura del país durante las décadas siguientes (Roberto Bolaño, Emiliano Monge, Fernanda Melchor, Eduardo Ruiz Sosa, y la lista sigue hasta algo parecido al agotamiento) vive su apogeo. Las chiquillas se refugian en las melodías de las Spice Girls, en las personalidades prefabricadas pero rutilantes de esas cinco lejanas estrellas pop, mientras corretean por un barrio pobre en el que no faltan ningún ingrediente de la mitología del norte mexicano o del sur gringo: narcos, predicadores, feminicidios, alcohol e incluso un campamento gitano que representa la magia, la sensualidad, la otredad expiatoria. A esa mitología, que es estrictamente idéntica a la realidad, se acoge Elma Correa para construir la novela que ganó el premio Biblioteca Breve 2026.

Para determinar el valor del patrimonio paleontológico que atesora La Rioja, que cuenta con más de 170 yacimientos y más de 11.000 huellas de dinosaurios, es preciso viajar en el tiempo entre 120 y 130 millones de años. De entonces, en el Cretácico Inferior, los expertos han reconstruido un ecosistema formado por un enorme lago en una amplia llanura aluvial —de unos 400 kilómetros cuadrados y que se extendía por parte de lo que hoy son las provincias de Soria y Burgos— donde desembocaban los ríos en esta zona. En aquella época, lo que hoy conocemos como la Península Ibérica era una gran isla próxima a Canarias, con un clima subtropical o tropical húmedo que generaba una vegetación frondosa, con coníferas y helechos arbóreos, donde habitaban grandes dinosaurios.