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“Si has comprado pescado en el mercado, mételo en agua. Si se hunde, está fresco; si flota, está malo”. Así comienza un vídeo que ya han visto más de 25 millones de personas. El protagonista es Paco del Campo, un anciano de aspecto entrañable que ofrece consejos sobre alimentación y salud. No es un caso aislado. En las últimas semanas han proliferado vídeos muy similares que también acumulan millones de reproducciones. Podemos citar tres ejemplos, como el de Eduardo, un hombre de mediana edad que se presenta como “experto en salud holística y dietista” y que nos advierte sobre la supuesta peligrosidad del panga, la tilapia y el salmón en un vídeo que comienza así: “Nunca comas estos tres pescados si no quieres morir mañana…”.

Thais Ruiz de Alda (Barcelona, 52 años) es jurista de formación y lleva más de dos décadas trabajando en entornos tecnológicos. Ha dirigido equipos y proyectos digitales desde 1999 y eso, además de un desparpajo y una locuacidad a prueba de balas, le hace decir con rotundidad que existe el patriarcado digital, que solo el 22% de participantes en los festivales de música son mujeres y que Google debería ofrecerte otra opción para llegar a un sitio que no sea solo no cruzar un parque a las doce de la noche. Actualmente, después de haber vivido “el manspreading en toda su magnitud”, es fundadora y directora ejecutiva de DigitalFems.


A todos los que navegamos por Internet nos resultan familiares los captchas. Son pequeñas pruebas para demostrar que somos una persona y no un bot. Pueden ser varias imágenes en las que tenemos que pinchar, por ejemplo, en las que aparece un autobús o un tractor; a veces es una pieza de un puzle que hay que colocar en su hueco; otras sencillamente nos piden marcar una casilla que pone “No soy un robot”.

El Mundial de Fútbol ha dejado algunos detalles que trascienden lo deportivo y dejan constancia de las imperfecciones humanas, incluso de algunas de sus actitudes patológicas.
Para conservar la financiación estadounidense en medio de la oleada de recortes iniciada el año pasado por el Gobierno de Donald Trump, muchas organizaciones que combaten el VIH tuvieron que elegir entre amoldarse a las nuevas reglas de Washington ―que limitan programas relacionados con diversidad e inclusión o servicios que, supuestamente, apoyen el aborto― o dejar de trabajar. Un nuevo estudio, publicado este martes por investigadores de la Fundación para la Investigación sobre el SIDA (amfAR) y otras instituciones en la antesala a la 26ª Conferencia Internacional sobre el SIDA, ha revelado que el 77% de los gobiernos, ONG y empresas que recibían recursos del PEPFAR, el Plan de Emergencia del Presidente de EE UU para el Alivio del Sida, recibieron órdenes de restringir sus actividades para cumplir con las nuevas políticas de EE UU. El resultado, según los investigadores, ha sido una respuesta al virus más limitada.
La recta final de la Agenda 2030 coincide con uno de los momentos de mayor incertidumbre para Naciones Unidas y para el sistema multilateral desde su creación. Ya no está en juego únicamente el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), sino también la capacidad de la comunidad internacional para seguir construyendo respuestas compartidas frente a desafíos que ningún Estado puede afrontar por sí solo.
Es un mito fundacional clásico de la meritocracia: el garaje. Donde empezó todo, el epítome de lo humilde, una fábula del sueño americano. Esta historia es de esas, como los orígenes en cocheras de Microsoft o de Honda. Excepto porque no es un garaje, es un taller, y porque su cabecilla no es un joven emprendedor, tiene 74 años. Él es Avi Gus y es el cofundador de la marca de ropa urbana Salpi.
“Si pasas suficiente tiempo rodeado de gente muy rica hoy en día, la conclusión es evidente, antes la gente no tenía este aspecto porque, por naturaleza, no es posible tenerlo”, escribía hace unos días la periodista y escritora Amy Odell en una columna en The New York Times. En el texto resaltaba un hecho, cómo a los ultrarricos ya no solo no les preocupa esconder la evidencia de sus cirugías y tratamientos, sino que presumen de ellos. Esas intervenciones se han convertido en otra manera de ostentar riqueza: “El atractivo implícito de los tratamientos estéticos radica en que no se trata simplemente de verse ‘mejor’, de ‘arreglar’ algo (...) se trata, más bien, de disfrutar de un tipo particular de autocuidado basado en la experiencia, infinitamente personalizable y accesible únicamente para un grupo selecto”, apuntaba la escritora.
Si aceptamos que todas las islas del Caribe son diferentes, también podremos aceptar con paz que Trinidad es la más diferente de todas. Sus gobernantes han preferido, desde siempre, esnobear el turismo para volcarse en los hidrocarburos. Las playas infinitamente azules de otras islas —Tobago, por ejemplo— no existen aquí. Trinidad no deja de figurar en esa categoría, algo desairada, de las Antillas Menores, a la par con tropezones geográficos como Anguila, Dominica o Montserrat. Más aún: el Imperio español la llamó, con gran belleza, Trinidad de Barlovento, pero se discute si Trinidad pertenece a ese grupo conocido justamente como “islas de Barlovento” o si no es más bien, como pespunte sur del Caribe, una especie de estrambote o prolongación del continente.
Cartier y el museo Victoria & Albert de Londres se fundaron con cinco años de diferencia: 1847 y 1852, respectivamente. En 1861 llegó la National Gallery of Victoria, el museo más importante de Melbourne. Y ahora la joyería parisiense y las dos instituciones mencionadas tienen algo en común: Cartier, una muestra que debutó en Londres hace un año y ahora llega, mejorada y ampliada, a Melbourne. La escala es francamente apabullante. En la exposición del V&A había 250 joyas y ya resultaba impresionante, pero aquí hay más de 400, distribuidas por envolventes salas monocromáticas diseñadas por la creadora holandesa Sabine Marcelis y el estudio de Róterdam CLOUD.