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Si el año pasado las llamas se desbocaron en agosto arrasando el noroeste de la Península, coincidiendo con una extensa e intensa ola de calor, este verano los problemas han llegado antes a España, el país europeo con más superficie dañada en estos momentos. Tras un junio que ya fue complicado, en julio se ha disparado el área alcanzada por el fuego hasta un acumulado anual de 119.458 hectáreas. Son los datos provisionales que ofrecía este martes el servicio de vigilancia europeo Copernicus, que emplea su red de satélites para estimar el perímetro y superficie de los fuegos. Pero lo que más destaca es que dos tercios —79.000 hectáreas— de ese total han ardido solo en los 20 primeros días de julio.

Alcanza, con frecuencia, los 10 centímetros de diámetro hasta convertirse en una de las mayores de su especie. Tiene ondas en su concha y vive en las rocas expuestas al oleaje. Cuando se hace adulta, se aferra a ellas y rara vez se desplaza más allá de un metro antes de volver, siempre, al lugar donde reside. Las lapas ferruginosas (Patella ferrugínea) son un animal singular. Tanto, que está en peligro de extinción. Endemismo del Mediterráneo, su presencia es escasa. Y la Demarcación de Costas de Málaga se ha visto obligada a trasladar 40 ejemplares antes de acometer la ampliación de una de las playas más conocidas de la ciudad, los Baños del Carmen, en la zona este. Era requisito indispensable, aunque ecologistas y especialistas han mostrado sus reticencias porque están convencidos de que las mudanzas sientan mal a estos moluscos y la mayoría de individuos morirá. La Junta de Andalucía ha dado su visto bueno.


La misma especie de lapa que protagoniza el traslado en Málaga ha frenado, de momento, la ampliación del Puerto de Melilla. El Ministerio de Transición Ecológica emitió hace unas semanas una declaración de “impacto ambiental desfavorable” para la actuación urbanística, valorada en 300 millones de euros, al “haberse identificado la posibilidad de impactos negativos significativos sobre el medio ambiente” y porque las medidas correctoras “no suponen garantía suficiente para su adecuada prevención, corrección o compensación”. Una de las claves es precisamente la Patella ferrugínea, ya que algo más de 22.000 ejemplares viven en la escollera del dique noroeste del recinto portuario, el 20% de la población total de la especie en la costa española. Y, según el Gobierno, los trabajos en el puerto acabarían con entre el 85% y el 99% de la colonia. Según recoge Melilla hoy, el consejero de Medio Ambiente y Naturaleza, Daniel Ventura (PP) de la Ciudad Autónoma aseguró que allí la especie “no está en peligro de extinción” y que hay “excedente” de lapas.
“Si has comprado pescado en el mercado, mételo en agua. Si se hunde, está fresco; si flota, está malo”. Así comienza un vídeo que ya han visto más de 25 millones de personas. El protagonista es Paco del Campo, un anciano de aspecto entrañable que ofrece consejos sobre alimentación y salud. No es un caso aislado. En las últimas semanas han proliferado vídeos muy similares que también acumulan millones de reproducciones. Podemos citar tres ejemplos, como el de Eduardo, un hombre de mediana edad que se presenta como “experto en salud holística y dietista” y que nos advierte sobre la supuesta peligrosidad del panga, la tilapia y el salmón en un vídeo que comienza así: “Nunca comas estos tres pescados si no quieres morir mañana…”.

Thais Ruiz de Alda (Barcelona, 52 años) es jurista de formación y lleva más de dos décadas trabajando en entornos tecnológicos. Ha dirigido equipos y proyectos digitales desde 1999 y eso, además de un desparpajo y una locuacidad a prueba de balas, le hace decir con rotundidad que existe el patriarcado digital, que solo el 22% de participantes en los festivales de música son mujeres y que Google debería ofrecerte otra opción para llegar a un sitio que no sea solo no cruzar un parque a las doce de la noche. Actualmente, después de haber vivido “el manspreading en toda su magnitud”, es fundadora y directora ejecutiva de DigitalFems.


A todos los que navegamos por Internet nos resultan familiares los captchas. Son pequeñas pruebas para demostrar que somos una persona y no un bot. Pueden ser varias imágenes en las que tenemos que pinchar, por ejemplo, en las que aparece un autobús o un tractor; a veces es una pieza de un puzle que hay que colocar en su hueco; otras sencillamente nos piden marcar una casilla que pone “No soy un robot”.

El Mundial de Fútbol ha dejado algunos detalles que trascienden lo deportivo y dejan constancia de las imperfecciones humanas, incluso de algunas de sus actitudes patológicas.
Para conservar la financiación estadounidense en medio de la oleada de recortes iniciada el año pasado por el Gobierno de Donald Trump, muchas organizaciones que combaten el VIH tuvieron que elegir entre amoldarse a las nuevas reglas de Washington ―que limitan programas relacionados con diversidad e inclusión o servicios que, supuestamente, apoyen el aborto― o dejar de trabajar. Un nuevo estudio, publicado este martes por investigadores de la Fundación para la Investigación sobre el SIDA (amfAR) y otras instituciones en la antesala a la 26ª Conferencia Internacional sobre el SIDA, ha revelado que el 77% de los gobiernos, ONG y empresas que recibían recursos del PEPFAR, el Plan de Emergencia del Presidente de EE UU para el Alivio del Sida, recibieron órdenes de restringir sus actividades para cumplir con las nuevas políticas de EE UU. El resultado, según los investigadores, ha sido una respuesta al virus más limitada.
Es un mito fundacional clásico de la meritocracia: el garaje. Donde empezó todo, el epítome de lo humilde, una fábula del sueño americano. Esta historia es de esas, como los orígenes en cocheras de Microsoft o de Honda. Excepto porque no es un garaje, es un taller, y porque su cabecilla no es un joven emprendedor, tiene 74 años. Él es Avi Gus y es el cofundador de la marca de ropa urbana Salpi.
“Si pasas suficiente tiempo rodeado de gente muy rica hoy en día, la conclusión es evidente, antes la gente no tenía este aspecto porque, por naturaleza, no es posible tenerlo”, escribía hace unos días la periodista y escritora Amy Odell en una columna en The New York Times. En el texto resaltaba un hecho, cómo a los ultrarricos ya no solo no les preocupa esconder la evidencia de sus cirugías y tratamientos, sino que presumen de ellos. Esas intervenciones se han convertido en otra manera de ostentar riqueza: “El atractivo implícito de los tratamientos estéticos radica en que no se trata simplemente de verse ‘mejor’, de ‘arreglar’ algo (...) se trata, más bien, de disfrutar de un tipo particular de autocuidado basado en la experiencia, infinitamente personalizable y accesible únicamente para un grupo selecto”, apuntaba la escritora.
Si aceptamos que todas las islas del Caribe son diferentes, también podremos aceptar con paz que Trinidad es la más diferente de todas. Sus gobernantes han preferido, desde siempre, esnobear el turismo para volcarse en los hidrocarburos. Las playas infinitamente azules de otras islas —Tobago, por ejemplo— no existen aquí. Trinidad no deja de figurar en esa categoría, algo desairada, de las Antillas Menores, a la par con tropezones geográficos como Anguila, Dominica o Montserrat. Más aún: el Imperio español la llamó, con gran belleza, Trinidad de Barlovento, pero se discute si Trinidad pertenece a ese grupo conocido justamente como “islas de Barlovento” o si no es más bien, como pespunte sur del Caribe, una especie de estrambote o prolongación del continente.