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Por primera vez en años, siento que es maravilloso ser india. Justo cuando parecía no quedar ninguna esperanza, han aparecido: las jóvenes cucarachas que llegaron con la lluvia. Los descendientes de la unión profana entre un juez y un chiste.

Hay cosas que están presentes en todo verano que se precie: el olor a protector solar, el gazpacho, las sobremesas eternas en la terraza... y esa vela de citronela que muchos colocamos cuidadosamente en el centro de la mesa con la esperanza de mantener a raya a los mosquitos. Nadie recuerda quién la compró ni cuándo apareció por primera vez, pero ahí sigue, año tras año, como un miembro más de la familia. Y, año tras año, alguien -lamentablemente, suelo ser yo- termina acribillado.




Una red de hilos invisibles conecta a los directivos y consejeros de las grandes compañías españolas. El haber pasado por ciertas consultoras empresariales de élite, escuelas de negocios o puestos de la Administración abre más puertas que cualquier agencia de cazatalentos. Abogados del Estado en excedencia en los consejos de administración de empresas del Ibex, exdirectivos de la firma McKinsey en los despachos más poderosos del sector financiero y antiguos alumnos de Icade o del IESE ocupando puestos relevantes en multinacionales muestran esa red de influencias —tan sutil como tenaz— que se ha ido tejiendo en las élites empresariales.
La formación de las élites económicas y administrativas sigue patrones distintos según los países, pero en todos los casos existe una combinación de mérito académico, redes de contactos y mecanismos de selección social. Francia representa el ejemplo más acabado de un sistema de reproducción de élites a través de instituciones educativas específicas. Durante décadas, la École Nationale d'Administration (ENA), clausurada en 2022 y sustituida por el Institut National du Service Public, y la École Polytechnique actuaron como auténticas canteras de la alta función pública y de la dirección empresarial. De sus aulas han salido presidentes de la República, ministros, altos funcionarios y dirigentes de algunas de las mayores empresas del país. La singularidad francesa radica en la estrecha conexión entre Estado y grandes empresas. Muchos graduados de estas grandes écoles comienzan su carrera en la Administración y más tarde pasan a ocupar puestos de responsabilidad en grupos industriales, energéticos o financieros. Grupos como AXA, Société Générale, BNP Paribas, Carrefour, Orange o Vivendi han tenido como máximos directivos a personas formadas en estas escuelas.
Este fenómeno ha llevado a numerosos sociólogos e historiadores a describir estas instituciones como una suerte de "nobleza de Estado" o "nobleza funcionarial": una élite legitimada por exámenes competitivos y el rendimiento académico, pero que al mismo tiempo concentra una parte importante de las posiciones de poder. El sociólogo y profesor de Economía Andrés Villena considera "natural" que cada país cree sistemas específicos para acceder al poder, "como una de herramienta para garantizar la pervivencia del Estado". Según explica, "los primeros en desarrollar estos métodos de selección de élites fueron los chinos, con la figura de los mandarines hace 15 siglos".
En el Reino Unido, la lógica es diferente, aunque también existe una fuerte concentración. Las universidades de Oxford y Cambridge, conocidas conjuntamente como Oxbridge, siguen desempeñando un papel central en la formación de las élites políticas, jurídicas y empresariales. Su influencia se ve reforzada por la tradición de los colegios privados de prestigio, como Eton o Winchester, que sirven con frecuencia como antesala de las universidades más selectivas. A diferencia de Francia, donde el Estado ocupa una posición central, el modelo británico está más vinculado al peso de las finanzas, las profesiones liberales y las redes sociales construidas durante la formación. En Alemania, las élites económicas proceden con frecuencia de universidades técnicas, escuelas de ingeniería y de un sistema de formación profesional muy desarrollado. El acceso a la dirección empresarial suele estar menos concentrado en un pequeño grupo de instituciones.
Estados Unidos presenta una estructura más abierta y descentralizada, aunque no por ello menos jerárquica. Universidades como Harvard, Stanford, Princeton, Yale o el MIT mantienen una influencia considerable en las firmas de Wall Street, las empresas tecnológicas de Silicon Valley y las grandes corporaciones. Sin embargo, el emprendimiento y la movilidad geográfica permiten trayectorias más diversas que en Europa.
Después de dos libros de no-ficción acerca de su estrecha relación con el alcohol y una novela con el corazón como protagonista, Sofía Balbuena (Buenos Aires, Argentina, 1984) acaba de publicar su primer libro de cuentos, Personaje secundario (Páginas de Espuma). Y, como se dice coloquialmente, ha caído de pie porque con él ha ganado el IX Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve. Los cinco relatos que componen el volumen están protagonizados por mujeres en diferentes momentos vitales pero que están unidas entre sí por el hilo invisible de la incertidumbre. El amor, el sexo, la condición de migrante, la clase social o la maternidad son algunos de los temas que la autora toca con maestría.
A todas las personas que no quieren subirse en ningún tren de actividad estos días. A todas las que han pagado una fortuna por los billetes de avión a un paraíso muy lejano y se dan cuenta, ya en el aeropuerto, de que hay demasiadas maletas, demasiada gente, demasiada comida desperdiciada en las bandejas. A quienes sienten que nos organizamos cada vez mejor para dar una patada al planeta cada vez más fuerte. A quienes les duele el golpe. A los que llegan al destino todavía ilusionados y se encuentran en un rincón del Mediterráneo rodeados de cientos de tiendas idénticas cargadas de los mismos souvenirs de aeropuerto que acaban de dejar atrás. A los que no se rinden y buscan esa foto que justifique todo el esfuerzo y el gasto y las depilaciones y la crema solar protectora que nos recuerda que todo da cáncer, hasta el mismo sol, hasta respirar da cáncer. A quienes suben esa foto que confirma lo que más temían, que las vacaciones ya no sirven para descansar sino para demostrar que has descansado. También a quienes anuncian en Instagram que se cogen unos días, a quienes aseguran que la desconexión es el nuevo lujo e informan de sus escasos días libres de redes como si fueran trabajadores del scroll infinito, tal vez esclavos si es que nadie paga por su trabajo. A todas las poblaciones locales que no pueden alquilar una casa en su tierra porque algún veraneante pagará más por estar menos. A todos los que decidieron salir corriendo de sus ciudades y están parados en medio de no sé qué restaurante o no sé qué parking o no sé qué carretera porque el descanso en 2026 se choca con el muro de la logística. A todos los refugiados climáticos que ya no buscan dónde ir de vacaciones sino dónde queda una esquina para respirar. A mi amigo Rafa, que va a pasarse todo agosto esperando unos pulmones compatibles con una segunda oportunidad para vivir. A todas las personas a quienes la enfermedad les interrumpió la vida este verano. A quienes se enfrentan a un vacío difícil de llenar porque tienen un agujero que solo se puede tapar con un sentido que ya no encuentran. A quienes saben que el sentido a veces coge vacaciones. A todas las parejas que tuvieron la última discusión con este calor y a quienes aún no la han tenido pero la tendrán, a todos los que van a cumplir con la estadística del desamor estival. A aquellos que regresan al mismo mar de todos sus veranos para encontrarse con los niños que fueron en la orilla. Y a quienes se han dado cuenta de que el mar ya no es el mismo de aquellos veranos porque la temperatura ha subido como dos grados y el niño está febril y el mundo enfermo. A todos los que saben que cuando se interrumpe el sentido es obligatorio inventarse uno nuevo, una vida nueva, un verano nuevo. A los valientes que siguen intentándolo. A quienes se animan a tener una buena conversación debajo de un árbol o de una estrella porque saben que nada es tan fascinante ni da tanto miedo ni tanto placer ni nos lleva tan lejos como acercarse a otro ser humano. A los que se atrevieron a hacerlo un verano que aún recuerdan y volverán a hacerlo un verano más. A todos los que leyeron hasta aquí. Vuelvo en septiembre.
Hace unas semanas, en el barrio de Almagro, en pleno distrito madrileño de Chamberí, se vendió una vivienda de 500 metros cuadrados por cuatro millones de euros. Su propietario era un personaje público, “una persona muy conocida del mundo de la cultura y la televisión”, cuenta sin dar muchos más detalles Manuel Garzón, director del departamento de Grandes Clientes de la agencia de lujo Gilmar. La operación fue confidencial. La casa nunca apareció anunciada en los portales inmobiliarios y los nombres del vendedor y del comprador permanecen ocultos por contrato.