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Con más de 90 años, Aurora Granell prefería el autobús para desplazarse hasta su cafetería habitual del centro de València. Al regresar, cuando escuchaba por megafonía que la próxima parada era Amado Granell, susurraba emocionada: “Mon pare”. Aurora, que falleció este mes de marzo a los 95 años de edad, era hija del primer soldado aliado que entró en el París ocupado por los nazis. Aquel hito histórico ocurrió el 24 de agosto de 1944. Amado, nacido en Borriana en 1898 i fallecido en Sueca en 1972, era un republicano exiliado, integrante de la mítica compañía La Nueve, perteneciente a la División Leclerc.


Un análisis de los 65 bancos más grandes del mundo revela un notable incremento de la financiación de la industria de los combustibles fósiles por parte de estas entidades. A pesar de ser los principales responsables del cambio climático y de que la ciencia apunta a la necesidad de desengancharse del carbón, el petróleo y el gas, el pasado año estas 65 entidades aumentaron la apuesta por ese sector: la financiación aumentó un 8% respecto a 2024, hasta alcanzar los 906.000 millones de dólares, según el informe Banking on Climate Chaos.
“Recuerdo las pateras. No digo ver una, pero sí a los primeros niños que vinieron en ellas y que entraron a clase en el cole de Níjar. Entonces se introdujo la palabra patera en nuestras vidas. La primera fue una niña, luego llegaron más. No sabían castellano, acababan de llegar de Marruecos, estaban en situaciones complicadas. No hablábamos el mismo idioma y los metían en clase. Recuerdo la segregación. El racismo en el recreo. Y recuerdo, en ese recreo, intentar acercarme a esta primera niña, intentar jugar con ella. Nunca se llegaron a integrar con el resto. Pero eso me pasaba a mí también. Yo entendía ese sentimiento de que no perteneces. Imagino que ahí se conectó algo”.

En 2022, el madrileño Gabriel Plaza culminó su brillantísimo Bachillerato con un 10 redondo en la Selectividad, una nota que llamó mucho la atención de los medios. El alumno perfecto no quería ser ingeniero o médico, sino graduarse en Filología Clásica, a la que se accede con un cinco. Las redes se llenaron de muchos mensajes elogiosos y unas cuantas descalificaciones de quienes consideran que alguien sobresaliente debe renunciar a la vocación y llenarse los bolsillos. Durante dos días, se abrió un debate público sobre la vocación frente a las salidas laborales o el valor de las humanidades.


Si te llamas Osasuwen o Iyenguwena, tu madre vino a España con 14 años desde Nigeria y has nacido y te has criado en las Tres Mil Viviendas de Sevilla, el barrio más pobre de España, el guion con el que se trazaría tu destino no incluiría empezar una carrera universitaria de Ingeniería de Organización Industrial o de Administración de Empresas. Pero si la prioridad de tu progenitora es brindar a sus hijas la mejor educación posible, como garantía de superación, y entre sus premisas está la de no desfallecer ante cualquier adversidad, se llame racismo o estigma social, el giro argumental es obligado. María Moses y sus gemelas, Osasuwen (Osa) e Iyenguwena (Iyen), de 18 años, se sienten orgullosas por no haberse resignado a vivir conforme a las expectativas minúsculas que a priori se les podían presentar en un entorno de exclusión y vulnerabilidad. Están escribiendo su propia historia, aunque aún les quedan muchos más prejuicios por romper.

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) generativa ha puesto en guardia a los creadores de contenidos. Para que estos modelos funcionen, deben ingestar extensísimas bases de datos con todo tipo de documentos. A ese material se le aplican algoritmos que establecen patrones. Esa es la llamada fase de entrenamiento. Editores, traductores, ilustradores y actores de doblaje, entre otros, consideran injusto que empresas como OpenAI (desarrolladora de ChatGPT o DallE), Anthropic (Claude) o Microsoft (Copilot) estén lucrándose de sus creaciones sin haber pagado derechos de autor.
Durante años, Attahiru Bala, un profesional de la salud en la zona rural de Bwen, en Nigeria, siguió una estricta rutina diaria para asegurarse de que sus linternas frontales y lámparas de pie permanecieran completamente cargadas para estar preparado ante emergencias nocturnas. En este pequeño pueblo de la región de Baruten, al norte del país africano, no hubo suministro de electricidad hasta hace tres años, cuando una compañía comenzó a instalar una microrred de energía solar. Un año antes de que se hiciera la luz en Bwen, Bala vivió una noche infernal. “Tuve una emergencia para atender un parto por la noche, pero olvidé que no había cargado mis lámparas”, narra.