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Vive en Madrid desde hace muchos años, pero Úbeda, su pueblo, su gente, son la parte esencial del recuerdo de Antonio Muñoz Molina, que ahora tiene 70 años y es académico de la Lengua, premiado muchas veces por su literatura. Escribe en este periódico desde muy temprano, cuando era un muchacho que envió a Juan Luis Cebrián, el primer director, un artículo que no se publicó hasta que el autor protestó por la tardanza. Desde entonces, con altibajos, ha sido colaborador habitual de este diario en el que ahora, como su mujer, Elvira Lindo, es columnista habitual. Sus colaboraciones de los sábados en las páginas de Opinión inciden en el momento actual de la vida, de España, del mundo. Esta conversación, cuando el periódico en el que escribe cumple 50 años, es un reflejo del modo de pensar del autor, de su sosiego, de su compromiso y de su rabia. Desde el principio de la entrevista, Muñoz Molina advierte la naturaleza de lo que ahora ocurre con nuestro oficio, contra el que conspiran las fuerzas más poderosas.
Héctor Gómez, 17 años, alto, delgado, 1,80 metros, viste una camiseta del equipo de fútbol del Paris Saint-Germain (más por imagen que por convicción). Tiene el pelo negro, con un corte que semeja al que llevaba hace tiempo el delantero del Barcelona Lamine Yamal; a su lado, descansa una mochila oscura de una marca que fue una diosa en la mitología. Es un gran estudiante, llegará a la EBAU —del 1 al 4 de junio— con una media de nueve sobre 10. Quiere ser ingeniero industrial P.A.R.S —grado de corte en la Universidad Politécnica de Madrid 2025/2026: 13,525, está vinculado con el máster—. Se ha formado en el colegio privado madrileño Ramón y Cajal. Desde luego, maneja la física básica. El tiempo es la relación entre la distancia y la velocidad. Quizá esa variable es la más importante para miles de chicos que se examinan en pocas semanas de la Selectividad (oficialmente, Prueba de Acceso a la Universidad, PAU) que quieren obtener el mayor partido al tic-tac del reloj. ¿Cómo hacerlo? Alumnos, profesores, neurocientíficos, psicólogos, expertos relatan la forma de apurar con éxito esas horas cada vez más finitas.
Es Europa, es Asia. Es Estambul, bulliciosa y ecléctica, ciudad turca que huele a café, especias y humo. Por sus calles aún perdura el sabor de lo que fue el imperio bizantino, Constantinopla y todas las capas de sus 2.600 años de historia, que se mezclan con las propuestas de arte contemporáneo que aparecen en los rincones más insospechados de la ciudad del Bósforo. Este es un recorrido más allá de sus atractivos turísticos clásicos.
Frente a libros trufados de autojustificaciones de elegantísima petulancia y sobreactuada equidistancia —pienso en La justicia amenazada, de Manuel Marchena—, el periodista Rafael Méndez practica la humildad descriptiva y conjetural de quien ha empezado a aprender algo y sabe que le faltan dos tercios del océano por explorar. Pero en lugar de esperar pacientemente a la era postantropocena para publicar sus hallazgos prefiere hacer camino al andar, como el otro santo varón, y hablar cuanto antes “de lo que no se habla”, como dice literalmente. Pese a la evidente exageración del título, que toma prestado de un artículo de Xavier Vidal-Folch, Los dueños del Estado ofrece múltiples argumentos para que el rótulo no sea solo un eslogan de márketing editorial sino un lujo genuinamente democrático.
