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La industria del alcohol lleva años queriendo vender que la cerveza baja el colesterol, es beneficiosa para la salud cardiovascular, aumenta la fertilidad masculina o puede proteger la salud ósea, según diferentes estudios patrocinados por entidades creadas por –sorpresa– la misma industria. El último de estos intentos es una campaña publicitaria que vincula de nuevo el consumo de cerveza con la salud, por la que la Asociación de Usuarios de la Comunicación (AUC) ha denunciado a Cerveceros de España.
La polémica campaña, además de insistir en el bienestar social y la responsabilidad individual, vincula la cerveza con la dieta mediterránea. Persigue su aura —igual que muchos productos alimenticios insanos y bebidas destiladas de alta graduación alcohólica, por cierto— porque es un eslogan cuyo uso no está sujeto a la legislación alimentaria. Esto es: se trata de una expresión vacía que a la gente le suena bien, tiene buena prensa y, además, sale gratis. Lo que se pretende es que tomarse una cerveza quede enmarcado en un estilo de vida que incluye el disfrute colectivo y el consumo equilibrado y saludable.
Estas ideas también se han utilizado (y utilizan) como reclamo para el vino, una bebida que sí forma parte de esta dieta y que, a la luz de la evidencia científica actual, es su punto más débil. Sin embargo, la cerveza no está incluida. Aunque Cerveceros de España señala que sí en su Informe de 2024, el artículo académico en que se basa para afirmarlo no menciona ni una vez esta bebida. Al contrario: documenta con claridad el “consumo moderado de alcohol, principalmente vino, durante las comidas”, y solo hay una línea, una mención genérica donde se lee “otras bebidas fermentadas”, que bien podrían ser kéfir, kombucha o sidra, porque no se detalla cuáles son.
A su vez, basta una somera revisión de los postulados mediterráneos originales –el famoso estudio de los 7 países y las dos obras divulgativas escritas por el padre putativo del tema mediterráneo, Ancel Keys, junto a su esposa, Margaret Haney–, para darse cuenta que la palabra “cerveza” es tratada más como ejemplo de antimediterraneidad que otra cosa. Es más, en el último libro del matrimonio Keys, publicado en 1975 y traducido al español por la Fundación Dieta Mediterránea, la cerveza aparece mencionada pocas veces y en situaciones algo curiosas. Por ejemplo, para comentar que las botellas de cerveza vacías se emplean en los países mediterráneos para embotar conservas de tomate casera, o para hacer saber que la bebían los leñadores finlandeses después de una sesión de sauna, acompañada con una tostada de pan untada con una capa de mantequilla de un centímetro de grosor.
“Llegaré hasta donde haga falta”, advierte Isaac Mayoral, padre de un niño con síndrome de down de ocho años excluido de una excursión escolar en Talavera de la Reina (Toledo) por no contar con personal de apoyo suficiente para hacerse cargo del cambio de pañal. El viaje era a Micropolix, en Alcobendas (Madrid), y tuvo lugar el pasado 5 de marzo, pero el pequeño, alumno del CEIP Hernán Cortes desde la etapa de infantil, se quedó en tierra. Un mes antes, el 4 de febrero, se le dijo a la familia que el único auxiliar educativo (ATE) del centro no podría acompañar a su hijo. El colegio cuenta con ocho alumnos con este apoyo reconocido, cuatro de ellos sin control de esfínteres. Si el ATE viajaba con el niño ese día, el resto se quedaba sin esa asistencia y el profesorado, cuentan fuentes cercanas al centro, no está obligado a asumir esta labor.