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En la tercera temporada de ‘Euphoria’ el personaje que encarna la voluputosa y siempre ligeramente polémica Sydney Sweeney, Cassie, no solo inicia un OnlyFans desde su dormitorio de estilo tradwife de los años cincuenta. Además, se casa con Nate Jacobs, ese personaje encarnado por Jacob Elordi que representa al bro posesivo pero irrestible con el que secretamente todas sueñan. Este enlace abocado al fracaso desde el inicio es, a pesar de todo, uno de los grandes acontecimientos estéticos -fuera y dentro de la pantalla- de esta primavera. Los creadores de la serie lo saben y por eso han echado el resto en la creación de un vestido de novia que tenía que dar que hablar por todas las razones posibles. Una de ellas es, por supuesto, un escote balcón desacomplejado y dramático que deja ver esos pechos por lo que Sweeney hay dicho en múltiples ocasiones que no piensa pedir perdón. Entre las demás razones que han sostenido la expectación y viralidad del instante está también el morbo de ver a Elordi haciendo votos en un altar.
El pequeño juzgado del edificio Ronald V. Dellums, donde se imparte justicia en la localidad de Oakland (California, 440.000 habitantes), frente a San Francisco, se va a convertir en las próximas semanas en el bullicioso epicentro de las miradas del mundo tecnológico global. En ese tranquilo edificio se va a juzgar uno de los casos del año: el que enfrenta y hará pasar por el estrado a los todopoderosos, ricos e incluso ya personajes famosos Sam Altman, el multimillonario presidente ejecutivo de OpenIA, y al empresario Elon Musk, el hombre más rico del planeta. En liza: el futuro de la empresa que revolucionó el concepto de inteligencia artificial, OpenAI. Y también muchos dólares en juego: 150.000 millones, concretamente (unos 130.000 millones de euros).

Neil Armstrong dio un pequeño paso, y un saltito, para pisar la Luna y plantar una bandera, y todo el mundo habla de él, y es el héroe de los niños, pero, solo unos segundos después, también bajó Buzz Aldrin del Apolo XI para saludar a los selenitas. De él se habló menos, como también rodea cierto silencio a la figura esbeltísima (1,86m, 59 kilos) de Yomif Kejelcha, que acompañó a Sabastian Sawe el domingo hasta la última milla del maratón de Londres y también, como el keniano que grabó en sus zapatillas blancas 1:59.30, llegó a la Luna de las dos horas, solo 11 segundos después.

Mariana Mazzucato es una polvorilla. La economista italo-americana (nacida en Roma hace 57 años, criada en Estados Unidos y afincada en Londres) forma parte de ese grupo de reputados académicos progresistas que ejercen una oposición desacomplejada al neoliberalismo y al trumpismo posterior a este, pero lo hace sin afectación ni solemnidad. Habla con pasión y optimismo de otra forma de hacer y ver la economía. Mazzucato, profesora de la University College of London, defiende el papel innovador del sector público y pone como ejemplo idóneo de colaboración público-privada la primera misión a la luna ideada por Kennedy, ahora tan de actualidad. Su obra escrita es vibrante y títulos como El Estado Emprendedor o Misión Economía (editados por Taurus en España) dan buena cuenta de ello. En esta entrevista, concedida en el marco de la Global Progressive Mobilisation (GPM) en Barcelona, está exultante por la creación de un Consejo Global para una Economía del Bien Común junto al Gobierno español. Sin embargo, aborda el impacto estructural de la era Trump en la economía mundial con menos euforia.
Han pasado cuatro meses desde que Chiedza (nombre ficticio), de 33 años, regresó a Zimbabue desde Myanmar, donde fue víctima de trata de personas, pero su trauma sigue muy vivo. Como miles de zimbabuenses obligados por las dificultades económicas, esta madre soltera de dos hijos migró al sudeste asiático en noviembre de 2024, creyendo que había encontrado un empleo en Tailandia, pero acabó en manos de una red criminal en Myanmar. Le quitaron el pasaporte para evitar que huyera y la obligaron a realizar estafas por internet en Shwe Kokko, una ciudad conocida por la concentración de este tipo de crímenes.
El sueño de la infancia de Estel Blay Carreras (Manresa, 39 años) era convertirse en astronauta. Más de la mitad de las niñas que tienen la ambición de dedicarse a las ciencias desisten en la adolescencia, pero no fue su caso, que convirtió una fantasía en un plan de futuro profesional. Se formó en Ciencia Aeroespacial, se doctoró, tuvo varios trabajos. Hoy, esta mujer, que vive en un barrio residencial de Sitges con su familia y dos hámsteres, que nos recibe con una sonrisa y en calcetines, que tiene un estilo de vida aparentemente convencional, en poco más de un año será la próxima comandante de una misión que simulará, en una isla remota del Ártico, una expedición a Marte.
Hay una conversación que se repite desde hace años en foros como Reddit o Forocoches. Alguien tiene ganas de hacer algo —acudir a un concierto, empezar a practicar determinado deporte o probar la comida libanesa— pero no se decide porque no tiene quien lo acompañe. Entonces cuelga un post en el que pide consejo, porque teme acabar como un usuario que fue a una fiesta donde pinchaban su música favorita y terminó agobiado. Es un mensaje real: “Me siento fuera de lugar porque estoy solo y todo el mundo está con amigos. ¿Qué hago? No quiero parecer un bicho raro o dar mala espina. Creo que todo el mundo me está mirando”.
¿Quién se atrevería a adivinar que tras décadas de horror se iba a topar con algo tan puro, libre y sereno a la vez? Entre las montañas más remotas de los Balcanes, el parque nacional de Sutjeska respira una calma que no entiende de estaciones ni de nostalgias. Al sur de Bosnia y Herzegovina, casi en la frontera con Montenegro, a este territorio de valles profundos, bosques centenarios y cumbres que rozan el cielo se le conoce como “el pulmón del país”. Y no solo por su aire limpio: también por la fuerza vital que emana de un escenario donde la naturaleza ha resistido a guerras, dictaduras y olvidos.