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Son las 12.30 de un domingo y los pasillos de la academia de flamenco Amor de Dios, en pleno centro de Madrid, se parecen bastante a esas hileras nerviosas donde las hormigas se cruzan a lo loco sin chocarse nunca. Siempre hay gente en Amor de Dios, pero hoy huele a muchedumbre y un poco también a fervor. Imparte clase Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito para los amigos… del duende. O lo que es igual, el bailaor que muchos de los que saben de esto sitúan en la estirpe de los dioses del zapato veloz: Faíco, Farruco, Gades y él. Y eso, a pesar de que el interesado se encarga de rebajar la épica en torno a su nombre: “Yo nunca he sentido o he creído que haya estado dotado para bailar. Dudé muchísimas veces en el camino de si lo hacía bien o no, y sigo dudando. Cada día me levanto como si fuera un principiante, y creo que es algo sano, porque he conocido a otros compañeros a los que les ha jugado malas pasadas el hecho de pensar que ya habían llegado a la cima. Creo que me aburriría y me hartaría de llorar si un día sintiera que ya ha llegado. Ese día me quitaría de bailar por respeto a mí mismo y al público, sobre todo”.
Galicia tiene un legado textil preindustrial en torno al lino que no todo el mundo conoce, ni siquiera gallegos que generacionalmente están bastante cerca. A su prestigio actual en el ámbito de la moda, le precede un pasado en el que durante siglos, y hasta algo más de la mitad del XX, existió una producción doméstica para autoconsumo llevada a cabo por mujeres en el medio rural, en la que unas se encargaban de sembrar el lino, procesarlo e hilarlo para que otras pudieran tejer ropa de vestir o de hogar, algunas de ellas piezas con un alto valor artístico y creativo.
Si usas tu móvil desde hace unos años, probablemente te haya pasado en más de una ocasión: aparece un aviso diciendo que el almacenamiento está lleno. Fotos, vídeos, copias de seguridad de WhatsApp o archivos del trabajo terminan saturando rápidamente el espacio gratuito de servicios como Google Drive o iCloud. En ese momento llega la pregunta inevitable: ¿merece la pena pagar por almacenamiento en la nube?