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Si te llamas Osasuwen o Iyenguwena, tu madre vino a España con 14 años desde Nigeria y has nacido y te has criado en las Tres Mil Viviendas de Sevilla, el barrio más pobre de España, el guion con el que se trazaría tu destino no incluiría empezar una carrera universitaria de Ingeniería de Organización Industrial o de Administración de Empresas. Pero si la prioridad de tu progenitora es brindar a sus hijas la mejor educación posible, como garantía de superación, y entre sus premisas está la de no desfallecer ante cualquier adversidad, se llame racismo o estigma social, el giro argumental es obligado. María Moses y sus gemelas, Osasuwen (Osa) e Iyenguwena (Iyen), de 18 años, se sienten orgullosas por no haberse resignado a vivir conforme a las expectativas minúsculas que a priori se les podían presentar en un entorno de exclusión y vulnerabilidad. Están escribiendo su propia historia, aunque aún les quedan muchos más prejuicios por romper.

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) generativa ha puesto en guardia a los creadores de contenidos. Para que estos modelos funcionen, deben ingestar extensísimas bases de datos con todo tipo de documentos. A ese material se le aplican algoritmos que establecen patrones. Esa es la llamada fase de entrenamiento. Editores, traductores, ilustradores y actores de doblaje, entre otros, consideran injusto que empresas como OpenAI (desarrolladora de ChatGPT o DallE), Anthropic (Claude) o Microsoft (Copilot) estén lucrándose de sus creaciones sin haber pagado derechos de autor.
Durante años, Attahiru Bala, un profesional de la salud en la zona rural de Bwen, en Nigeria, siguió una estricta rutina diaria para asegurarse de que sus linternas frontales y lámparas de pie permanecieran completamente cargadas para estar preparado ante emergencias nocturnas. En este pequeño pueblo de la región de Baruten, al norte del país africano, no hubo suministro de electricidad hasta hace tres años, cuando una compañía comenzó a instalar una microrred de energía solar. Un año antes de que se hiciera la luz en Bwen, Bala vivió una noche infernal. “Tuve una emergencia para atender un parto por la noche, pero olvidé que no había cargado mis lámparas”, narra.
En la librería A. Jullien, que presume de ser la más antigua de Ginebra (data de 1839), no tienen libros de Jorge Luis Borges. El hombre que atiende tras el mostrador así me lo confirma, y se encoge de hombros cuando le digo que me resulta extraño que no tengan a la venta un solo título de quien fue, al fin y al cabo, uno de sus clientes más ilustres. Sonríe dándome a entender que es lo que hay, y salgo de nuevo a la calle en busca de unas huellas diluidas en el tiempo. Es como si Ginebra, la ciudad en la que el escritor aseguraba ser “extrañamente feliz” y donde falleció el 14 de junio de 1986, quisiera concederle a título póstumo esa invisibilidad que tanto anheló en el último tramo de su vida. Aquí están su tumba y una placa que señala el lugar de su agonía, y también una calle secundaria y poco estimulante que lleva su nombre en el barrio de Saint-Jean, casi pegada al Ródano. No son pocos recordatorios, si se piensa, pero uno siente que cabría alguno más, teniendo en cuenta la relación que vinculó al autor argentino con estas calles y que acaso influyó en su obra más de lo que pueda parecer a simple vista.
En este ensayo breve y contundente, la periodista e historiadora tunecina Sophie Bessis (1947), especializada en las relaciones norte-sur y en la condición de la mujer en África y el mundo árabe, traza la historia de una falsificación: la de la popularización del término “civilización judeocristiana”.

Será por el k-pop, por el cine o simplemente porque está buenísima, pero la cocina de Corea ha pasado de ser casi desconocida en España a tener una importante presencia en muchas ciudades. Mientras la oferta de restaurantes coreanos crece, no está de más aprender a preparar en casa algunas recetas fáciles de ese país que no requieran demasiados ingredientes exóticos (o que si requieren alguno, sea fácil de encontrar en tiendas de productos asiáticos).

Échale la culpa a su exuberante huerta, al Mediterráneo o a la habilidad de los locales con la cocina, pero pocas regiones cuentan con un repertorio culinario tan espléndido como el de Murcia. La cantidad de platos tradicionales incontestablemente deliciosos sorprende en una comunidad autónoma de una sola provincia, y uno no se acaba de explicar por qué muchas de sus especialidades no son demasiado conocidas fuera de sus fronteras.




