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La Casa del Rey ha querido revestir de una total normalidad el primer día de la Princesa de Asturias como universitaria, aunque solo lo ha logrado a medias. Una riada de periodistas y cámaras de más de 50 medios han seguido los pasos de Leonor de Borbón Ortiz hasta la puerta del edificio 9, el de su aula, en la Universidad Carlos III de Madrid. La prensa estaba advertida de que no podría franquearla para preservar su privacidad y la del resto de alumnos. Los próximos cuatro años, tras tres de formación en las Fuerzas Armadas, cursará el grado de Ciencias Políticas en apariencia sin los privilegios que se formularon para el actual Rey en la Universidad Autónoma de Madrid (1988-1993), y que este periódico relató en sus primeros días de clase.
La señora Shuurai Oyunchimeg da la bienvenida a la yurta con un pequeño cuenco de leche cogido con las dos manos. Y señal de agradecimiento y respeto es beber un sorbito de ese símbolo de pureza tomando el recipiente también con las dos manos, cuentan algunos que para demostrar que llegas desarmado, sin cuchillos ni arcos. Pasa el agosto instalada junto a su familia en alguna coordenada de la provincia de Töv, en Mongolia, donde se llega después de unas cuatro horas de furgoneta por abruptas pistas de tierra, a través de una imponente estepa. Ella es una de los 500 millones de pastores que viven unidos a la tierra y el ganado en el mundo. Y se enfrenta a un suelo cada vez más degradado, ya sea por el cambio climático, la sobreexplotación, la contaminación de las tierras y las fuentes de agua, las políticas laxas o su mal uso.
La visita ha sido facilitada por el Gobierno de Mongolia para los periodistas que cubren la COP17. EL PAÍS ha sido ganador de una de las seis Becas para Reporterismo concedidas por la UNCCD para esta cumbre.
Ningún organismo de la Tierra es estéril. Todos los sistemas vivos, desde el suelo y las plantas hasta el agua y los seres humanos, están repletos de bacterias, hongos, microalgas y otras formas de vida microscópicas. Juntos, forman ecosistemas complejos conocidos como “microbiomas”.
Algún día no lejano, participar en un concierto, levantar una pancarta en una manifestación o ir a un estadio para ver un partido podría convertirse, con la ayuda de la inteligencia artificial, en una oportunidad de vigilancia masiva e identificación colectiva por parte del gobierno de turno. Parece un escenario distópico digno de una dictadura, pero es el camino que ha emprendido Europa con las tecnologías de reconocimiento facial, que cada vez más países están utilizando. E Italia lleva la delantera.
Hay en la región austriaca de Salzkammergut una expresión popular que los vecinos emplean para expresar que todo está “simplemente bien”: “Alles gschmah”. Esta viene a definir ese estado en el que todo fluye de manera natural, en el que cada elemento tiene su propio ritmo, en el que la vida, aunque solo sea por un instante, puede concebirse como relajada y serena.
Hace tres años, el presidente no ejecutivo de la empresa navarra Azkoyen, Juan José Suárez, explicaba en una larga charla con este periódico que uno de los rasgos de su compañía era lo bien armado que estaba su consejo de administración, cuyos miembros representan alrededor del 50% del capital. La estabilidad de los mayores accionistas ha sido, con el paso de los años, sello de la casa en una firma que da bastantes alegrías y casi ningún disgusto a sus propietarios. Las acciones apenas se mueven (tiene un 22% de free float), en especial las del mayor accionista, Inverlasa, el grupo del multimillonario y discreto matrimonio formado por Víctor Ruiz y Rosario Lafita. En el consejo están representados por su hija Ana junto con Juan José Suárez y Rodrigo Unceta, estos últimos trabajadores del holding. Su posición, del 29,6%, hace tiempo que los sitúa al borde de la opa.

Podría ser una novela eterna y en parte se le acerca, porque suma casi 700 páginas. Pero es que La piel hembra (Barrett en España, Alfaguara en América Latina) es como las casas, todo es poco si queremos disfrutar a lo grande, si necesitamos zonas para dormir, comer, pero también descansar, salir al jardín, tomar el sol y hasta perder el tiempo. La nueva novela de Elaine Vilar Madruga no es, por ello, un apartamento justito para apañarnos en medio de la ciudad, sino una hacienda entera en la que perdernos por el gusto de abrazar y ampliar temas y personajes que ella va sembrando, soltando y retomando en el momento justo, a medida que avanza la historia y cuando ya los echábamos de menos.








