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En el pueblo de Cenicientos todo el mundo sabe que su alcalde era militar. “No lo era, lo soy y lo seré siempre. El día que me muera me enterrarán con el uniforme puesto”, asegura Jerónimo López, de 65 años. Eso ocurrirá algún día, pero no será hoy. Jero, como lo conocen sus vecinos, tiene antes que combatir un incendio y salvar muchas vidas.
“Madrid jugaba en una categoría inferior a la que le correspondía en Europa. Las grandes capitales europeas son París y Londres y luego hay otra división: Berlín, Milán, Ámsterdam… Madrid no estaba ahí. Entonces ha tenido la oportunidad de subir de golpe, de hacerse mayor de golpe. Eso es lo que creo que ha pasado. También ha influido mucho que las macrocifras del país van bien y dinero llama a dinero”, explica Andrés Rodríguez, sentado en el bar del vestíbulo de Forbes House, el club privado de cinco plantas, más azotea y sótano, del que es prácticamente todo: director, fundador e ideólogo. La pregunta a la que responde era: ¿qué ha tenido que pasar en Madrid para que, de repente, surjan como setas tantos clubes privados?
Los tres proyectos son distintos. Pero comparten una intuición. Madrid ya no se comporta como la ciudad abierta y relativamente igualitaria que fue durante décadas. O al menos no solo como eso. Siempre hubo clubes para la élite madrileña, pero el ocio transcurría mayoritariamente alrededor del bar, un lugar democrático y en principio abierto a cualquiera. Los nuevos clubes obedecen a la expansión de la élite y repiten su principio de exclusión. En Forbes existe un comité de admisión. En Vega, un proceso de selección. En Metrópolis las membresías se agotaron antes de abrir. Son lugares en los que es tan importante quién entra como a quién dejan fuera.
La idea original era entrar en un manicomio en los años setenta en la España franquista. Dejar la cámara rodando. Armar un cortometraje para “contar lo que había visto que había ahí”. Lo recuerda Jaime Chávarri (Madrid, 1943) una mañana de finales de junio en su piso de Malasaña. Se cumplen 50 años de El desencanto y el director accede a ver su legendaria película y charlar sobre ese documental que eludía en todo lo posible la narración que no viniera de boca de sus protagonistas, que carecía de guion mientras se rodaba y que ofrece un retrato fascinante de una familia peculiar, culta, insólita y decadente. “No está hecha con ninguna intención ni mala, ni buena, de nadie. Es simplemente una película sobre lo que unos personajes cuentan. Hablan de sus heridas de una manera muy teatral, muy egocéntrica, muy diva, si se quiere. Eso mismo contado por otros no tendría el más mínimo interés”, afirma el director, jovial y elegante, dispuesto a desmitificar y a quitarse méritos.



En el huerto aprende uno que el límite de sus actos se corresponde con la extensión de su vida. Hay cosas que están en nuestra mano, y otras que no. Podemos poner el máximo esfuerzo y cuidado en sembrar y plantar a tiempo, pero una helada tardía o una tormenta de lo que aquí llaman “la piedra” acabará en un rato con el trabajo de semanas, y con la esperanza de la cosecha. No hablo en un plural filosófico: este nosotros abarca a las dos personas que compartimos las tareas de hortelanos, y si acaso también a los amigos y conocidos que cultivan sus parcelas, y con los que intercambiamos semillas, plantas, frutos, consejos que siempre tienen una inmediatez práctica. Los novatos aprendemos de los veteranos. Un refrán nos pone en nuestro lugar: “A labrador tonto, patatas gordas”. Un amigo de las rondas en el bar nos regala unos sacos de estiércol de caballo; otro, de estiércol de oveja. Las ovejas las cuidan unos pastores marroquíes que ya hacían el oficio en las estribaciones del Atlas. Alguien que tiene calefacción de leña en su casa nos hace entrega de unos sacos de excelente ceniza, que es muy buena para repeler a los caracoles, innumerables porque ya no los diezman estos inviernos que han dejado de ser fríos. La ceniza de la leña de almendro es de un blanco de nieve.
La primera vez que lloré en un museo fue con 17 años. Yo y mi amiga Cynthia habíamos ido al Reina Sofía para ver De donde no se vuelve, la exposición que recorría la trayectoria de Alberto García-Alix. Tengo muy mala memoria, pero aún puedo acordarme de algunas de las fotos que componían la pieza audiovisual que me emocionó. Había amigos muertos del fotógrafo, prostitutas, retratos suyos. De fondo sonaba la voz ronca y grave de García-Alix advirtiendo del poder de la fotografía como médium que “nos lleva al otro lado de la vida, de donde no se vuelve”.
Incluso las personas más comedidas en su gestualidad y en su oratoria ofrecían la sensación de estar borrachas de alegría después de la victoria de España en este Mundial planificado por dos gánsteres todopoderosos, ese Trump tan esperpéntico y grotesco como infinitamente dañino para cualquiera que posea ojos, oídos y al menos dos dedos de frente y su encantado y aséptico lacayo Infantino. Ambos intentaron pegarse como una lapa a la campeona buscando imposible protagonismo. Daba vergüenza. Y esa final ha sido degradante, sucia, asquerosa. Solo por parte de un equipo, del perdedor.

Cambio de tono en la estrategia del expresidente catalán Carles Puigdemont para reclamar una mayor celeridad en la aplicación plena de la ley de amnistía. El relato se quiere fijar ahora en las consecuencias económicas que puede tener para España no agilizar el perdón judicial de los encausados por el procés. La demanda de una posible reclamación compensatoria aflora tras haber denunciado ante la Comisión Europea las trabas que pone el Tribunal de Cuentas al carpetazo de la causa relacionada con la procedencia del dinero que se gastó para financiar el desafío independentista y el intento de referéndum de 2017. En ese escrito de denuncia presentado en Bruselas, Gonzalo Boye, que también actúa en representación de los exconsejeros Toni Comín y Lluís Puig, ya advierte al Tribunal Supremo de que tendrá que hacer frente a una indemnización por daños y perjuicios si persevera en demorar la amnistía a los políticos independentistas.

Cuando Rakshya Bam (26 años, Kailali, Nepal) vio que en las protestas de la generación Z de Madagascar ondeaban banderas de Nepal, comprendió que lo que había hecho su generación en Katmandú era histórico. Apenas unos días antes del estallido de las movilizaciones en la isla africana, en septiembre de 2025, las protestas iniciadas por jóvenes nacidos entre finales de los noventa y principios de los 2000 habían terminado con la caída del Gobierno de K. P. Sharma Oli. “En Madagascar utilizaron nuestra bandera como símbolo de rebelión. Pero, sin duda, nosotros también nos inspiramos en otros países. Seguimos esos movimientos en Bangladés e Indonesia. El mundo entero estaba sufriendo”, recuerda Bam, coordinadora del Nepal Gen Z Front, en una entrevista con EL PAÍS en la Conferencia de Sostenibilidad de Hamburgo, a la que fue invitada para participar en un panel sobre la movilización política juvenil. “Pero creo que ahora es el momento de hacer una pausa y reflexionar. Necesitamos paz ahora mismo, hemos visto demasiada destrucción”, agrega.
Cuando preparaba el documental Shoah, Claude Lanzmann se preguntó hasta el tormento por el desenlace del exterminio: “Siempre me han perseguido los últimos momentos de los condenados, los últimos instantes antes de la muerte. ¿Qué significaba esperar desnudo y congelado, entrar a una cámara de gas en Sobibor o Treblinka?”. Cuatro décadas después, el proyecto Memento Wien se hace ahora otra pregunta con la misma obsesión, y la sitúa en el mapa: ¿dónde comenzó todo?
Países Bajos, pionero en el mundo en la regulación de la eutanasia en 2002, apunta por primera vez un factor que puede contribuir a su aumento: las carencias del sistema sanitario. En particular, los problemas en la atención a casos complejos de salud mental y la falta de personal en la asistencia a domicilio a mayores y enfermos terminales. En los 24 años de vigencia de la ley, se ha pasado de 2.000 casos en 2003 a 10.000 en 2025, cuando supuso cerca del 6% del total de fallecimientos a escala nacional.