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El vínculo de Susanna Griso (Barcelona, 56 años) y Luis Enríquez Nistal comenzó hace dos décadas, pero hasta hace poco solo habían compartido una bonita amistad. Todo cambió en enero de 2025, cuando “se miraron de forma diferente” y comenzaron un noviazgo que tardó dos meses en ver la luz. “Lo que veis es lo que hay”, afirmó ella después de que la revista ¡Hola! publicase en marzo del año pasado las primeras imágenes de la pareja, paseando su amor por las calles de Madrid. Siete meses después de aquella confirmación, fueron también las revistas las que revelaron que la presentadora de Espejo público y el ejecutivo de medios de comunicación iban a pasar por el altar. Y ese día ha llegado. Este sábado 25 de julio, la pareja se da el “sí, quiero” en una boda que reunirá a más de 200 invitados en S’Agaró, en la Costa Brava.

El verano es, para muchos, una época de momentos vacacionales. Son días que están fuera de la rutina habitual y que así han sido desde la infancia. Días que pasar con amigos para recordar viejas anécdotas, con la pareja para vivir nuevas experiencias o con la familia para repetir lo de siempre. La relación paternofilial en vacaciones muestra una curiosa transformación a lo largo de las décadas: pasa de incluir a unos niños y adolescentes totalmente dependientes, a una igualdad de condiciones entre adultos y a una mayor dependencia de las personas mayores respecto a sus hijos. Hay muchos adultos independientes que siguen buscando compartir parte de sus vacaciones con sus padres, pero, ¿por qué?
Los ucranios llevan años demostrando al mundo su formidable capacidad de resistencia ante el expansionismo ruso, pero su fortaleza reside también en la vitalidad de su sociedad civil. Lo han vuelto a evidenciar este mes de julio con las movilizaciones contra la destitución del popular ministro de Defensa, Mijailo Fédorov. Las protestas han acabado forzando al presidente, Volodímir Zelenski, a aceptar un relevo en la cúpula militar. Y han dejado claro que, al contrario que en la Rusia de Vladímir Putin, en este país existen límites al poder político, y contrapoderes. El apego de la ciudadanía a la democracia, incluso en medio de una guerra que ha obligado a dejar en suspenso las elecciones, es un arma decisiva para Ucrania en su defensa ante la invasión.
Un cerdo perora a un cordero y a un gallo sobre su ideal de descanso: “No hay en esta vida miserable / gusto como tenderse a la bartola, / roncar bien y dejar rodar la bola”. En la ficción de esta fábula del siglo XVIII escrita por Tomás de Iriarte se simbolizaba de forma castiza un ideal material del descanso que yo con gusto quiero defender tres siglos después: sin ambages, descansar a la bartola.
Si hoy fuera sábado 25 de julio yo pensaría antes que nada que es el día de Santiago-y-Cierra-España, ese símbolo preclaro de la xenofobia, esa manera tan cristiana de querer matar a los que no lo son: prioridad nacional con aureola. Pero también podría averiguar que el 25 de julio de 1978 nació en Inglaterra Louise Brown, la primera bebé-probeta, o el de 1943 cayó el gobierno fascista de Benito Mussolini, o el de 1814 circuló la primera locomotora a vapor de George Stephenson y empezaron los trenes. Y recordar que el 25 de julio de 2015 llegué a Madrid desde Barcelona con ganas de instalarme.
El mundo sufre terribles conflictos bélicos. Tanto el ataque contra Ucrania como aquel contra Irán son guerras muy internacionalizadas. En el primer caso, decenas de países apoyan la resistencia de Kiev, y otros como Corea del Norte o Irán respaldan al agresor; en el segundo, hay varios países involucrados directamente, y otros de forma indirecta. Ello, sin embargo, no significa que nos hallemos en una guerra mundial, ni tampoco que estemos cerca de ella. Lo que sí en cambio afrontamos es algo que se va pareciendo a una guerra comercial mundial de intensidad mediana.
Son días extraños. Para quienes nos dedicamos a generar y consumir información, la velocidad que han adquirido los acontecimientos nos ha sometido a tal estrés que añoramos un verano o, en el peor de los casos, al menos un día entero sin noticias. Julián Casanova me hablaba hace unos días de la increíble aceleración de la historia. Vivimos en una centrifugadora donde es imposible relajarse y reestablecer de cuando en cuando ciertas coordenadas estables, las que todos necesitamos para orientarnos.
Había tantas cosas que hacer. Había que trepar al olivo y cosechar las aceitunas, había que cubrir las plantas para que no las estropearan las heladas, había que quitar de los desagües las hojas de los árboles. Había que colocar naftalina y lavanda en los armarios, había que cortar leña y apilarla junto a la chimenea. Había que buscar las recetas de los guisos, había que hacer tortas y budines, había que quitar la escarcha de los parabrisas. Había que recoger las castañas, había que pelar las nueces. Había que engrasar las cadenas de las bicicletas, había que recoger las frutillas, las uvas y las brevas, había que preparar dulce de higos y yogur casero, había que ir al campo y ver a los caballos, había que revisar el palomar, había que ponerse flores en el pelo y briznas de hierba en la boca, había que andar en patines, había que curarse las rodillas lastimadas, había que aprender cómo se arranca una ortiga, había que tomar leche fría con tres cucharadas de chocolate, había que comer pan con manteca y azúcar, había que jugar con la espuma del lavarropas, había que descubrir figuras en las nubes, había que plantar tomates y pepinos, había que ir a pescar y a andar en bote, había que salir de campamento, había que cortar el pasto, había que hacer un banco de madera, había que afilar los cuchillos contra una piedra mojada, había que hacer silbatos con carozos de damascos, había que chapotear en los charcos, había que aprender a nadar y a cortar maderas con serrucho, había que construir carpas de indios, había que desplumar a las gallinas y eviscerar los peces, había que buscar lombrices, había que mirar diapositivas viejas, había que ir al cine en días de semana, había que trepar los techos de las casas, había que robar plantas de los jardines ajenos, había que leer libros que no se podían leer, había que tener miedo de los monstruos debajo de la cama. En ese país todo era asombro. En ese país el ocio no necesitaba agenda. En ese país la vida era lo que debe ser: infinita.