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José Ortega Spottorno, mi padre, procedía de una familia no solo intelectual —era hijo de José Ortega y Gasset—, sino también emprendedora en el campo de la cultura y los periódicos. Su propio padre contribuyó a impulsar El Sol, y fundó Revista de Occidente y la editorial del mismo nombre por donde entraron en España las últimas reflexiones europeas y estadounidenses. Su abuelo, José Ortega Munilla, había dirigido El Imparcial, fundado por el suegro de este, Eduardo Gasset y Artime. Todos fueron en su día medios de referencia y modernos —no necesariamente los más vendidos (esa conjunción de EL PAÍS fue y sigue siendo novedosa)— sobre los que los Ortega acabaron siempre por perder influencia. Pero eso no fue lo importante, sino haber contribuido a forjar órganos que sirvieran al país en su modernización política, económica, social y exterior. José podía haberse dado por satisfecho con haber recuperado Revista de Occidente, la editorial primero y el mensual, después, y fundado Alianza Editorial, que tanto contribuyó a difundir cultura, especialmente entre lo que acabaría siendo la generación de la Transición, transición muy orteguiana, por cierto. Pero su sentido del deber y de la oportunidad, con el previsible final a la vista del régimen de Franco, le llevó a intentar la publicación de un periódico que acabaría llamándose EL PAÍS.
Cuando todavía no estaba claro el desenlace del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, EL PAÍS sacó a la calle una edición en defensa de la Constitución española. Sus periodistas demostraron cómo hay que actuar cuando la historia, de pronto, da un giro a peor. Mientras otros políticos y medios de comunicación guardaban silencio, EL PAÍS alzó la voz. Y esa voz del periódico contribuyó a que el golpe fracasara y a estabilizar la democracia de la que España disfruta hasta el día de hoy.

El futuro nunca será como nos contaron. Para el año 2026, nos prometieron monopatines y coches voladores, humanos artificiales creados con bioingeniería e indistinguibles de las personas reales y viajes tripulados a Júpiter. Pero la realidad nos ha regalado, a cambio, los influencers, un magnate en la Casa Blanca dispuesto a comprar Groenlandia o una inteligencia artificial capaz de crear sinfonías, escribir libros o pintar cuadros, pero incapaz de fregar el suelo o recoger la fresa.
Borges escribió que “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Es posible que la frase no solo valga para las personas, sino también para los periódicos; si es así, EL PAÍS supo para siempre quién era durante la tarde y la noche del 23 de febrero de 1981.
En aquella primera portada de EL PAÍS hay cuatro titulares, pero cinco historias. La quinta está en el anuncio. Un rectángulo en la esquina inferior izquierda donde se lee: “Mantenga su piscina perfectamente con cloro en pastillas H.T.H.”. Así de entrada no parece gran cosa, pero es una historia que ha tardado 50 años en ser contada. En ella salen dos amigos, un favor, un poco de cianuro y una familia que parece Falcon Crest según uno de sus miembros: “Lo que ha dado de sí aquel anuncio del abuelo que aquí seguimos hablando de él”.


EL PAÍS de 1976 estaba lleno de señores. He repasado las portadas desde el 5 de mayo al 31 de diciembre del año en que este diario nació. Y es llamativo observar cómo titulares y pies de foto prodigaban el tratamiento de señor a figuras de la actualidad que en la prensa contemporánea comparecerían con su apellido o, a lo sumo, con nombre y apellido. Se anunciaba que el Rey mantuvo una reunión “con el señor Gil-Robles”; el caso del secuestro de un empresario daba el titular “Encontrar el cadáver del señor Fuentes”, y, rozando ya el 77, eran muchas las noticias en torno a “los secuestradores del señor Oriol”.

Barcelona toma este lunes el relevo como lugar de la celebración de los 50 años de EL PAÍS. Tras un largo fin de semana de Festival en Matadero Madrid, en la capital catalana las conmemoraciones tendrán como momento singular la entrega de los Premios Ortega y Gasset, este lunes, en el Saló de Cent del Ayuntamiento. A última hora de la tarde habrá una recepción institucional en el Museu Marítim, presidida por Sus Majestades los Reyes. El martes será el día de los lectores: la Universidad Pompeu Fabra y el Palau Macaya albergarán sendos conversatorios con los tres periodistas galardonados —la Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich, el exvicepresidente nicaragüense Sergio Ramírez y el exdirector de The Washington Post Martin Baron—, así como con el escritor Javier Cercas y el artista Miquel Barceló, respectivamente.
En medio del desorden global, de la ansiedad constante, la narración de la bielorrusa Svetlana Alexiévich (Stanislav, hoy Ivano-Frankivsk, Ucrania, 77 años), su voz, su pensamiento, es un ejercicio de comprensión y de alerta del retroceso de las democracias en todo el mundo. En su exilio en Berlín, donde tuvo que huir por su participación en 2020 el Consejo Coordinador de la Oposición al dictador Aleksandr Lukashenko, la escritora habla de la degradación del discurso político en Estados Unidos y de la confusión de Europa, rodeada por países “agresivos o desorientados”. También, de que el Homo Sovieticus, el “hombre rojo” que retrató en su último libro sobre el hundimiento de la Unión Soviética, en realidad no ha muerto, sino que sigue sentado en el Kremlin y lucha en Ucrania.



Martin Baron se jubiló de su puesto como director de The Washington Post hace cinco años, pero sigue hablando de la profesión en primera persona del plural con frases como “debemos hacer nuestro trabajo” o “esto o aquello es nuestra responsabilidad”.

