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Donald Trump no ha tardado en cumplir la amenaza pronunciada el miércoles pasado en Washington ante el canciller alemán, Friedrich Merz, de cambiar la relación bilateral entre ambos países surgida tras la II Guerra Mundial y reducir la presencia de tropas estadounidenses en Alemania. Apenas 48 horas después de esta amenaza, el Pentágono anunció el retorno a EE UU de 5.000 militares estacionados en territorio germano. Este movimiento hace finalmente real e inmediato el dilema existencial que el continente ya no puede eludir. Por un lado, es la constatación de que Europa no puede seguir dando por descontada la colaboración estadounidense en la defensa del continente, la clave de bóveda del equilibrio de seguridad hasta ahora; al mismo tiempo, le empuja a emprender una senda, que no acaba de encontrar, para avanzar en una defensa común más urgente que nunca.

Hay una vieja historia de Raymond Aron, el politólogo francés y el gran liberal clásico en la cultura política del Hexágono. Él mismo la cuenta en sus memorias. El joven Aron acaba de regresar de una temporada de estudio en Alemania y ha vivido el ascenso del nacionalsocialismo y el nombramiento de Hitler como canciller. Por mediación de un conocido, un alto funcionario del Ministerio de Exteriores francés se interesa en hablar con él para tener un testimonio de primera mano sobre la situación en Alemania. Aron le hace un alarmado relato de lo que ha visto, de la agresividad de los camisas pardas, del hostigamiento descarado a los judíos. Estamos en 1933. El hombre le escucha con mucha atención. Cuando ha acabado le dice: “Todo lo que me ha contado es terrible. Pero piense que yo tengo que informar al ministro de lo que me acaba de decir. Mi pregunta es: ¿Qué haría usted con esta nueva Alemania si estuviese en su lugar?“. Y confiesa que se quedó sin saber qué responder.
Una mañana cualquiera, una escritora recibe un correo con una propuesta para participar en un “espacio de conversación abierta y reflexiva” sobre “la construcción de la autonomía”. La invitación incluye todo lo imprescindible: un hotel solvente y sofisticado, un tema que no entiende nadie, pero suena relevante y una promesa vaga de “diálogo cuidado”. Es, en definitiva, una invitación llena de detalles, pero que pasa por alto uno importante que, como suele ocurrir, la autora tiene que averiguar en un segundo correo. En él, en un gesto radical de conexión con la realidad material, pregunta: “¿Cuál es la remuneración?“.
Hace 11 años, Elon Musk y Sam Altman crearon juntos una startup llamada OpenAI. Querían desarrollar una inteligencia artificial “segura y abierta” para salvar a la humanidad de la que Demis Hassabis estaba desarrollando para Google DeepMind.
Desde la mesa de trabajo donde suelo escribir estas reflexiones veo una estantería llena de libros. En una de sus baldas reposa un archivador metálico de color azul repleto de recortes de artículos de EL PAÍS. Están clasificados por temas: política francesa, Unión Europea, colaboración hispano francesa en la lucha contra ETA, economía… Este fue mi primer Google cuando no existía Google, el valioso buscador de datos y contexto para un periodista que se inició en el oficio cuando internet balbuceaba.
Todos los viajes tienen sus estribillos. Las guías turísticas señalan monumentos, museos, miradores, lugares que nos reclaman de manera repetida cuando visitamos las ciudades. A veces los estribillos tienen un carácter más personal. La canción de mis viajes suele estar marcada por el estribillo de las librerías en las que busco primeras ediciones de los poetas que admiro. Es un orgullo encontrar ejemplares que marcaron las ilusiones de García Lorca, Whitman o Borges cuando tuvieron por primera vez uno de sus títulos más respetados en las manos. Algunos libros condensan y justifican el orgullo de sentirse escritor. Pero en mi último viaje por Puerto Rico y Buenos Aires, el estribillo lo ha marcado la actualidad de los castigos que las universidades públicas están recibiendo de los gobiernos neoliberales. Lo que ocurre en Madrid o en Andalucía, los recortes para las universidades públicas en favor de las privadas, caracteriza también las políticas extendidas por Trump y Milei desde sus gobiernos.
Ni tramas incendiarias ni fatalidad irremediable. Las pesquisas judiciales apuntan a que la chispa que originó el segundo mayor fuego de la historia de Galicia prendió en el caos de los despachos. El incendio de Oímbra (Ourense), que el pasado verano arrasó más de 23.000 hectáreas entre el 12 y el 31 de agosto e hirió de gravedad a tres jóvenes brigadistas, fue provocado por unas negligentes tareas de desbroce contratadas por la Xunta y el Ayuntamiento que nunca debieron realizarse. Desde Santiago, un director general de la Consellería de Medio Rural mandó parar los trabajos por las condiciones meteorológicas, pero la orden se perdió por el camino hacia Oímbra. Los operarios que tenían que dirigir y ejecutar esas tareas aseguran que nadie se la transmitió y que el mismo día de la tragedia recibieron incluso el encargo expreso de continuar.

Alcossebre es una pedanía costera que se asoma al Mediterráneo en el norte de Castellón, entre calas, pinares y urbanizaciones de baja altura. Pertenece al municipio de Alcalà de Xivert, y aunque apenas roza los 2.000 habitantes censados, en los meses de julio y agosto la población se multiplica. Es un destino clásico del veraneo valenciano, donde la vivienda turística marca el pulso del mercado inmobiliario. Tener casa aquí es, para muchos, una forma de asegurarse un refugio junto al mar. Un enclave de atractivo incuestionable, especialmente para jubilados que buscan comodidad y buen clima.


Organizar festejos taurinos para luchar contra la despoblación. Esa es la apuesta del Gobierno cántabro que, por tercer año consecutivo, ha convocado una línea de ayudas para financiar hasta en un 90% la organización de corridas de toros, novilladas y otros espectáculos taurinos populares. Así lo recoge el Boletín Oficial de Cantabria (BOC) del pasado 28 de abril en una convocatoria que, en línea con las ediciones anteriores, fija en 14.500 euros el dinero máximo destinado a las corridas de toros, 10.000 en el caso de las novilladas, hasta un presupuesto total de 41.000 euros.