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Escribo este texto en la mañana del viernes 1 de mayo, Día del Trabajador. Me he despertado a primera hora y, acompañado de un café bien cargado, me he sentado frente al ordenador para teclear esta columna que quiero dedicar a Ernesto Valverde, un hombre al que admiro y quiero, y que este sábado cumplía 500 partidos al mando del Athletic Club. Pero llevo más de dos horas levantándome a cada rato, mirando por la ventana, paseando por el balcón, volviéndome a sentar para escribir un poco y borrarlo todo. Empiezo de nuevo, una y otra vez, intentando encontrar el tono adecuado y las palabras con las que explicar las razones de mi cariño personal y de mi admiración profesional hacia ese gran tipo. A veces es más difícil escribir sobre lo que a uno le toca el corazón. Quizá por eso estoy empezando con este párrafo metaliterario, que no deja de ser, como casi toda la metaliteratura, un viejo truco: el del mago que distrae al público con una mano para apartar su mirada del lugar exacto donde ocurre la trampa.
Robert Millar fue, en la España de los 80, el escocés del pendiente, una expresión homófoba que justificaba, hace 40 años, la tirria que se le tenía durante la Vuelta al ciclista de Glasgow, porque nuestro héroe, Perico Delgado, no lograba derrotarle en la Vuelta. Lo consiguió solo a costa de una gran coalición de todos los equipos españoles capitaneada desde las ondas por José María García, que renunciaron a sus objetivos particulares por un bien mayor y volvieron loco al equipo Peugeot de Millar en la travesía de la sierra de Navacerrada. Perico ganó la Vuelta y Millar encontró aún más razones para alimentar su bien ganada fama de borde y arisco.
Era cuestión de tiempo que la complejísima obra de David Robert Mitchell (It Follows, Under the Silver Lake), repleta de capas, pura posmodernidad cinematográfica, inspirase, o se convirtiese en el punto de partida de un nuevo tipo de terror —y no solamente terror—, uno nuevo en un sentido clásico, poderosamente estético y narrativamente saturado. La primera muestra, y muy brillante, es la miniserie-milagro de Haley Z. Boston, Algo terrible está a punto de suceder (Netflix). Hay en ella el plano fijo y lejano de John Carpenter (Halloween) que David Robert Mitchell reinventó en It Follows, conversaciones aparentemente absurdas que sin Tarantino (Reservoir Dogs, y, sobre todo, Kill Bill) no existirían de la forma en que lo hacen, y el alma de todo el terror escrito (y dirigido) por mujeres este siglo XXI.
Algún medio sacó el video de la llegada de María Iborra a casa de su madre, Verónica Forqué. María iba con mallas, una bomber y gafas de sol. Los flashes la ametrallaban con la misma ráfaga sonora que los hubiera acompañado en una alfombra roja, pero el sonido era bien diferente; la ocasión también lo era.
Thalía tiene 18 meses y gatea a toda velocidad por la cama en la que descansa su hermano Neizan, de seis años. La niña le abraza y da dos besos antes de mirar con una sonrisa radiante a quien graba la escena. “Lo adora. Con lo pequeñita que es, impresiona ver el cariño que le da y cómo lo mima. De alguna manera, es como si ya fuera consciente de todos los cuidados que él necesita”, explica Andrea Téllez mientras muestra, en el salón de la casa en la que vive con sus padres en Massamagrell (Valencia), las imágenes de sus dos hijos.
Empecemos por ustedes, los lectores. Tienen, desde 1985, alguien que les defienda de nosotros, los periodistas. El asunto es bien curioso. Y el cargo, complejo. “A veces cruzo la redacción y siento cómo se me mira de reojo por si me dirijo a alguien. O, si me paro para preguntar cualquier cosa, cómo esa persona se tensa, pensando que vengo con alguna queja”, cuenta al teléfono, entre divertida y resignada.
Los alquimistas medievales persiguieron una quimera durante siglos: la piedra filosofal, un material capaz de transformar metales corrientes, como el plomo y el hierro, en el codiciado oro. El físico español Pablo Jarillo Herrero está en las quinielas del Premio Nobel porque ha descubierto algo parecido: una “piedra filosofal inversa”. No es una sustancia que transmuta cualquier elemento banal en una joya, sino un material inverosímil que “se convierte en todas las cosas”, según expone el científico.

Suena el timbre y los pasillos del instituto público El Ravatxol, en Castellar, una pedanía de Valencia que linda con los campos de arroz de la Albufera, se van llenando de chavales que salen de clase. Algunos llevan mochilas, libros, bocadillos envueltos en papel de plata, pero no se ve ni un móvil. “Antes era tremendo, hemos tenido que bregar mucho, pero la prohibición de no sacar el teléfono en el centro se cumple de forma general. Lo tienen asumido, aunque aún confisquemos alguno”, afirma la directora, Belén Marzá. En pleno debate sobre la implantación de otra restricción en el uso de los dispositivos por parte de los adolescentes, los 16 años como edad mínima para estar en redes, el ejemplo de los institutos muestra que las prohibiciones pueden funcionar, al menos en una institución acostumbrada a hacer cumplir reglas como es la escuela.

La previsión social colectiva (PSC) es un paraguas para tus empleados que incluye una serie de seguros (riesgo, vida, accidentes y enfermedad), planes de pensiones de empleo, planes de previsión social empresarial y los nuevos planes de pensiones de empleo simplificados, enfocados a su protección y bienestar. “Es una herramienta estratégica, no un beneficio accesorio que combina protección, salud, ahorro y fidelización, y un diseño correcto importa tanto como el producto”, concreta Ricardo Ruiz, responsable de desarrollo de ventas EB.

La maquinaria de prensa funciona a la perfección dentro del palacio que alberga la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) en Madrid. En una galería del edificio modernista, la cantante Rebeca (Barcelona, 47 años) posa para los fotógrafos más madrugadores; es el comienzo de un largo día de promoción del nuevo remix de Duro de Pelar, que este 2026 cumple 30 años. Junto a la catalana están también los responsables de esta versión del éxito de 1996, Sofía Cristo y Dany BPM: “Yo les digo que le han puesto mucha zapatilla. Es Duro de pelar ya a las tantas de la mañana", bromea la artista. Durante la sesión de fotos, Rebeca se pone y se quita los anillos que le ha pedido prestados a una fotógrafa para un retrato: “¿A que esto no te había pasado antes?“, le pregunta entre risas.

