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La carta al director que envió Carolina Alguacil a EL PAÍS el 21 de agosto de 2005 sirvió para acuñar el término mileurista, muy utilizado a partir de ahí como etiqueta de un colectivo con muchas dificultades para tener una vida plena con ese salario. Esa misiva podría ser firmada hoy por cientos de miles de jóvenes. Y no tan jóvenes. Lo único que cambiaría sería el origen numérico del concepto, que con la inflación acumulada (60%) en estos 20 años los convierte en milquinientoseuristas o su variante más fotogénica en redes, milquini. El salario mediano —el más ilustrativo porque, a diferencia de la media, que mezcla cifras muy altas y muy bajas, este indicador divide en dos la distribución de los salarios y fija el umbral con la mitad por debajo y la otra mitad por encima— se situó en 2.001,4 euros en 2024, el último dato publicado. Dependiendo de la retención fiscal, supone entre unos 1.500-1.600 euros netos al mes.

“El momento es crucial y más peligroso que nunca. Hay que votar”. La consigna se repite, de forma más o menos idéntica, en boca de varios candidatos, ante la mirada atenta de decenas de habitantes del pueblo árabe de Abu Gosh, que escuchan sus propuestas mientras toman café y dulces al caer la tarde.


El futuro nunca es obvio, aunque vivamos durante décadas como si lo fuese, pero hay personas que lo tienen muy presente. Después de un diagnóstico, un paciente con cáncer puede ver cómo el tiempo se espesa y empieza a comportarse de manera paradójica. Pueden parecer meses los días a la espera de resultados o cuando el cuerpo duele, aun así, el tiempo se vuelve escaso. Las decisiones vitales se revisan con angustia y se empiezan a contemplar posibilidades antes impensables. Esto también sucede a los inversores profesionales, ese gremio de futurólogos en el que unos pocos ganan mucho porque la mayoría no acierta.


Los enfrentamientos que estallaron en Albania el 13 de octubre han regresado a las calles de Tirana después de tres días de relativa calma, entre el miércoles y el viernes. Durante esa especie de tregua, el primer ministro, Edi Rama, colocó sillas y bloques de hormigón frente a la sede de la jefatura del Gobierno con la palabra “diálogo”. Pero los jóvenes manifestantes destruyeron las sillas por considerar que la intención de Rama es solo mantenerse en el poder. El Partido Democrático, la formación opositora mayoritaria, convocó este sábado a las once de la mañana una concentración ante la oficina del mandatario. Pero a las dos de la tarde llegó la movilización organizada por los jóvenes y desembocó en choques con la policía. Los activistas reclaman la dimisión de Rama y acusan al Partido Democrático de ser cómplice en el mantenimiento de un sistema “mafioso”.
Este domingo se enfrentan los dos únicos clubes que hasta ahora han superado los 1.000 millones de euros de ingresos en una temporada. El partido escenifica el modelo de crecimiento del fútbol europeo: cada vez más valor concentrado en un puñado de marcas globales.
Las protestas regresaron este sábado a Francia, donde confluyó de nuevo la rabia de estudiantes, parados, chalecos amarillos y funcionarios que lamentan el deterioro de la educación pública y el precio de la vida. Casi medio millón de personas, según el Ministerio del Interior (800.000, según el sindicato CGT) volvió a la calle para mantener el pulso al presidente Emmanuel Macron, que no ha dado ni una sola respuesta convincente a sus reivindicaciones. Lo hicieron desafiando un fuerte dispositivo policial, también a la lluvia y el mal tiempo. Y ocurrió todo pacíficamente, hasta que al final de algunas marchas, centenares de personas reeditaron escenas de confrontación y pillaje que devolvieron los ecos de la violenta protesta del sábado 17 de octubre, cuando más de 3.000 comercios fueron saqueados impunemente y edificios públicos, como el Ayuntamiento de Limoges, fueron destruidos por las llamas.