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Cuando la Unión Soviética dominaba el ajedrez con una hegemonía aplastante, sólo un puñado de jugadores del resto del mundo eran capaces de competir con ellos por los primeros premios de cualquier torneo. Uno de ellos era el húngaro Lajos Portisch, cuyo perfil deportivo está muy ligado al número ocho. Disputó ocho veces el Torneo de Candidatos, fue octacampeón de su país y dedicó a su entrenamiento ocho horas diarias durante los treinta años que fue miembro de la élite.

Allá por 2006 Xbox presento al mundo la que acabaría por convertirse en una de las franquicias más exitosas y reconocibles de la marca: Gears of War. Se trataba de un brutal juego de acción que daría pie a una saga conceptualmente deudora tanto del imaginario de Warhammer 40.000 como de Starship Troopers, que consiguió desarrollar una arrolladora personalidad propia y que sentó las bases de una mecánica que luego copiarían, con mayor o menor fortuna, decenas si no cientos de juegos: los disparos con cobertura desde diversos elementos del escenario tras los cuales nos parapetamos. ¿El punto de partida? La guerra que en planeta Sera libra la humanidad contra los terribles locust, unos seres de aspecto reptiloide y gatillo fácil que, desde las profundidades del mundo, han declarado la guerra a la humanidad.
David Shrier no siempre ha sido dueño de su imagen. Cuando este profesor universitario abandonó la antigua institución académica donde impartía clases, esta siguió usando su rostro para promocionar un curso de emprendimiento en línea, con vídeos que él había grabado y sin pagarle nada a cambio. Tuvo que contratar a un abogado para que los retirasen de internet. Pero la idea no se desvaneció tras el pleito. Hoy Shrier enseña en Imperial Business School, en Londres, y cuenta con una réplica digital que responde a sus alumnos a cualquier hora. La conocen como Davatar. “Lo que sé es que ahora mi nombre, mi imagen y mi apariencia me pertenecen”, afirma.