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El camino a las urnas se abre en España con un elefante atravesado en medio: la migración. Si se trata de vivienda, se tratará de migración; si de sanidad y educación, de migrantes; y jalonando todo el trayecto estará la crisis de Ceuta, que a buen seguro impedirá cualquier debate propositivo. Es improbable que la derecha suelte ese hueso que tanto rédito electoral le proporciona en todo el mundo, la clave está en el modo que elija la izquierda para encarar el asunto. Sobre todo ello habla Gonzalo Fanjul (Oviedo, 55 años), director de Investigaciones de la Fundación Por Causa, que busca un nuevo tratamiento para el desplazamiento de las poblaciones. Este economista opina que la mejor fórmula para abordar la migración es el orden, pero no solo mediante controles fronterizos, sino un sistema de gobierno que ordene el empleo y el bienestar de los migrantes, porque de lo que no le cabe duda es de que son fundamentales en las sociedades que les acogen: la demografía manda. El libro que acaba de publicar tiene un titular elocuente, Contra las fronteras, editado en los Cuadernos Anagrama, donde disecciona con brevedad y claridad expositiva el momento y las soluciones al elefante que se ha cruzado en la política, la economía y la sociedad.

Llevar una virgen colgada del cuello es de ser moderna y de ser joven. El catholic-core, la estética de lo sagrado, está de moda y es la razón por la que las adolescentes se adornan la pechera con vírgenes, rosarios e imágenes de santos. Una feminidad que a las mayores nos parece antigua pero que se ha vuelto rebelde. ¿Y de dónde sacan tanta virgen? Pues de los cajones de sus madres y abuelas, de los regalos de primera comunión (las que la hicieron) y ahora también de los centros comerciales que venden rosarios como si fueran Sonny Angels. No hace falta ser católica para colgarse una virgen pero sí un poco rebelde.
Los ochenta fueron una hipérbole. Después de décadas de vivir en el ascetismo de las costumbres y la represión de los deseos del franquismo, toda una generación se dedicó a derribar lo aburrido, lo normativo, lo prohibido, lo de antes. Los jóvenes rompieron con el pasado sin anestesia y sin saber que algunos acabarían rotos en el empeño. Carlos Caballé fue un destacado representante de aquella hornada sensible, inconformista y rebelde que se quedó por el camino. Cada uno había accedido a la rebelión por su propia puerta. La suya fue la necesidad de sedar el sufrimiento que le provocaba crecer en una casa zarandeada a todas horas por la tormenta. Esta historia arranca en una familia catalana, numerosa, burguesa e infeliz, y concluye en una escritora que ha dedicado lo mejor de su vida a escudriñar con afán de entomóloga las vidas de los otros. Así que comienza en Carlos y acaba en Anna, los hermanos Caballé que protagonizan El soñador de refugios (Galaxia Gutenberg), uno de esos libros caleidoscópicos donde se pueden encontrar múltiples paisajes: los vaivenes de un poeta politoxicómano, la memoria de una biógrafa que rehuía su propio pasado y, también, las pinceladas sociológicas de la hipérbole de los ochenta.
¿Cómo sabe alguien que ha alcanzado la inmortalidad? En el pasado era obvio: uno daba su nombre a un queso, un instituto o un tramo de circunvalación. Es signo de los tiempos que, en nuestro presente, la pervivencia pase necesariamente por las pantallas. Algunas veces sucede al modo de Julio Iglesias: multiplicándote como un meme. Y otras veces Netflix posa sus ojos sobre ti, decide que tu vida forma parte del canon y te dedica una serie. Les ocurrió a Isabel II y a Michael Jordan. Les ocurrió a Luis Miguel y a Ana Bolena. Y le acaba de ocurrir a Ferran Adrià (L’Hospitalet de Llobregat, 64 años), que este otoño estrena Gènesi y pasa así a formar parte de una cierta cremita de lo humano. La gesta quizá solo pueda compararse a conseguir una mesa en El Bulli en esos años —2004, 2005— en que había demanda de “dos millones de personas” y hueco para siete mil.
Sirve tanto en el ajedrez como en la vida: cuando la lógica está muy escondida, la solución de un problema puede parecer imposible, absurda, contraria a toda cavilación racional. Y entonces hablamos de pensamiento lateral o contraintuitivo, creatividad extrema, imaginación desbordante, etc. Si tenemos éxito con esos procedimientos, el desenlace nos producirá un gran placer, el de lograr lo que se antojaba imposible.

Sofía Andrujóvich (Ivano-Frankivsk, Ucrania, 1982) escribió en 2020 quizá la novela más importante sobre el Holocausto que han dado las letras ucranias. Amadoca es una obra de tres volúmenes que ha recibido múltiples premios literarios en Europa. Ahora llegan al público en español sus dos primeras partes, con el título La historia de Romana y Uliana.


