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En septiembre de 2021, The Wall Street Journal publicó los llamados Facebook Files, una serie de reportajes basados en documentos internos de la tecnológica en los que, entre otras cosas, se demostraba que sus ejecutivos eran conscientes de los daños que causaban Instagram y Facebook entre los jóvenes. Fue un bombazo. Provocó la mayor crisis reputacional de la empresa de Mark Zuckerberg, que pocas semanas después rebautizó como Meta. La responsable de todo ello fue la ingeniera Frances Haugen (Iowa City, 42 años), que abandonó su puesto en Facebook con 21.000 documentos internos bajo el brazo. El Senado de EE UU la llamó a declarar y se iniciaron investigaciones sobre sus revelaciones.


En una enorme bodega de Geel (Bélgica) hay 9,7 millones de dólares (8,4 millones de euros) en anticonceptivos encerrados bajo llave desde principios de 2025. El 77% de ese cargamento de USAID, la agencia estadounidense de cooperación, tenía por destino una decena de países africanos como Kenia, Nigeria, República Democrática del Congo o Malí. Pero cuando el Gobierno de Donald Trump desmanteló la mayor organización de ayuda al desarrollo del mundo, estos medicamentos se quedaron varados, destinados a ser destruidos o a caducar caja por caja. Unos 9.300 kilómetros al sur de Bélgica, en Nairobi, capital de Kenia, Jane Anyongo, Violet Mosomi, Salma Kamau y cientos de miles de mujeres siguen esperando sus píldoras, preservativos, implantes subdérmicos, dispositivos intrauterinos y otros insumos de salud sexual y reproductiva.
Cuando apenas quedan dos décadas para que se cumplan los dos siglos de uno de los libros más vendidos en la historia, el Manifiesto comunista, muchos de sus contenidos están más vigentes en el inicio de la era de la inteligencia artificial que entonces, cuando arrancaba la época de la burguesía. “Un continuo trastorno en la producción”, escriben Marx y Engels, “una conmoción ininterrumpida de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constante”. Y prosiguen: “Las relaciones inmóviles y enmohecidas del pasado, con su séquito de ideas y creencias veneradas durante siglos, se derrumban y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente se esfuma…”.
Catalina de Erauso, hoy convertida en un ícono queer, es un personaje del siglo XVII difícil de clasificar. Nacida en 1592, a los 15 años huyó del Convento San Sebastián el Antiguo, en el País Vasco, donde era novicia y fue internada por su familia. Se embarcó a América vestida de hombre para participar como el soldado Antonio Erauso en el proceso de conquista y colonización de Chile, y dejó una huella de decenas de crímenes. Por ejemplo, estuvo en la batalla de Purén, contra del pueblo mapuche, y por su conducta consiguió el ascenso de grado. Conocida en el mundo como la Monja Alférez —en su tiempo fue una celebridad—, en cuatro siglos su figura ha cambiado de miradas. Y son esas distintas aproximaciones las que han llamado la atención de Bernardita Eltit (Santiago de Chile, 42 años), académica del Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje (ILCL) de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), quien impulsa una investigación sobre Erauso.



Hace poco más de seis meses, Elon Musk salía al escenario eufórico, bailaba y hacía bromas ante varios centenares de inversores en la sede de Tesla en Austin (Texas). Junto a él también se movían de forma mecánica y sincopada media docena de prototipos del robot humanoide Optimus. Recordaba a una de esas películas distópicas de Hollywood. “La magnitud de Optimus va a ser algo realmente extraordinario. Creo que será, con diferencia, el producto más grande de todos los tiempos. Más grande que los teléfonos móviles, más grande que cualquier otra cosa”, proclamó en estado de éxtasis con un discurso grandilocuente y desordenado. No era para menos, acababa de conseguir el visto bueno de los accionistas de Tesla para fijarse un sueldo de un billón (con b) de dólares para que dirija la compañía en la próxima década.
“Soy sus ojos y sus pies”. Así resume Agnes Csomos el trabajo de estos días: busca piso en Madrid para un matrimonio español que ronda los 50 años de edad y que se muda a la capital por motivos laborales. Ella es su personal shopper inmobiliario (PSI) y hoy visita una vivienda que puede encajar con el encargo que le han hecho sus clientes: un inmueble “con sensación de amplitud” en el barrio de Salamanca, una de las zonas de la capital donde el precio del metro cuadrado supera con facilidad los 10.000 euros. Cuentan con un presupuesto límite de 1,3 millones de euros.