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Donald Trump se lo dijo el domingo en persona al primer ministro canadiense, Mark Carney, en el palco del estadio durante la final España-Argentina: “Tal vez deberían pagar una indemnización o algo así, o deberíamos imponer aranceles”. El presidente estadounidense pretendía castigar al vecino del norte porque en los días anteriores los incendios en la provincia de Ontario habían cubierto de humo el cielo de Nueva York. Al día siguiente, Washington anunció aranceles del 50% sobre una larga lista de bienes canadienses, desde el vino y el cemento hasta los palos de hockey, la leche y el alcohol. Y así ha reactivado la amenaza de una guerra comercial que pone de nuevo en riesgo la relación con el país vecino y sus respectivas economías. Pero Canadá, segundo socio comercial de EE UU, no es un país que se deje intimidar fácilmente: lo ha demostrado con creces en el último año y tampoco ahora da señales de querer plegarse ante el matonismo de Trump. Las amenazas, ha advertido Carney, van más allá del comercio y afectan a la “soberanía canadiense”.
Todo sistema democrático reposa sobre la definición del sujeto en cuyo nombre se gobierna. Hace ya casi 250 años, la respuesta que inauguró el constitucionalismo moderno fue “We, the People”. La fórmula sigue siendo hoy el fundamento de legitimidad de las democracias. Pero la teoría política ha dado muchas vueltas sobre cómo se define la parte del pueblo que decide. Para votar quién puede votar hay que haber definido antes quién vota. El demos nunca se constituye a sí mismo. Es necesario un acto previo de cierre en el que se trace la frontera entre el nosotros y los otros. Hoy, fruto de las circunstancias en que nos encontramos por motivos muy diversos, el tema ha vuelto a convertirse en uno de los centros clave del conflicto político contemporáneo.
Cuando hace 66 millones de años cayó el asteroide que extinguió a las tres cuartas partes de las plantas y animales del planeta, el suelo quedó marcado por una capa de arcilla con iridio llamada límite K-Pg (por Cretácico-Paleógeno) visible en afloramientos de varios lugares de la Tierra. Bajo esa línea aún se encuentran fósiles de dinosaurios; encima, no. Los cambios tecnológicos tuvieron un impacto similar entre mis cosas. Algunas siguieron acompañándome: la ropa, los muebles, las herramientas, los chismes de cocina, el cesto con la calderilla de la que no me logro deshacer. Pero otras se transformaron en vestigios de una época lejana. Fueron los libros, los juegos, la música, las películas y los recuerdos guardados en cajas; aquí sucedió la extinción. Pasaron a ser digitales, más abundantes y baratos. Solo conservo unas decenas de fotografías de mis primeros 20 años de vida, pero guardo muchos miles de imágenes de los siguientes. Tengo solo unas pocas cartas de papel, pero almaceno con esmero veintidós años de correos electrónicos y quince de conversaciones. Mis estanterías están descompensadas: desde que empecé a usar un lector electrónico guardan demasiados libros viejos y pocas novedades. Ocurre igual con la música o las películas, porque dejé de almacenar copias en algún momento de los dosmiles.
John Burn-Murdoch publicaba hace unos días en Financial Times un artículo sobre la vivienda que incluía ejemplos de lugares donde políticas como la construcción y la apuesta por la vivienda pública han generado buenos resultados. Podemos imitar medidas que han funcionado o medidas que sabemos que no funcionan. Pero, ahora que somos un país maduro y hemos ganado dos veces la Copa del Mundo, ha llegado la hora de renunciar al unamuniano “que inventen ellos” y apostar por la innovación.
Pensé, al ver ese último aleteo del rabo de Argos en La Odisea de Christopher Nolan (no es spoiler, lleva escrito casi 3.000 años) que nada nos prepara para una muerte vieja. Tampoco el IMAX. Envejecer consiste en volver a ver en pantalla, una y otra vez, las muertes de personajes que ya murieron pero las sucesivas adaptaciones resucitan para arrebatárnoslos de nuevo. Siempre creemos que ya valió, que hemos visto suficientes veces agonizar al tío Ben (o tía) de Peter Parker, pero está escrito en las leyes cinematográficas que en algún momento alguien hurgará en esa herida y tendremos que ver a Artax, el caballo de Atreyu en La Historia Interminable, hundirse en el fango y desgarrarnos el corazón, otra y otra vez.

Se dice que en los pueblos pequeños el infierno es grande. Pero Jesús y Sara me llaman por mi nombre en la frutería y en el supermercado me preguntan cómo me va. Los de la tienda me dicen que me han traído los yogures que me gustan y me regalan un cachito de queso. Puede que el infierno sea grande, pero que te llamen por tu nombre lo acerca mucho más al cielo. Conocer a la gente que te encuentras por la calle puede tener alguna cosa mala, pero no hay día que no me haya sentido en casa. Solo me doy cuenta de que llega el verano cuando la gente por la calle no saluda y tiene tanta prisa que hasta pita en los cruces. Me pregunto si será así en sus ciudades. Personalmente, me quedo con mi infierno.
William Omar Landrón Rivera, alias Don Omar, ha vivido de todo. De niño a adolescente. De adolescente a la calle, al narcotráfico y las pandillas. Después, a pastor de iglesia, predicador de jóvenes. De ahí a máximo exponente de un género, el reguetón, donde debutó con Dile en 2003. Dos denuncias por violencia de género —en 2012 y 2014— y un largo proceso judicial tras ser acusado de tenencia ilegal de armas en 2004. Un cáncer de riñón en 2024, del que ya está recuperado. Y ahora, a sus 48 años y sin intenciones de dejar los escenarios, el puertorriqueño prepara la gira The Last King por Estados Unidos y Europa, que empezará del próximo septiembre, y un nuevo álbum con canciones inéditas.
La palabra puta es probablemente el insulto más lanzado contra las mujeres y ha sido así por siglos. Esta idea defiende Dominique Lagorgette, catedrática francesa de Lingüística en la Universidad de Saboya Mont Blanc, en Borgoña. Desde hace más de dos décadas, la filóloga de 58 años investiga la evolución del francés desde la Edad Media hasta la actualidad, con un interés particular por la violencia verbal.

Valentín Roma (Ripollet, 56 años) sigue construyendo una obra literaria fascinante con la publicación de Los trillizos (Periférica, 2026), que sigue a novelas en la misma editorial como El enfermero de Lenin (2017), Retrato del futbolista adolescente (2019) y El capitalista simbólico (2022). Un cuadro sobre las contradicciones, el desclasamiento, el resentimiento y ciertas enfermedades sociales modernas que Roma somete, con un finísimo y atravesado humor. El punto de partida de Los trillizos es un hombre que pasa la tarde con los hijos de su nueva pareja, trillizos. Sentado en un parque sin querer interactuar con el resto de padres, apunta: “La familia es una cédula opresiva”.
