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La presencia silenciosa de Sergio Ramírez (Masatepe, 83 años) aguarda tras el umbral de la puerta. El escritor nicaragüense vive en un apartamento, en el barrio madrileño de Chamberí, alargado como los vagones de un tren. Desde la ventana de la sala se ve florecer a los cedros que hasta hace poco, antes de que llegase la primavera a la capital española, parecían muertos. De las paredes cuelgan cuadros de artistas como el cubano René Portocarrero junto a otros de IKEA que venían con la casa cuando la alquiló. Los exiliados como él dejan parte de su corazón en el lugar que les fue arrancado, además de muchas de sus pertenencias.


El exministro de Transportes José Luis Ábalos tomará la palabra este lunes en el Tribunal Supremo. Será el último de los tres acusados en hacerlo, por lo que se espera que responda a la batería de acusaciones del presunto conseguidor, Víctor de Aldama. También tendrá ocasión de desmarcarse, validar o matizar las palabras de su antiguo asesor, Koldo García, aunque, a juzgar por la comparecencia de este, parece que llegarán como un bloque unido hasta el final. Ese desenlace está próximo, porque está previsto que el primero juicio por el caso Koldo, centrado ―al menos jurídicamente― en la trama de mascarillas, quede visto para sentencia este martes.
Los pasillos del Elíseo se han ido vaciando. Algunos teléfonos, cuentan quienes han paseado por el palacio presidencial estos días, suenan sin que nadie responda. La desbandada de colaboradores ha ido in crescendo en las últimas semanas. Desde principios de año, más de una decena ha saltado al sector público o privado. El más significativo, el todopoderoso secretario general del Elíseo, Alexis Kohler. “Es normal. Queda muy poco y nadie seguirá con el siguiente presidente. Todo el mundo piensa ya en 2027”, señala una persona que despacha con el jefe del Estado.
El ambiente en la redacción del diario libanés Al Akhbar refleja el sentir general entre la comunidad periodística local, donde los misiles israelíes que matan a informadores causan resignación, pero no sorpresa. Los periodistas de este periódico, fundado el día que comenzó la tregua entre Hezbolá e Israel tras el conflicto de 2006, mantienen la cobertura de un país en guerra rodeados de fotografías recientemente impresas de Amal Khalil, su corresponsal en el sur de Líbano hasta que el pasado 22 de abril falleció en un bombardeo israelí.
La primera vez que el turcochipriota Mehmetcan Soyluoglu se dio cuenta de que las cosas no tenían por qué ser como hasta entonces le habían contado en su Chipre natal fue en 2003. Tenía 11 años y, con sus padres, hizo una larga cola para cruzar al lado griego nada más abrirse los puntos de cruce entre la Nicosia bajo dominación turca donde vivía —y sigue viviendo— y la grecochipriota. Quería saber si el helado sabía distinto en el otro lado de la ciudad. Pero el vendedor se negaba a aceptar el dinero de su padre. “¡Qué vergüenza!”, le afeó otro grecochipriota, que acabó pagando el helado del pequeño Mehmetcan.

Ahmed Tommouhi, que pasó 15 años en la cárcel por violaciones que no cometió, ha vuelto esta semana al quirófano del Hospital de Bellvitge para operarse, por segunda vez, del pie que le queda. Hace un par de años le amputaron la pierna izquierda por encima de la rodilla. “Antes de la cárcel no tenía ningún problema; después, me han operado varias veces”, contó el martes desde Sant Pere de Riudebitlles (Barcelona) donde vive. El año pasado, ya con la condena anulada, la justicia le denegó una indemnización por los 15 años de cárcel injusta. A juicio de la Audiencia Nacional, y del ponente de la sentencia, Francisco Díaz Fraile, la condena revocada no era un “error judicial craso o evidente”. Tommouhi recurrió al Supremo, que ha admitido el “interés objetivo” de su caso y ahora debe decidir si mantiene ese criterio que desde hace años provoca que ningún inocente condenado a prisión sea indemnizado en España. El alto tribunal afirma, en un auto al que ha accedido EL PAÍS, que su decisión podría “extenderse” a otros casos.
Las grandes celebraciones guardan en su placenta la discordia. En 2018, Mónica García acompañó a Emilio Delgado en el que debía ser uno de los momentos más felices de su vida: su boda. Eran buenos amigos, compañeros de partido, colegas que compartían los mismos ideales. Y les unía el mejor pegamento que existe: el del enemigo común. Ambos se oponían a Irene Montero y Pablo Iglesias, a los que culpaban de haber descarriado a Podemos. El matrimonio de Delgado no duró mucho y ahora la fractura con una de las invitadas, Mónica García, a la que ya no puede llamar amiga, ha quedado a la vista de todo el mundo.

Los ingresos que entran cada año en los hogares españoles suelen venir de fuentes tradicionales como los salarios, las pensiones y las actividades profesionales. Sin embargo, existe una vía que a menudo pasa desapercibida para el gran público, pero que ha cobrado un protagonismo inédito en el último ejercicio. Son las rentas del capital. Este concepto, que engloba beneficios económicos, intereses, dividendos y ganancias obtenidas por la tenencia o venta de activos, ha alcanzado máximos. La estadística publicada recientemente por la Agencia Tributaria, correspondiente a 2025 y todavía provisional, refleja que los contribuyentes ganaron el ejercicio pasado más dinero que nunca a través de esta vía, registrando un alza anual del 14% y superando con holgura la barrera de los 100.000 millones de euros. El tirón de la Bolsa y el calentamiento del mercado inmobiliario, tanto de la compra como del alquiler, explican la mayor parte del alud de dinero.
En las cafeterías que rodean el lago de la Casa de Campo en Madrid, las mañanas de domingo reúnen a corredores y ciclistas que llenan las terrazas para reponer energía tras recorrer los caminos. Al llegar la hora de pagar, en las mesas la expresión se repite: “Pago yo y me hacéis un Bizum”. En los últimos años, se ha convertido en el lenguaje habitual para saldar deudas de bajo importe entre amigos y familiares, desplazando al efectivo en la vida cotidiana de millones de españoles. A partir de la tercera semana de mayo, hacer un Bizum dejará de ser solo la forma de pagar una cena a medias para convertirse también en un gesto en el supermercado, la farmacia o la tienda de ropa. Se trata del movimiento estratégico más ambicioso desde la creación de la propia plataforma en 2016 y que llevará a Bizum a convertirse en un medio de pago total para competir con los gigantes que dominan el sector: Visa, Mastercard, Apple Pay y Google Pay.

Elvis Crespo (Nueva York, 54 años) es igual de alegre que sus canciones. En una terraza de la Gran Vía madrileña, posa para las fotos con soltura, mientras ríe y bromea con su acento puertorriqueño, ya que a los seis años se fue a vivir a Guaynabo, cerca de San Juan. Es difícil estar a su lado sin esbozar una sonrisa. Su ropa es impecable, luce el pelo untado en gel que le deja unos rizos perfectos y su perfume se huele de lejos. “Yo vine a este mundo para poner a la gente a bailar”, anuncia. Y bien que ha cumplido su tarea, porque quién no ha bailado alguna vez en la vida Suavemente, Tu sonrisa o Píntame la carita en alguna boda, graduación o cumpleaños. Pero no todo en la vida es sazón, y la mala racha también tocó la puerta de Elvis Crespo.
