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Según la RAE el poliamor es una “relación erótica y estable entre varias personas con el consentimiento de todas ellas”. Empezó siendo una cosa de gente queer y feminista que se debatía en espacios académicos y activistas. Pero hace una década que sale en los medios, así que es raro no haberse tomado una caña hablando del tema. Aunque sea para burlarse. Hay hasta quien asegura que se ha pasado de moda. Como si fueran los pantalones de campana.
Cuando no hay nada que perder, se puede arriesgar. Esta actitud es la que exhibe la dirección federal del PSOE en plena complicidad con sus compañeros de Andalucía, la comunidad más poblada, que celebra sus elecciones autonómicas el día 17. La campaña va a ser más nacional que nunca; Pedro Sánchez no resta ni perturba en absoluto a la candidata, María Jesús Montero. Todo lo contrario, según interlocutores socialistas. Cuando todas las encuestas solo titubean respecto a si el PP llegará a la mayoría absoluta o se quedará por debajo, los socialistas aspiran a que su electorado andaluz muestre la misma actitud que en las elecciones generales. El popular Juan Manuel Moreno les saca una sólida ventaja, reconocen, pero no habrá huelga de brazos caídos, se empeñan en transmitir los dirigentes cercanos al presidente y a la candidata Montero. En las generales de julio de 2023, con Pedro Sánchez como aspirante a la Presidencia del Gobierno, las candidaturas socialistas obtuvieron en Andalucía 576.000 votos más que los obtenidos en junio de 2022 en las autonómicas.
El último choque entre Gabriel Rufián y Junts per Catalunya en el Congreso, la semana pasada, ha vuelto a evidenciar no solo la brecha en el bloque independentista, sino cómo la figura del líder parlamentario también polariza cada vez más entre las filas de Esquerra Republicana. “Esta es su bandera”, dijo Rufián a los diputados de Junts por el rechazo de estos al decreto de vivienda y mientras esgrimía un billete de 50 euros. Voces del partido alejadas de la dirección ven inadecuada la confrontación directa con Junts. La cúpula de Esquerra, en cambio, se mueve entre quienes critican el tono y los que piensan que, sencillamente, “Rufián hace de Rufián”. Otra cosa, añaden, es que esa manera de actuar se sobreponga con la tensión creada por la determinación del líder de ERC en Madrid para que su partido se involucre en la unidad de la izquierda alternativa a nivel estatal y que la dirección rechaza frontalmente.
Cuando la policía irrumpió en el domicilio familiar de Jordi Pujol y Marta Ferrusola en Barcelona, en la primavera de 2017, encontró, entre otros viejos papeles, una carta. Con una letra espigada, difícil de descifrar, Florenci Pujol advertía a su hijo de que no iba por buen camino. “Te doy un toque de atención muy serio, porque te conozco, Jordi, y sé que después de esta vendrá otra, y otra y otra…” Florenci había amasado una fortuna para los suyos. Primero, con el cambio ilegal de divisas desde Tánger (Marruecos) durante la autarquía franquista. Más tarde, haciéndose con el control de unos laboratorios que se hicieron de oro gracias a una pomada para las irritaciones de gran éxito. El hombre tenía miedo de que su hijo dilapidase el patrimonio en al altar de su proyecto político. La carta no está fechada, pero alude a las inversiones que el futuro presidente de la Generalitat estaba acometiendo en instituciones culturales ligadas al catalanismo a través de Banca Catalana.
La Audiencia Nacional investiga en secreto si hay guardias civiles implicados en el segundo narcotúnel que fue hallado en Ceuta a principios del mes de abril, según han confirmado a EL PAÍS fuentes de la investigación. La causa mantiene en prisión provisional a Ángel Albarracín un guardia civil jubilado que, como detalla el sumario de la operación, tenía dos caras. Él mismo llega a decir en las grabaciones “yo no soy corrupto, soy traficante”, “me dejan cerca de un charco y meto lo que pueda”, pero ante el juez defendió que si se relacionaba con Mustapha Brouzi (principal implicado en este caso de narcotráfico) fue porque la Guardia Civil se lo pidió en febrero de 2025, justo cuando se descubrió el primer narcotúnel en la ciudad.
Donald Trump no ha tardado en cumplir la amenaza pronunciada el miércoles pasado en Washington ante el canciller alemán, Friedrich Merz, de cambiar la relación bilateral entre ambos países surgida tras la II Guerra Mundial y reducir la presencia de tropas estadounidenses en Alemania. Apenas 48 horas después de esta amenaza, el Pentágono anunció el retorno a EE UU de 5.000 militares estacionados en territorio germano. Este movimiento hace finalmente real e inmediato el dilema existencial que el continente ya no puede eludir. Por un lado, es la constatación de que Europa no puede seguir dando por descontada la colaboración estadounidense en la defensa del continente, la clave de bóveda del equilibrio de seguridad hasta ahora; al mismo tiempo, le empuja a emprender una senda, que no acaba de encontrar, para avanzar en una defensa común más urgente que nunca.

Hay una vieja historia de Raymond Aron, el politólogo francés y el gran liberal clásico en la cultura política del Hexágono. Él mismo la cuenta en sus memorias. El joven Aron acaba de regresar de una temporada de estudio en Alemania y ha vivido el ascenso del nacionalsocialismo y el nombramiento de Hitler como canciller. Por mediación de un conocido, un alto funcionario del Ministerio de Exteriores francés se interesa en hablar con él para tener un testimonio de primera mano sobre la situación en Alemania. Aron le hace un alarmado relato de lo que ha visto, de la agresividad de los camisas pardas, del hostigamiento descarado a los judíos. Estamos en 1933. El hombre le escucha con mucha atención. Cuando ha acabado le dice: “Todo lo que me ha contado es terrible. Pero piense que yo tengo que informar al ministro de lo que me acaba de decir. Mi pregunta es: ¿Qué haría usted con esta nueva Alemania si estuviese en su lugar?“. Y confiesa que se quedó sin saber qué responder.
Una mañana cualquiera, una escritora recibe un correo con una propuesta para participar en un “espacio de conversación abierta y reflexiva” sobre “la construcción de la autonomía”. La invitación incluye todo lo imprescindible: un hotel solvente y sofisticado, un tema que no entiende nadie, pero suena relevante y una promesa vaga de “diálogo cuidado”. Es, en definitiva, una invitación llena de detalles, pero que pasa por alto uno importante que, como suele ocurrir, la autora tiene que averiguar en un segundo correo. En él, en un gesto radical de conexión con la realidad material, pregunta: “¿Cuál es la remuneración?“.
Hace 11 años, Elon Musk y Sam Altman crearon juntos una startup llamada OpenAI. Querían desarrollar una inteligencia artificial “segura y abierta” para salvar a la humanidad de la que Demis Hassabis estaba desarrollando para Google DeepMind.